Redacción Animal Político · 29 de noviembre de 2022
A Denise, Eréndira, Gabi, Ivonne, Ixchel, Jaina, Maite, Martha, Peni y Katia
Cuando nació mi hije Theo, no me tomé la molestia de bautizarle. Católicos por decisión de nuestros respectivos padres, el marido y yo decidimos que nos íbamos a brincar la doctrina católica y que nuestros hijos crecerían sin inculcarles una creencia; que la salvación y la vida eterna la encontrarían en el respeto a los derechos humanos de las personas.
Pero la vida me puso a prueba un año después, durante unas vacaciones en Acapulco a las que me alcanzaría el marido unos días más tarde: me topé con un bautizo colectivo que se realizaría en la parroquia de Mati, la trabajadora del hogar de mi suegra y su compañera de andanzas de los últimos 26 años. Presta a bautizar a su propia hija, Mati me convenció de la conveniencia de quitarle el pecado original a Theo. Me gustó la idea del ritual de purificación, que la abuela paterna quedaría feliz con el madrinazgo, y que no tendría que gastar en una megafiesta como las que se acostumbran en ambas familias. Me gustó más que el párroco aceptara bautizar a mi chamaque, a pesar de no cumplir con los requisitos previos de pláticas y demás; quién sabe qué cara vio que decidió no ponerse quisquilloso y llevar por la senda del bien a esta familia de descarriados.
Un año más tarde bautizamos a Nico al día de nacer, en el hospital, con el madrinazgo de mi madre y el padrinazgo de nuestro querido amigo Andrés. A pesar de no practicar la religión, me atrajo lo que el ritual representaba para mis hijes en su nexo con las abuelas. Hasta ahí quedó; no hemos vuelto a realizar un sacramento más de la doctrina católica, pero a lo largo de mi vida adulta he encontrado en diversas ocasiones y en distintas iglesias el espacio para recuperar un poco de mi paz mental. Esto me ha llevado a considerar los beneficios de ciertos rituales, que conforme envejezco aprecio más: la cena de Navidad, el Día de Muertos, los festejos cumpleañeros, los cierres de ciclo educativos, laborales, afectivos.
Un ritual que llevaba décadas observando cinematográficamente se materializó este año de la mano de un querido y entrañable grupo de amigas. La convocante original del grupo organizó en su casa por primera vez la cena de Acción de Gracias, con la que celebran el Día de Acción de Gracias las familias estadounidenses. Mi largo historial como aficionada de las chick flick que me han acercado al ritual hizo clic el pasado jueves con el pavo, los arándanos, las calabazas y la tarta de manzana con los que generosamente la anfitriona nos convidó, pero sobre todo hizo clic con lo que el ritual representa: estoy en ese momento de mi existencia en que quiero dar gracias por la gente que me quiere y a quien quiero, por las amigas, por la familia, por la vida.
Así que he decidido que el Día y la Cena de Acción de Gracias es un ritual que necesito en mi vida. Espero que disculpen la apropiación cultural, pero a mí mi mamá me enseñó a aprender lo bueno de las personas y le veo todo el sentido del mundo ser agradecida y más en estos tiempos turbulentos.
Así que hoy quiero dar gracias por el privilegio de tener salud, el mejor trabajo del mundo, una casa a la cual llegar, amigas entrañables, una familia amorosa y solidaria, una relación que no deja de construirse todos los días con mis hijes, a Baco y a Lola, los tres años con mi adorado Chucho, y un compañero con el que puedo reír, llorar, pelear y planear nuestra jubilación juntos.
Si le hemos importado tantas cosas a los vecinos incómodos, qué mejor que hacer nuestra una tradición que nos invita a reflexionar sobre lo que somos y lo que tenemos, y dar gracias por ello. Será la crisis de la mediana edad, pero si algo me dejó la pandemia es revalorar el tiempo que le dedico a las personas y a las cosas que me importan, y el tiempo que me dedico a mí misma. En la cena del jueves 24 de noviembre agradecí poder compartir ese delicioso pavo, el vino y las confidencias con mujeres que en los últimos años me han hecho cuestionar certezas y replantear convicciones. Que me han acompañado y que he acompañado. Y que han conseguido renovar mi fe en la humanidad. Furias queridas, gracias por estar en mi vida.