De Columbine a Teotihuacán: los patrones ignorados

Joel Aguirre · 2 de junio de 2026

De Columbine a Teotihuacán: los patrones ignorados

El hombre es el lobo del hombre: T. Hobbes.

Lunes 20 de abril de 2026. Eran aproximadamente las dos de la tarde. Estaba en uno de esos días de largas jornadas de escritura de tesis. Me detuve a esa hora: el calor arreciaba y el hiperfoco simplemente se había ido. Entré a Instagram para distraerme. La primera noticia en mi feed fue: “Tiroteo en zona arqueológica de Teotihuacán. Información en desarrollo”. No lo podía creer.

Desde 2016 trabajo en temas de arqueología y arte rupestre. En ese tiempo he conocido múltiples casos de daño al patrimonio, sobre todo en contextos de guerra. En 2015, por ejemplo, hubo una oleada de destrucción perpetrada por ISIS en países como Siria e Irak.

En México, los casos más cercanos tienen otra naturaleza. La enorme cantidad de sitios arqueológicos hace imposible que todos estén resguardados: muchos están en abandono o ni siquiera registrados. Los que sí cuentan con protección suelen estar delimitados y vigilados por personal custodio.

Las principales preocupaciones en estos espacios han sido históricamente otras: el deterioro por intemperismo (sol, lluvia, viento), el daño antrópico (o vandalismo) y el saqueo. Para ello existen manuales de conservación, reglamentos de acceso y protocolos de registro. Sin embargo, lo ocurrido el lunes 20 de abril de 2026 —hasta donde alcanza mi conocimiento— no tiene precedentes. Y entonces surge la pregunta: ¿debería existir un protocolo para algo que, hasta ahora, no había ocurrido en México?

La noticia me cimbró. Después pensé en una ironía inquietante: nunca imaginé que el tema de mi tesis de licenciatura y el de mi doctorado pudieran tocarse.

 La conexión con el tiroteo de Columbine

Mi primer proyecto de investigación, en 2015, fue un análisis sociológico sobre el prejuicio de violencia hacia adolescentes que juegan videojuegos. Ahí estudié el caso de Columbine y otros tiroteos en Estados Unidos.

Una de las conclusiones más importantes fue que estos ataques suelen ser prevenibles. ¿Por qué? Porque, en los casos de violencia masiva —donde el objetivo es causar el mayor daño posible—, la mayoría de las veces hay señales previas.

Eric Harris y Dylan Klebold, los perpetradores de Columbine, eran percibidos como adolescentes que no encajaban y que mostraban inclinaciones ideológicas extremas. Testimonios posteriores revelan que personas de su entorno tenían una intuición de peligro. Además, hubo episodios de alerta —como un incendio sospechoso— y múltiples indicios en foros de internet donde anunciaban sus intenciones.

Hoy sabemos que patrones similares aparecen en el caso de Teotihuacán. Personas cercanas reportaban temor, su actividad digital reflejaba posturas extremistas e incluso hubo indicios previos.

En estos casos hay elementos en común. Reducirlos al concepto de copycat resulta simplista. Sí hay replicación, pero también hay una lógica más compleja: los perpetradores no solo imitan, también buscan superar. Así como el atacante de Teotihuacán tomó como referencia a Columbine, Harris y Klebold intentaron superar el atentado de Oklahoma de 1995.

Cuando escribí mi tesis en 2015, sostenía que estos fenómenos debían analizarse en su contexto. Los tiroteos en Estados Unidos no eran directamente comparables con México, en gran medida por la diferencia en el acceso a armas.

Ese sigue siendo un factor clave. Sin embargo, los casos en México comienzan a acumularse. Surgen entonces preguntas incómodas: ¿de dónde vienen las armas? ¿Cómo es que un niño de once años en Torreón pudo llevar dos pistolas a su escuela en 2020? ¿Cómo ocurrió en Monterrey en 2017? ¿Y cómo un adolescente de quince años ingresó con un rifle AR-15 a su escuela en Michoacán recientemente?

¿Por qué las ideologías extremistas encuentran condiciones fértiles?

Más allá del origen de las armas, habría que replantear otra cuestión: ¿estamos ante un fenómeno ya comparable con el de Estados Unidos? Mi intuición sociológica diría que no del todo. Hay influencias globales, sí, pero también especificidades locales que no pueden ignorarse.

Vivimos en un contexto de violencia constante. Nos hemos vuelto indiferentes como mecanismo de supervivencia, pero esa indiferencia puede estar cegándonos ante el enojo, la frustración y el aislamiento que afectan particularmente a las y los jóvenes. En ese terreno, las ideologías extremistas encuentran condiciones fértiles.

Internet funciona como espacio de agregación para estas comunidades. Aunque parten de premisas erróneas, ofrecen pertenencia. Y ahí radica su fuerza. El problema no es solo la desinformación, sino la estructura social que la sostiene.

Cada vez que ocurre un caso así, aparecen explicaciones simplistas: los videojuegos, el internet. Desde mi experiencia y mi investigación, esa lectura es equivocada. No es la herramienta, son las condiciones humanas y sociales: las señales ignoradas, la falta de atención a la salud mental y una violencia normalizada.

Esta es, además, una generación que atravesó momentos clave de desarrollo en aislamiento durante la pandemia, en un país donde la violencia forma parte del paisaje cotidiano.

¿Era imaginable la necesidad de protocolos para tiroteos en zonas arqueológicas? Probablemente no. Y aunque es necesario reforzar medidas de revisión, también es cierto que el INAH nunca fue diseñado para enfrentar este tipo de amenazas. Tenía ya múltiples urgencias. Ahora tiene una más —y no menor.

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Kathia E. García-Gómez es doctorante en Filosofía de la Ciencia en la UNAM, investigadora y comunicadora de la ciencia social. Su trabajo analiza la cultura, patrimonio y espacio público desde la sociología y la comunicación pública de la ciencia. Redes: @LaKathirina