blogeditor · 27 de abril de 2020
Tiempos de blanco y negro, de buenos y malos; de estás conmigo o estás contra mí; de reduccionismo a toda prisa; tiempos de alta velocidad; de leer caracteres en vez de libros; de mirar más cosas y más rápido en lugar de mirarlas mejor; de regular la autoestima por el número de seguidores en las redes sociales; de defender o atacar las ideas no porque sean buenas o malas, sino por quien las dice; tiempos de defender ideas sin saber si hay ideas.
Tiempos de gobiernos idos en los que nadie creía, a gobiernos llegados en los que primero va quien más cree; gobiernos que aprendieron a conectar mejor con el público a través de las creencias, tirando a la basura siquiera el esfuerzo de construir políticas públicas basadas en evidencia; gobiernos que desayunan, comen y cenan mintiendo.
Tiempos donde la reflexión y la escucha sobre temas públicos parecen en sí mismos una traición, a decir de uno u otro bando; tiempos donde uno ya no es quien era, porque ahora la etiqueta que le han puesto es otra; tiempos donde quienes celebraban y acompañaban la denuncia pública que uno lleva haciendo por tres décadas, ahora la condenan.
Tiempos de no saber qué sigue, más allá del ruido totalizador.