blogeditor · 7 de abril de 2020
Anunció López Obrador el que tal vez pueda calificarse como el más grande logro de la historia en materia de derechos humanos. “Hemos erradicado la tortura”, afirmó el domingo en su informe trimestral de labores.
Supongo que la celebración de los miles de personas que trabajan todos los días para prevenir, sancionar y reducir la tortura está esperando a que concluya la pandemia. Acaso también las miles y miles de víctimas de tortura acumuladas por décadas están esperando el momento en que puedan expresar su euforia por este inestimable logro. Quizá sucede lo propio con todos los mecanismos especiales de la ONU que han reiterado por décadas la presencia incluso generalizada de la tortura, especialmente agudizada en el marco de la llamada guerra contra las drogas.
También deben estar preparando el festejo quienes por años trabajaron en la Ley General para Prevenir, Investigar y Sancionarla Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, apenas promulgada en 2017. Y deben compartir la dicha tantas y tantos periodistas y personas dedicadas a la academia que han realizado acaso centenas de investigaciones confirmando la tortura incluso como una manera de trabajar.
Pero, más incluso que la celebración, debe invadir a todas esas personas la mayor estupefacción. Cómo sucedió, es la pregunta que debe abrumar. Cómo se acabó con la tortura así, de golpe, cuando ha sido documentada sin parar reporte, tras reporte, tras reporte nacional e internacional, además de las decenas de miles de quejas ante los organismos públicos de los derechos humanos y las denuncias en el ministerio público. En el INEGI debe privar igual el estupor; también ahí han levantado evidencia empírica suficiente para saber que la tortura es generalizada.
El mundo, distraído con la pandemia, en su momento también será invadido por la más extrema curiosidad -digamos: cómo se declaró este triunfo en México, se preguntarán, cuando no se afirma tal cosa por ningún lado, especialmente sin acompañar medio de comprobación alguna.
Imagínense de qué tamaño será la sorpresa, cuando el presidente declara la erradicación de la tortura apenas un año después de que el Comité contra la Tortura de la ONU la reconociera como una práctica endémica y generalizada en México. El estupor que seguramente hay, cuando apenas hace unos meses una amplia y profunda investigación concluyó que se mantienen el “carácter generalizado de la práctica de tortura”, que la misma es un “modus operandi generalizado no sólo entre las policías o los ministerios públicos sino también por las fuerzas armadas”, en un contexto de impunidad generalizada también.
La otra es que nadie, absolutamente nadie entre todas esas miles y miles de personas que sufren la tortura y que luchan por reducirla, le creyó al presidente.
Hemos venido analizando el discurso presidencial y ya entendimos la mecánica de la provocación y su funcionalidad política. Ya aprendimos que la provocación es un instrumento de acumulación de poder, siempre y cuando se cae en ella.
Pero más allá de la instrumentalización política que el presidente hizo el domingo respecto a una de las peores tragedias en materia de violaciones graves a los derechos humanos, dos consecuencias de sus palabras hielan la sangre; primero, no se puede castigar aquello que no existe; segundo, el mensaje ha sido recibido por quienes usan la tortura, por ejemplo, como método de investigación penal.
Así que la pregunta es una: luego que el presidente declaró erradicada la tortura, quién festeja.