Redacción Animal Político · 20 de junio de 2025
El pasado 24 de mayo, la mamá, los hermanos y los sobrinos de Shadi Abed, joven palestino refugiado en México desde 2018, aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez en el vuelo de Turkish Airlines procedente de Estambul, escapando del infierno que a la fecha vive la población civil de Gaza. Un total de 19 personas de la familia Abed vive ahora en nuestro país al amparo de la figura legal inscrita en la Constitución y enmarcada en los Tratados Internacionales en la materia de los que México es firmante. Una figura, la del refugio, que, con los tiempos que corren, reviste cada vez mayor importancia y reclama reforzada protección.
La reunificación de la familia Abed en suelo azteca garantiza la salvaguarda de la vida y de la dignidad de sus miembros, algo imposible en su Gaza nativa, en donde de acuerdo con Naciones Unidas, el Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio, Amnistía Internacional y Médicos Sin Fronteras, entre varias otras organizaciones e instituciones de sobrado reconocimiento en el campo de la asistencia humanitaria y el derecho internacional, las acciones emprendidas por las fuerzas israelíes contra la población civil son consistentes con la definición de genocidio.
Los Abed no son la primera familia que encuentra en México la oportunidad de rehacer, o en su caso, preservar y continuar su vida. Se suman a una larga, muy larga y añeja lista, valga decirlo, de familias procedentes de muchas otras latitudes que a lo largo de los últimos 160 años han recalado en nuestro país, huyendo de amenazas a su supervivencia en sus lugares de origen. De los esclavos africanos subyugados por la segregación y la Guerra Civil en Estados Unidos llegados a Coahuila, Chihuahua o Tamaulipas en los 1860, a los republicanos españoles perseguidos por la falange franquista a finales de la década de los 30 del siglo pasado, pasando por los judíos sefaradíes, los armenios y los maronitas libaneses que huyeron del acoso de un Imperio otomano que buscaba estrangularlos, y los uruguayos, brasileños, paraguayos, chilenos y argentinos que escaparon de sus respectivos gobiernos castristas que intentaban desaparecerlos. Sin olvidar a las numerosas familias indígenas guatemaltecas que por décadas vivieron en Tabasco, Campeche o Chiapas, librando lo más sanguinario del conflicto fratricida que desangró su país.
México no es ajeno al refugio. Es con base en dicha tradición que recibe ahora a la familia Abed y, en un futuro no distante, espero, a muchas otras más familias palestinas que logren encontrar aquí el solaz que su tierra no les da. Nuestro rol como país de refugio debe tenerse más presente que nunca, al celebrar este viernes 20 de junio el Día Mundial del Refugiado. Sobre todo, porque la tendencia belicista que recorre como escalofrío el mundo es proclive a la guerra, desestima la diplomacia y el derecho internacional, y hace más vulnerable a la población civil ante los enfrentamientos armados. Pero también porque el incremento en el gasto militar de los principales países del Norte global, empezando por Estados Unidos, conlleva importantes reducciones al financiamiento de los mecanismos internacionales de ayuda al refugiado, incluido el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), principal organismo del sector, que hace apenas unos días anunció que despedirá a 3,500 de sus empleados y reducirá hasta en 30 % su presupuesto anual, una medida que en México implicará el cierre de algunas de sus oficinas, entre las que se encuentran las de Tenosique, Palenque y Guadalajara.
En este sentido, es indispensable que en México nos tomemos con la seriedad que amerita la situación mundial nuestra responsabilidad como tierra de refugio. Desde las más altas esferas del gobierno, más allá de la retórica, habrá de dotarse del financiamiento adecuado y del capital humano necesario a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, o al menos ya no habrá de recortarse más su de por sí precario presupuesto. Desde la sociedad civil, habremos de trabajar en combatir el discurso de odio que deshumaniza a quienes buscan refugio, apoyando iniciativas como la Clínica Jurídica para Personas Refugiadas ‘Alaíde Foppa’, de la Universidad Iberoamericana, medular en el caso de la familia Abed, haciendo conciencia en nuestro entorno más próximo, entre familiares, amigos y compañeros de trabajo. Porque en el mundo que nos ha tocado vivir, todos somos refugiados.
* Diego Gómez Pickering (@gomezpickering) es escritor, periodista y diplomático mexicano. Su libro más reciente es “África, radiografía de un continente” (Taurus, 2023).