Dulce Ramos · 18 de febrero de 2013

No cambiamos. Todo sigue ineluctablemente igual.
Para los familiares de las víctimas del siniestro, es como si todo hubiera sucedido ayer. En cierto sentido, tienen razón. Basta ver lo que sucedió en Brasil apenas hace tres semanas y pico. El 27 de enero de este año.
Cien personas murieron por la irresponsabilidad en The Station. Alguna vez, en la década de los ochenta del siglo pasado, fue famosa la banda Great White. Ya eran otros tiempos. En 2003, se ganaban la vida tocando en lugares pequeños. Había más de cuatrocientos parroquianos atiborrados en el club, cuando el vocalista del grupo se aprestaba a cantar la primera estrofa de la canción ‘Desert Moon’. El manager Daniel Biechele accionó un mecanismo para encender fuegos artificiales que abrirían el espectáculo. Las chispas llegaron a las paredes de poliuretano, y el techo forrado con material flamable se extendió en cuestión de segundos. Fue una trampa mortal, con vías de escape bloqueadas o insuficientes. Ocasionó la muerte de cien personas y más de doscientos lesionadas.
Sucedió el jueves 20 de febrero de 2003 en la costa oeste de los Estados Unidos y también el domingo 27 de enero de 2013 en una ciudad universitaria: con numerosos campus, en el sur de Brasil. Un eterno presente, sin posible solución ni remedio.
La historia como espiral de dolor y espanto.
Trascendió durante el juicio que después de adecuar el restorán que compraron, los dueños de ‘The Station’ no se molestaron en instalar aspersores cuando modificaron el uso de suelo para que el local se volviera un club de rock. Era obligatorio hacerlo, pero el responsable de protección civil estimó que eso “no era necesario”. Eso sí: colocaron material altamente flamable para amortiguar el ruido ante reclamos vecinales por el ruido. Se calcula que hubiera costado treinta y nueve mil dólares adecuar el sitio para impedir en lo posible una tragedia como la que se suscitó hace casi diez años en el lugar.
La noche del 20 de febrero y tentaleando a oscuras, el responsable de la banda Great White colocó los fuegos artificiales. Después alegó que ya lo había hecho en otros lugares sin que los dueños objetaran.
Sentenciado a cuatro años de cárcel, cumplió sólo la mitad de su sentencia antes de obtener su libertad.
Jeffrey Derderian, uno de los dos propietarios estuvo en la cárcel apenas dos años y medio. Su socio y hermano Michael recibió sentencia suspendida, con pena de quinientas horas de trabajo comunitario.
Otra constante. La vida de las víctimas del incendio en The Station tampoco vale demasiado para las autoridades judiciales.
Según testimonio de sobrevivientes, cuando menos un responsable de seguridad en el club impidió la salida de jóvenes que querían usar la puerta de emergencia por donde pudo escapar el grupo (menos un guitarrista, que murió dentro del inmueble). “Era de uso exclusivo de la banda”.
Algunos accesos estaban clausurados con cadenas. La taquilla se había colocado en el pasillo angosto de la entrada, y se volvió un estorbo impasable para el tumulto que se atropellaba bloqueando el acceso.
De acuerdo a los cálculos de peritos especializados que atendieron la causa, se hubieran requerido 200 segundos para efectuar una evacuación ordenada. Los obstáculos y la rapidez del incendio, acortaron brutalmente la brecha entre la vida y la muerte. Ante el embate del humo y las llamas, el público contó con cuarenta y tres segundos de plazo antes de cerrar cualquier resquicio de esperanza.
The Killer Show, escrito por uno de los abogados de las víctimas, describe con contundencia las raíces y orígenes de esta pesadilla demasiado real.
Y se repite el horror en diferentes lugares; asimismo, la amnesia.
Asunción, Paraguay. Una chimenea mal diseñada provocó la muerte de 396 personas en el supermercado Ycua Bolaños, el primero de agosto de 2014. Por “instrucciones superiores”, las puertas fueron cerradas durante el fuego “para que la gente no se llevara mercancía sin pagar”. El año próximo se cumplen diez años.
Igual será, en ‘República Cromañón’. Fue la pirotecnia que lanzó el grupo Callejeros, la causante del fuego en el techo de la discoteca de Buenos Aires; ocasionó la muerte de 194 personas el 30 de diciembre de 2004.
Un incendio aparentemente provocado por la orquesta tailandesa Burn (sic) cobró la vida de sesenta y seis personas en el club ‘Santika’ de Bangkok el primero de enero de 2009.
En el club ‘Caballo Lisiado’ de la ciudad rusa de Perm el 5 diciembre de 2009, el techo plastificado cubierto con madera se incendió durante la fiesta de aniversario del local. Murieron 156 personas. Esto sucedió apenas 6 meses después del incendio de la Guardería ABC en Hermosillo.
El 18 de marzo de 1996, la discoteca ‘Ozone’ se incendió en Ciudad Quezón, Filipinas. Murieron 162 personas. El dueño fue sentenciado a cuatro años de cárcel.

DF, 20 de octubre del 2000. Impunidad en ‘Lobohombo’. El 20 de junio de 2008, la variación de este tema se llamó ‘New’s Divine’.
Un corto circuito fue el causante del incendio en la discoteca ‘Lobohombo’ en la Ciudad de México: 21 muertes. También, la corrupción, estupidez y voracidad desmedidas.
El 25 de diciembre de ese mismo 2000, 309 personas fallecieron al arder el club nocturno que se encontraba en el cuarto piso de un edificio de Luoyang, República Popular China.
Y ahora, el caso más reciente. La discoteca ‘Kiss’ en Santa María, estado Rio Grande de Sul en Brasil: 241 muertes hasta el momento. El grupo Gurizada Fandangueira prendió bengalas durante su concierto y el desenlace fue el mismo que hace una década en ‘The Station’.
Jorge Santayana acertó en su Vida de la Razón; quizá estemos condicionados deliberadamente para no aprender de nuestros errores. O sólo de vez en cuando.

