blogeditor · 12 de mayo de 2021
Sugiero tocar este soundtrack para acompañar la lectura.
La otra mañana leía que las conferencias mañaneras del presidente ya no son tan atractivas para cierta parte de la ciudadanía. Solo le agradan al 37% de la muestra encuestada. No entiendo cómo aguantaron tanto, me pregunto en silencio. Yo solo soporté unas tres o cuatro mañaneras y muy pronto desistí de someterme a semejante ejercicio de masoquismo republicano: el formato, el tono, el mensaje, el ritmo, los ademanes, en general todo el espectáculo me parece un ejercicio de comunicación política fallido, pero los adeptos de la 4T me dicen que yo no soy el público, que le habla a su electorado, a su base, a sus seguidores, a los amlovers. ¿Y el resto del país dónde nos metemos?
Muy al principio del sexenio veía la mañanera en redes sociales. Tenía curiosidad. ¿A ver qué nos tiene que decir el presidente-todos-los-días? Este es un ejercicio sin paralelo en la historia moderna del país, un presidente que enfrenta a diario a la prensa, que abre los micrófonos al pueblo, que se desnuda día con día y está dispuesto a todo tipo de preguntas. No más montajes, no más una prensa simulada y comparsa del poder. Un presidente que no le tiene miedo a la verdad y que la enfrenta sin un guión preparado. ¡No me lo puedo perder! Debe ser algo excepcional: un ejemplo de rendición de cuentas como no hemos visto antes.
Debo confesar que me ayudó mucho a dormir. La mañanera tiene el gran potencial de arrullarme y mandarme de visita con Morfeo. Más tarde me enteraba –por los múltiples repetidores del mensaje– de las desventuradas frases que había soltado contra el punching bag del día. Cada día va cambiando el-opositor-en-turno, puede ser un periodista, un activista, empresario, mujeres, más periodistas, intelectuales orgánicos, fifís antirevolucionarios, conservadores de cierto tipo, neoliberales del mundo, neoporfiristas reencarnados, salinistas de clóset, calderonistas enardecidos, más periodistas venidos del viejo régimen. You name it! Todos tendrán su momento.
Esta suerte de ritual democrático, en el que nuestro presidente se abre al pueblo y se somete a un periodismo abierto y transparente parecía una mejor idea que su resultado final. Hoy se ha convertido en un espectáculo surrealista –cuando no deprimente–, en donde se juega una danza de mentiras y evasiones, aderezadas con imprecisos capítulos históricos, anécdotas barrocas y homenajes de mal gusto –el de don Gato es insuperable–. El ejercicio busca el tedio como artilugio de hipnosis de masas; se fomenta la apatía como mecanismo de defensa ante un mensaje cantinflesco y borroso. Básicamente se desprecia al interlocutor inmediato: la prensa. La falta de un mensaje conciso hace que las respuestas sean un deja vu de sí mismas, el sonsonete es ya conocido, los mensajes se han vuelto predecibles. Por lo que finalmente se convierte en un ejercicio fútil.
A estas alturas, la fórmula está agotada; con una conferencia mañanera a la semana sería suficiente. Bien podría dar más espacio a algunos miembros de su gabinete, cederles unos instantes de reflector para desentumecerse y mostrar su capacidad ante el pueblo. ¿Para qué fueron nombrados si todo lo va a decidir una persona? ¿Por qué no mejor suprimir esos cargos si tanto necesitan ahorrar? En todo caso también podría dedicar más tiempo a las labores de gobierno, supervisar sus programas y proyectos, revisar agendas importantes y urgentes: incendios, seguridad pública, daños al medio ambiente, educación en pausa, economía en crisis, y tantos otros que se van acumulando y que parecen no importar. Así los funcionarios de la tetatransformación podrían pasar menos tiempo preocupados por complacer al líder y más tiempo cumpliendo con su mandato. Se necesita más administración, menos grilla; más atención al ciudadano, menos a los opositores.
Y, sin embargo, hay mañanas que me levanto con la necia esperanza de escuchar una mañanera llena de honestidad, de mensajes sinceros de un presidente que sí quiere al pueblo, con datos correctos y mensajes precisos; con respeto y amabilidad para la población (toda ésta), sin recovecos verbales, sin agresiones a quienes no comulgan con él, buscando la reconciliación, la armonía, la integración de los polos de la sociedad mexicana, pero pronto se me pasa.
Como en aquella película de Tous les matins du monde, en el palacio solo se escucha música suave y armoniosa, no hay lugar para el disenso, para la cruda realidad, para los datos no amables, o los “incidentes” que se salen del guión que se escribió hace más de 20 años. El catecismo transformador ha tomado al Estado; repetir decálogos de falsa moralidad es la nueva política pública. Se acerca el llamado a las urnas, que hoy se parece a un llamado a misa, a la confesión, a arrodillarse frente a la República y buscar (falso) consuelo en la pluralidad. Oremos.
Las mañaneras se han convertido más en mecanismo de reconversión de conciencias. Así, se va construyendo poco a poco el relato del sexenio, como una suerte de rosario de mensajes de la 4T que para algunos se ha convertido en un sofisticado método de tortura para opositores, conservadores, hipócritas y otros fifís. Sobre todo me recuerda a aquella película de Kubrick, La naranja mecánica, en donde al delincuente se le somete a imágenes desagradables con pinzas en los ojos y música de Beethoven de tal manera que no se puede negar a verlas y de esa forma “curarlo”. Quizá estamos siendo todos curados con el método Ludovico de nuestros fantasmas neoliberales y otros vicios del viejo régimen, todo para que al final abracemos la gran transformación de la vida moderna del país, poco a poco, una mañanera tras otra tras otra.