blogeditor · 3 de julio de 2020
Ahora que comienzan a disminuir las jornadas de protestas que en todo Estados Unidos desencadenó la muerte del afroamericano George Floyd a manos de la violenta policía de Minneapolis, es posible que el mayor triunfo de esta nueva fase en la ardua y larga batalla por los derechos civiles en este país sea uno simbólico: que la lucha por los derechos de los afroamericanos ya se salió de su barrio.
Vimos a las marchas celebradas en más de 50 estados que el grueso de los contingentes lo conformaban ciudadanos de tez blanca que lo mismo podían ser hispanos, caucásicos, asiáticos, europeos o hasta latinos, enfurecidos con un sistema y un gobierno que terminó por hartar a casi todos por el errado manejo tanto de sus propias y descontroladas corporaciones de uniformados como de la pandemia que ha sacudido al país y al mundo entero. Personalmente me resultó muy conmovedor ver como en Nueva York la conformación de los marchantes no variaba: un líder negro al mando de las rutas y acciones gritando las consignas, al frente de cientos de personas de todos los colores detrás repitiéndolas.
“¡No justice, no peace!”, “¡black live matters!”, “Hey, hey ho ho, police racist got to go!”, “¡pro black, isn´t anti-white!”, “all live matters!”, “¡refund police!”, entre otras, sonaron en marchas organizadas en las principales calles de Brooklyn, Manhattan, Queens y el Bronx. Salieron a caminar para recordar que las vidas de las personas de cualquier color importan, ciudadanos de barrios de judíos ortodoxos, de zonas de clase media y alta, lo hicieron en escuelas públicas (tanto las que tienen estudiantes afroamericanos como las que no) y en oficinas de gobierno. Marcharon modelos y desempleados. Niños y ancianos. La mañana de hoy, sobre todo las dos primeras consignas ilustran muchas de las ventanas en diversos vecindarios o comercios. Un poderoso slogan que, en añoranza a esta convulsa primavera, permanecerá en stickers, playeras, gorras y posters.
Eso, que hasta el momento resulta más poderoso que las mismas concentraciones, significa el reconocimiento a nivel de cancha de la propia americanidad ganada y merecida por los afros desde hace décadas, con el agravante de que aún deben luchar contra sus propias autoridades y contra amplios sectores para quienes siguen siendo “inferiores”, para que se les reconozca lo que ya en las calles, en la música y en los deportes se les admira: su imaginación, su tesón y su fuerza.
Ya lo escribió en 1958 el legendario saxofonista y activista Sonny Rollins en su álbum Freedom Suite: “América está profundamente arraigada en la cultura negra: sus coloquialismos, su humor, su música. Qué irónico que el negro, que más que cualquier otro pueblo pueda reclamar la cultura de Estados Unidos como suya, está siendo perseguido y reprimido; que el negro, que ha ejemplificado las humanidades en su propia existencia, está siendo recompensado con inhumanidad”. Por cierto, en conmovedora entrevista dada en junio al The New Yorker, Rollins agradecía el que la vida (cumple 90 en septiembre) le haya permitido ver “a todos esos blancos exigiendo por el derecho de los negros”.
Les decía que ese simbolismo que igualmente sacudió a Rollins, no se quedó por fortuna en ese nivel en cuanto a los logros del movimiento. En las turbulentas semanas que iniciaron el lunes 25 de mayo hemos visto como la discusión nacional se centró en la necesidad de reformas a las policías ya sea a nivel local o incluso nacional.
Por lo pronto en Nueva York, ante la fuerte resistencia del movimiento que ha pedido su cabeza como requisito para dejar las calles, el alcalde Bill de Blasio ya anunció que propondrá un plan para recortar en el 2021 mil millones de dólares de los casi 6 mil de presupuesto anual que le corresponde al Departamento de Policía (NYPD). Su intención es invertirlo en el desarrollo de las comunidades históricamente más rezagadas, sin importar que en este momento la ciudad esté reflejando un pico en la violencia como no se miraba desde hace 20 años, pero que para un sector de analistas tiene que ver con el alto desempleo provocado por el COVID 19. De Blasio cree que la inversión en los jóvenes y en las comunidades de algún modo ayudará a resolver los problemas “que en esta nueva realidad son económicos, de salud y de disparidad”, según aceptó en una conferencia el pasado lunes 29.
Otra noticia relevante surgida a nivel nacional en respuesta a la intensidad de las marchas fue el decreto que el pasado día 16 firmó el presidente Donald Trump que, supuestamente, buscaría inyectar recursos a la capacitación para que la Policía mejore sus procesos y estándares sobre el uso de la fuerza. Para los activistas del Black Lives Matter fue una respuesta, corta, tardía e insuficiente de Trump cuya orden ejecutiva podrá ser medida en sus alcances cuando se implemente.
Otro asunto destacado es la revelación de que la violencia policiaca es un tema complejo que se debe de abordar desde varios frentes, pero que debe hacerse ya. Como lo adelante en anteriores columnas, el que haya en promedio mil muertos al año debido a la violencia de los uniformados es posible debido a una maraña de complicidades e inercias que incluye a sindicatos y jefes policiacos afines a la vieja escuela, además por supuesto del racismo y clasisimo que aceita a las corporaciones.
Finalmente, otros de los cimientos que arrojó la primavera estadounidense es la consolidación de nuevos liderazgos afroamericanos. De algún modo ya encontraron la forma de que no logren quitarlos del camino como ha sucedido históricamente en este país con sus líderes de color que acabaron muertos, exiliados o presos. Ahora tiene el blindaje de este nuevo sector de indignados de todos los colores que dan fe de que su lucha es verdadera y sus reclamos justificados, antes de que los quieran criminalizar de nueva cuenta.
Me quedo con las viejas imágenes de miles de blancos marchando al son que les tocan los reclamos negros y que seguro no se detendrán aquí.
Por último, hay que aclarar que en los Estados Unidos está dejando de ser una moda el usar eufemismo para nombrar a un “negro” y ya no se considera racista si se usa en el contexto adecuado. Aunque no sé si estemos listos para esa discusión.