Teuchitlán: México, Colombia, la violencia

Redacción Animal Político · 16 de marzo de 2025

Teuchitlán: México, Colombia, la violencia

Llevo casi dos años viviendo en Bogotá. Cuando llegué se acababa de cumplir un año de la publicación del informe final de la Comisión de la verdad en Colombia, el archivo de derechos humanos más grande de la historia desde que la categoría derechos humanos existe. Más de 20 millones de registros, 11 volúmenes escritos y un archivo audiovisual extenso con material proveniente de todo el país para entender las causas del conflicto y los modos en que la cotidianidad de todo el país ha sido fracturada por las formas de violencia más brutales. En Colombia se calcula que la segunda etapa del conflicto armado (la que inicia a finales de los años 50 y llega hasta la fecha, ya que antes tuvieron otra etapa de al menos 20 años conocida como La Violencia) ha dejado cerca de medio millón de personas asesinadas en su peor periodo y casi 10 millones de víctimas directas en total.

En Colombia también ha habido un empeño nacional por documentar esta violencia. El Centro Nacional de Memoria Histórica alberga un micrositio que documenta 11 abusos a los derechos humanos cometidos en Colombia desde 1958. Entre estos abusos aparece el reclutamiento y utilización de niñas, niños y adolescentes, que tiene a la fecha una cifra de 18,182 víctimas, con un pico de incidencia claro en la primera década de este siglo. En México, el reciente hallazgo de lo que parece ser un centro de exterminio en Teuchitlán, Jalisco, ha colocado nuevamente la discusión y abierto las puertas al horror frente a prácticas de reclutamiento forzado por parte de grupos del crimen organizado. Es momento de comenzar a documentar de manera oficial este tipo de violencia si en algún momento queremos construir salidas a nuestro conflicto.

El desbordamiento del lenguaje racional

Lo visto en Teuchitlán ha producido una conversación pública a nivel nacional urgente. Esta conversación ha tenido como una de sus características principales la incapacidad de nombrar lo ocurrido. El desbordamiento de lo racional ha sido el síntoma del inicio de esta conversación. Se repiten frases como “no hay palabras”, “no alcanzan las palabras”, “no hay forma de nombrar esto”, que dan cuenta del aplastamiento del lenguaje que produce este tipo de violencia.

La violencia traumática tiene como uno de sus efectos precisamente hacer estallar las gramáticas o las posibilidades de reconstruir racionalmente dicha experiencia. La violencia, cuando se presenta en su manera más brutal tiene como una de sus consecuencias la de producir una significación emocional, imposible de poner en palabras, y a quien la ejerce le otorga un nuevo tipo de capacidad preocupante: la de gobernar el miedo a la incomprensión que queda en las personas.

En Colombia el trauma nacional producido por el conflicto armado está lejos de ser superado, pero los ejercicios de documentación oficial y de reconocimiento nacional del conflicto han ayudado a logros como el propio informe de la Comisión de la verdad, cuyo tomo testimonial, que lleva el bello nombre de Cuando los pájaros no cantaban, concentra más de 200 testimonios de víctimas y sobrevivientes de la violencia. Como parte de los dispositivos de paz legados por el informe, hay algo que se llama “Lecturas Rituales”. Consiste en círculos de personas que se reúnen, comparten unas palabras para crear una colectividad temporal y a continuación se vendan los ojos para escuchar la lectura en voz alta de testimonios contenidos en este tomo. Después se hace un ejercicio de escucha colectiva acerca de lo que provocó la lectura, que activa un tipo de sentido de pertenencia muy otro, una complicidad que se superpone al dolor y que refuerza una forma de memoria que dignifica a quienes sufrieron la violencia y conecta a quienes están presentes. Este ejercicio es el ejemplo más concreto al que acudo cuando pienso en la idea de “reconstrucción del tejido social”.

Paralelismos en los símbolos de la memoria

Frente al desbordamiento racional que produce la violencia a la que nos acerca el centro de exterminio en Teuchitlán también han aparecido las formas empecinadas de construcción de esperanza y de sentido de pertenencia colectivo. Las madres y los colectivos de búsqueda, que fueron quienes se empeñaron en seguir buscando lo que había en ese predio en Teuchitlán, que en septiembre de 2024 había dejado 10 personas detenidas y 2 personas rescatadas como saldo de un cateo de las fuerzas armadas mexicanas, lograron colocar este tema en la agenda nacional después de volver y encontrar lo que a todos nos ha quitado el habla. El país de nuevo se mira en colectivo gracias a ellas y comparte la consternación y el estremecimiento, condiciones de posibilidad para rehabilitar el sentido sagrado de la vida.

El hallazgo de 200 pares de zapatos en el rancho de Teuchitlán, entre otras prendas, se está convirtiendo en un símbolo del dolor colectivo a partir de un objeto que sirve como lugar cotidiano desde el cual todas las personas podemos identificarnos y sentir nostalgia por la ausencia de algún ser querido, simplemente por pensar en sus zapatos vacíos. La primera concentración de indignación nacional por las víctimas de Teuchitlán convoca a juntar más de 400 pares de zapatos como símbolo de la memoria de las víctimas, como forma de conmemorar su ausencia.

En Colombia el calzado también ha sido reapropiado para reivindicar la memoria de un grupo específico de víctimas del conflicto. Entre 2002 y 2008, años que atraviesan el periodo en el que se tiene el mayor registro de personas asesinadas en Colombia, tuvo lugar un tipo de crimen que sigue sacudiendo al país y que es uno de los casos abiertos hoy en día en la JEP (la Jurisdicción Especial para la Paz, que es el aparato judicial que Colombia tuvo que inventar para procesar los casos de violencia ocurridos en el marco del conflicto armado), se trata de los llamados “falsos positivos“. Miles de jóvenes, por lo menos 6,402, fueron asesinados por las fuerzas armadas colombianas y presentados como bajas en enfrentamientos con grupos armados. Un muerto equivale a un “positivo” en el lenguaje militar. Todos estos positivos fueron falsamente registrados como tales. Cuando las madres, igual que en México, comenzaron a hacer los hallazgos de los cuerpos de sus hijos hacia el año 2008, notaron que muchos de ellos habían sido enterrados con ropa militar, para simular mejor su pertenencia a un grupo armado, y que llevaban puestas botas de plástico (que suelen ser utilizadas por quienes pertenecen a estos grupos). Pero estas botas estaban nuevas, ya que fueron colocadas después de que los jóvenes habían sido asesinados.

Hoy en día las concentraciones públicas protagonizadas por las Madres de los Falsos Positivos (MAFAPO) tienen como uno de sus símbolos decenas de pares de botas como las que sus hijos llevaban puestas, intervenidas de manera artística tanto por las madres como por otras personas, como un ejercicio de reivindicación de la vida y a la memoria de estos jóvenes.

El horizonte complejo hacia la paz

Algo que he aprendido durante estos dos años ha sido que el proceso transicional que vive Colombia no ha terminado ni comenzó en 2016 con la firma de los acuerdos de paz. El proceso inició en los años 50 del siglo pasado y ha tenido varios intentos. Estos intentos han sido interrumpidos en ocasiones por los grupos armados y en ocasiones por los gobiernos, han costado la vida de personas y de manera recurrente se han convertido en causas de nuevas olas de violencia. Este proceso, que aún no termina, también ha ido acompañado de un arduo trabajo de documentación de universidades, sociedad civil, museos y distintas instancias de gobierno, así como del desarrollo de rigurosos estudios acerca de la violencia a lo largo de los años. En Colombia existe una rama teórica conocida como “Violentología“. Y si bien actualmente mucha gente está cansada de abordar la violencia, no ha sido porque no la hayan abordado suficiente, y a pesar de que todos esos esfuerzos no han alcanzado para detener por completo el conflicto, nadie duda de las contribuciones de todos estos actores para documentar y comprender el conflicto ni de su valor para desarrollar planes que sí han hecho que la violencia disminuya considerablemente.

En México he escuchado cada vez más de programas académicos, grupos de investigación o jornadas para pensar “la cultura de paz”. Si bien comparto la necesidad de que existan estos espacios, me parece que estamos lejos de poder pensar la paz cuando ni siquiera hemos hecho el ejercicio de reconocimiento nacional de que estamos en un conflicto armado interno. No se puede pensar la paz sin entender primero las dimensiones, los actores, las causas y los efectos del conflicto de manera sistemática. Y en esto los grandes ausentes han sido los gobiernos federales de las últimas dos décadas en México. Es urgente el reconocimiento nacional, oficial, de que en el país estamos en medio de un conflicto armado. Ese reconocimiento es una condición de posibilidad para lo que viene, que no es poco y será de lo más doloroso. Nos falta escuchar a todas la partes, esto incluye a los victimarios y no sólo a los sobrevivientes, escuchar lo que tengan que decir, negar y justificar acerca de la violencia y no sólo condenarlo, sino entenderlo y asimilarlo. Nos falta sentarnos a dialogar con los grupos armados. Sí, esto no se puede detener si no nos sentamos a escucharlos. Las balas no se van a terminar, las vidas sí. También nos faltará, en alguno de los intentos por venir, imaginar un aparato judicial que procese estos crímenes para los que ningún sistema de justicia ordinaria está preparado, y cuando lo tengamos llegarán también las contradicciones y el inevitable sentimiento de decepción para muchas personas, ya que una justicia transicional centrada en la memoria, la restauración y la no repetición implica que las condenas punitivas para quienes sean hallados culpables o decidan confesar su culpabilidad en este marco judicial, sea mínima en la medida en que sus testimonios conduzcan a los responsables de mayor rango o a la comprensión de cadenas de violencia mucho más complejas. Todo esto será de una complejidad extraordinaria, pero si queremos imaginar y construir horizontes de pausa a la violencia que lleven a dilucidar procesos de pacificación a medida de nuestro conflicto, tenemos que escuchar muchas verdades y muchas versiones de la historia. Tenemos que voltear más hacia lo que ha pasado en Colombia si queremos estar preparados para lo que nos falta.

Cada uno de estos pasos, y otros más, conlleva una alta dosis de contingencia, interrupción, posibles traiciones, nuevas olas de violencia aún más descarnada, y ninguna ofrece una garantía de que lo ganado no vuelva a quedar diluido u olvidado como parte del proceso. Por suerte tenemos a las madres y a los colectivos de búsqueda de personas, que son la reserva moral más poderosa de este país; a decenas de periodistas que han colocado varios de los puntos clave para entender lo que pasa desde hace décadas; a varios académicos y académicas que han hecho grandes esfuerzos por mirar a la bestia a los ojos y por empezar a construir marcos conceptuales necesarios para hacerle frente a la violencia; proyectos de la sociedad civil que en los últimos años han construido registros rigurosos y confiables de víctimas y de hechos violentos. Y por último, tenemos estos momentos de indignación y consternación nacional que nos hacen detenerlo todo para sentir y pensar que la violencia no puede ser el único camino. Estos son los insumos fundamentales para lo que nos falta recorrer. ¡No nos soltemos!

* Víctor Hugo Ábrego es profesor del Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO. Estudia el doctorado en Comunicación, Lenguajes e Información en la Pontificia Universidad Javeriana, donde desarrolla una investigación alrededor de flujos digitales de información y comunicación acerca de violaciones graves a los derechos humanos en México y en Colombia. Es parte del equipo de coordinación de Signa_Lab, laboratorio de innovación tecnológica y de estudios interdisciplinarios aplicados del ITESO.