blogeditor · 11 de mayo de 2022
Para muchos, las corridas de toros tienen un lugar importante en nuestra cultura; no es sorpresa que hayan permeado, por ejemplo, en el lenguaje (como con la metaforización del verbo torear usada en el título de este artículo). De allí que sea tan complicado eliminar esta “tradición”. La pasión está tan arraigada en las mentes de los aficionados a dicho espectáculo que se vuelve dificilísimo dialogar con ellos. Ahora que se debate la prohibición de las corridas en la Ciudad de México, la discusión está una vez más a flor de piel, con todos los lugares comunes en los que incurre.
A pesar de descender de dos familias prominentemente taurinas, toda mi vida he estado en contra de las corridas de toros. Sin embargo, hasta hace unos años no tenía problemas con consumir alimentos de origen animal sin considerarlo una incoherencia (porque no tenía la menor idea de cómo funciona de verdad la industria alimentaria ni de su costo ecológico, y mucho menos sabía cómo se ha cuestionado, científicamente, la necesidad de seguir comiendo carne; como dicen que decía Keynes, “conforme cambian los datos, cambian las opiniones”). La ironía es que no suelen ser defensores de los animales quienes te acusan de inconsistente en esa posición, sino los taurinos, con un sarcástico tono de satisfacción (como si llevar una dieta vegana fuera tan fácil). Pero mi respuesta siempre fue sincera y tajante: “Una cosa es comer animales, siendo nosotros mismos animales omnívoros, y otra muy distinta es atormentarlos y matarlos por entretenimiento”. De hecho, todavía mantengo y esgrimo esa lógica. Cabe señalar aquí que, en el caso de los animales que consumimos, existen (cada vez más) leyes que vigilan que el trato y el proceso de muerte sean lo más indoloros posible (si bien falta mucho para que se implementen adecuadamente).
Narro esto porque los defensores de la “fiesta brava” tienden a invocar automáticamente las miles de muertes de animales que ocurren a causa de nuestro omnivorismo; de hecho, es su respuesta favorita (decía Felipe, el personaje de Mafalda, que “A los buenos nos tienen agarrados con ese maldito argumento”). Entre las muchas fallas de tal apelación se encuentra la de que, al decir eso, pareciera que se plantea una elección que, en realidad, es innecesaria: se puede estar en contra tanto de las corridas de toros como de la crueldad animal dentro de la industria alimentaria, y ambas cosas pueden ser combatidas también al mismo tiempo. Una no excluye a la otra.
Una desviación similar, a la que también se recurre en este debate, es la del sufrimiento humano: “¿Por qué ocupar el tiempo en defender a los animales cuando nuestros propios congéneres están sufriendo?”. Una vez más, el error gira en torno a la simultaneidad: no hay necesidad de dividir los problemas en un primero y un después. Podemos (y debemos) lidiar con todas las crisis al mismo tiempo, pues hay suficientes individuos trabajando en cada una de ellas, e incluso quienes no nos dedicamos a una en particular podemos contribuir, desde nuestras posibilidades, a varias. Por su parte, quienes dedican su trabajo y su tiempo a un problema específico no están, por ello, negando e ignorando los demás; esa acusación, a mi juicio, peca de injusta.
Es innegable que hay una gran cantidad de seres humanos padeciendo sufrimientos evitables, pero la discusión sobre la tauromaquia no está cuestionando ni negando eso: ser sensibles al dolor de los miembros de nuestra propia especie no nos impide serlo también al de otras, y viceversa. De hecho, lo indicado sería combatir TODO tipo de sufrimiento e injusticia (como señalan el quinto y sexto de los principios abolicionistas de Gary Francione, referentes a la coherencia ética y la violencia). En resumen, el exclusivismo que se acusa con este argumento no es tal.
Huelga decir que el uso de la “falacia del falso dilema” no es exclusivo de los taurinos: la declaman los escépticos de cualquier movimiento social, se trate de feminismo, de la lucha contra la pobreza, o lo que sea. Siempre habrá un problema que se pueda plantear como prioritario, bajo el cual argumentar la necesidad de una elección; necesidad que, en los hechos, es falsa.
Muchas veces he escuchado —una vez más, como si se demostrara una inconsistencia— que se compare la tauromaquia con deportes de participación exclusivamente humana con altos grados de violencia. El box suele ser el ejemplo favorito: “Si quieren prohibir las corridas de toros, ¿por qué no están cuestionando también las peleas de box?”. Puede que presenciar este tipo de competencias sea desagradable, pero hay una diferencia sustancial: cuando un boxeador sube al ring, lo hace por decisión propia, siendo (en principio) libre de no hacerlo o de renunciar in media res, y ateniéndose consciente y voluntariamente a los peligros que implica su actividad. No es el caso del toro que sale a la arena. El del torero sí, pero no el del toro.
Otro argumento socorrido para defender este espectáculo es que su prohibición, si llegara a realizarse, traería la extinción de la raza del toro de lidia. Esto es de por sí científicamente menos objetivo de lo que se cree; pero incluso en el supuesto de que esté respaldado por una investigación imparcial, sigue siendo cuestionable éticamente; en lo personal, mi preocupación no es por la raza, que ni siquiera es la especie, sino por los individuos. Pero traslademos la disyuntiva, por ejemplo, al contexto de los humanos: digamos que, ante el peligro de la desaparición de alguna “raza” (los caucásicos más conservadores perciben esta amenaza), se promete a sus integrantes rescatarlos de tal destino a condición de que vivan para siempre como gladiadores. ¿Quién se apunta?
Ahora bien, es evidente que casi todas estas apelaciones constituyen un desvío del problema de fondo sobre las corridas de toros: se está sometiendo a una creatura sintiente (es decir, con capacidad de sentir dolor físico) a un sufrimiento innecesario, que culmina en muerte, sin más propósito que el deleite de un grupo de Homo Sapiens, lo cual no tiene justificación ética posible. Ni siquiera el romanticismo con el que se ensalzan la tradición y la pasión basta para legitimar semejante situación (ensalzamiento que a veces toma tintes francamente cínicos, en el sentido vulgar del término). Sin embargo, para los taurinos, todos los argumentos anteriores tienen sentido, por lo que la alternativa es demostrar que, aunque no fueran una desviación, no se sostienen.
Como ya han dicho muchos una y otra vez, que las corridas de toros sean un elemento intrínseco y altamente popular de nuestra cultura NO es razón suficiente para conservarlas. Como el circo romano, como los autos de fe, como los sacrificios rituales, como la mutilación genital femenina… las corridas son una manifestación cultural antiética que no debe continuar.
* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran Traidor.
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