Redacción Animal Político · 10 de enero de 2025
Entre mis búsquedas y sus imposiciones, la burbuja digital decidió que la zanahoria a perseguir este año es la oportunidad que los avances estéticos me ofrecen para lucir más joven y quitarme de encima los estragos, defectos o “imperfecciones” que deja vivir. Porque tengo permiso para seguir viva, pero no de verme vieja. Lo sé yo, lo sabes tú, lo sabemos todas.
Soy joven todavía, me respondo a mis 39 años recién cumplidos, que a veces se sienten como una tercera adolescencia, y continuo con la procrastinación que parece haberse convertido en la búsqueda de una “mejor versión” de mí. Con lo mucho que me cuesta reconocer que estoy bien como estoy, mi relación con internet se convierte en el sueño de cualquier coach de vida, pero mi peor pesadilla.
¿Sabrá el algoritmo que no estoy satisfecha con lo que tengo? Tampoco es difícil adivinarlo: la mayoría de las mujeres creemos que la solución está en cambiarnos algo. ¿Quitarte dos costillas muy a la Thalía de los noventa? No suena tan mal. ¿Convertirte en la nueva Lindsay Lohan? ¡Sí, por favor! ¿Meter la cara en una tina con hielos para rejuvenecer la piel, aunque te cale de dolor? Sin duda. ¿Cambiarte los dientes para que no parezca que alguna vez los usaste? Díganme cuánto cuesta.
Mi propia guerra mediática se ve así: combate la celulitis, borra las líneas de expresión, deshazte de la flacidez, reduce a toda costa el paso del tiempo por tu cara, por tu cuerpo y, de ser posible, por tu actitud. Todo al alcance de tu mano, mientras haya con qué. Sólo hace falta inseguridad y dinero. Para el gel, para el suero y el parche, para el bisturí, para la recuperación y el seguimiento. Para mantenerse joven incluso siendo vieja. Sí, una vieja de casi cuarenta años. Aunque, por lo que veo, una empieza a ser vieja desde los treinta.
Mientras mi algoritmo se empeña en reforzar la idea de que yo también quiero ser Lindsay Lohan, en otra parte de mi cerebro se cocina a fuego lento la idea de que mi mayor motivación para comer mejor y moverme más no es la estética, sino la salud de mi sistema.
Si la motivación para mejorar mi cuerpo es adquirir la fortaleza que quiero tener antes y durante la menopausia, que cada día se acerca más, tal vez sea más fácil levantar el culo y llevarme al gimnasio. Estoy cansada de querer ser deseable y no de querer ser menos frágil. Estoy cansada de querer una piel radiante, pero no unas rodillas fuertes. Vaya que es difícil saciar el deseo. Y si le sumas el deseo ajeno sobre el propio, se convierte en un cochambre de insatisfacción y de promesas imposibles de cumplir.
Alguna vez salí con un futbolista (qué te digo, amiga, caí) y mi gran preocupación nunca fue si teníamos tema de conversación o no (spoiler: no teníamos), sino era verme tan bien como él (spoiler: no lo logré). El asunto es que de esa breve interacción recuerdo más la angustia por mi cuerpo que el placer por la situación. Hoy solo me quedan algunas preguntas básicas como qué hacía con un futbolista o qué hacía autoevaluándome con él como referencia. ¿Por qué? ¿Para qué?
Y entonces, heme aquí, una o dos décadas después, combatiendo el mismo deseo y el mismo síntoma que dirige la flecha hacia mis decisiones, queriendo permanecer atractiva con estándares casi imposibles de alcanzar, con inconformidades con mi cuerpo de cuarenta años y con acceso a internet. ¿Qué puede salir mal?
Quiero pensar que con la edad viene un enorme regalo para las mujeres. Más allá de la aceptación, lo que parece llegar es libertad. La libertad de no tener que gustar, de ser más firme con el autocuidado y más leal a una misma. La libertad de saber que nada importa tanto y que ningún deseo ajeno puede convertirse en propio. El mero acto de liberarse es una zanahoria que no se persigue sino que llega hasta tu plato, lista para ser devorada por una dentadura desgastada y probablemente incompleta.
Veo a mi mamá, a sus casi 70 años, ajena a esas complicaciones. Desprendida de la idea de que su cuerpo sea deseable (o no). Libre de la mirada masculina y de la exigencia social. Mi mamá tuvo la primera mastectomía radical a los 36 años. La segunda poco antes de los 50. Me cuesta imaginar lo que piensa de mi algoritmo y de mi anhelo adquirido de no verme vieja, cuando su mayor deseo, desde los treinta, ha sido seguir viva. Me siento un poco tonta, pero con la intención de que se me quite.
Quiero seguir viva, también quiero verme bien. Pero no quiero ser más joven. ¿Por qué insistes, internet? Me gusta lo que los años le hacen a mi cuerpo: lo aceptan. Mi propia batalla personal se ve así: abraza tu celulitis, las líneas de expresión son arrugas y son tuyas, acepta tu flacidez y siéntete afortunada de lo que el paso del tiempo le hace a tu cara, a tu cuerpo y a tu actitud, porque eso solo significa una cosa: sigues respirando, mamacita.
Y aquí sigo, con días en los que me miro al espejo y pienso que debo de ir corriendo al cirujano porque “me están cayendo los años”, y días en los que me miro al espejo y agradezco no tener veinte años ni la osadía de competir contra el cuerpo de un futbolista.
Dos décadas han pasado desde que cumplí veinte años, tal como Lindsay Lohan, pero dudo tener un comeback como el de ella. Lo que sí creo tener, espero que más pronto que tarde, es la libertad de ser quien soy, como estoy, pararme frente al deseo y darme el permiso de existir y de envejecer, en dosis completas. Sin algoritmos de por medio y venciendo las ideas que llueven día con día sobre lo que debería de ser, pero que no puedo ni podré.
A falta de querer perseguir una zanahoria para verme “mejor”, respiro profundo y le pido a la sabiduría de mi cuerpo devorarse la zanahoria de la libertad una vez llegado el momento.