Teuchitlán y Ayotzinapa: dos escenas del horror, un mismo dispositivo

Redacción Animal Político · 25 de junio de 2025

Teuchitlán y Ayotzinapa: dos escenas del horror, un mismo dispositivo

Una madre araña el cemento. No hay corte, no hay edición: el video es en vivo. Lo transmiten Guerreros Buscadores desde el rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco. Una mujer se inclina sobre la tierra removida, sus manos descubren una suela, una mochila, una prenda enterregada. Los alrededores están marcados por el fuego y el abandono. No hay nombres. No hay fechas. No hay cuerpos identificados. Sólo indicios. Teuchitlán, 2025.

Lo que allí se encontró no es una fosa más. Es un campo de exterminio y entrenamiento, un enclave donde se recluta, se entrena, se desaparece y se desecha. Una arquitectura de la desaparición que opera a plena luz. Un lugar que exige ser nombrado en su continuidad histórica, en su convergencia monstruosa con otros momentos del espanto.

Hace años escribí y sostuve que Ayotzinapa marcó un punto de inflexión en nuestras violencias. No porque haya sido el episodio más atroz —por desgracia, no lo es— sino porque allí quedó expuesta sin disimulo la convergencia entre el crimen organizado y el aparato del Estado. Porque los desaparecidos eran jóvenes organizados, con historia, con memoria, con nombre. Porque la sociedad, por un momento, se sacudió.

Hoy, con tristeza y rabia, pienso que lo que ocurrió en el rancho Izaguirre representa otra cosa: un umbral civilizatorio. No sabemos cuándo empezó ese horror ni si terminó. No hay corte, no hay encuadre, no hay verdad oficial. Lo que hay es un abismo que opera a plena luz, sin necesidad de ocultarse.

Pienso en Ayotzinapa. No como un gesto de analogía fácil, sino como una forma de trazar las líneas estructurales que conectan dos escenas del horror:

  • En Ayotzinapa sabíamos quiénes no estaban: 43 estudiantes, con nombre, rostro, biografía. En Teuchitlán no hay lista. Hay zapatos, mochilas, cuadernos, restos calcinados. Y miles de fichas de búsqueda que nadie puede empatar.
  • Ayotzinapa tiene una hora de comienzo: el 26 de septiembre de 2014. Y un fin que se quiso imponer con una “verdad histórica”, sin que sea posible cerrar ese herida en el corazón de la nación. Teuchitlán no tiene calendario. No hay fecha del horror. No sabemos si terminó. Tal vez está ocurriendo todavía.
  • En Ayotzinapa hay fotografías aéreas, fragmentos de video, testimonios judiciales. En Teuchitlán hay transmisiones en vivo. La desaparición ocurre en tiempo real, frente a nuestros ojos.
  • Ayotzinapa fue el momento de quiebre, donde el Estado quedó señalado. Teuchitlán confirma que ese Estado ya no necesita ocultar (casi) nada: el monstruo ya no se esconde, se institucionalizó.

Lo que conecta a ambas escenas es la operación de un dispositivo de desaparición que no sólo elimina cuerpos: rompe el duelo, disuelve los lazos sociales, instala el miedo como norma.

En ese sentido, la desaparición no es un residuo de la violencia, es una de sus tecnologías centrales. Se activa para disciplinar, para castigar, para despojar. Y está diseñada para no dejar huellas completas.

Frente a eso, nos quedan los rastros. Las madres que buscan. Las transmisiones temblorosas, las y los periodistas comprometidos. Las imágenes que resisten. Y la tarea ética de ver, nombrar, interrumpir.

Como escriben Javier Sicilia y Jacobo Dayán en su reciente libro Crisis o apocalipsis. El mal en nuestro tiempo. México, Taurus, 2025: “Nadie, en el fondo, sabe qué es el mal, pero conocemos sus estragos”.

Que Teuchitlán no se convierta en un expediente cerrado. Que los zapatos hallados no sean sólo evidencia pericial, sino una interpelación directa a la conciencia colectiva. Porque hay horrores que no podemos permitirnos olvidar.

Nota: Este texto se desprende de mi participación en el XXXIX Coloquio Internacional: «El claroscuro en que nacen los monstruos. Pensar el presente», en la mesa “La desaparición en México: figuras de lo monstruoso y gramáticas del horror”. Gracias al Instituto 17, a mis colegas Alina Peña y Polo Maldonado, y la moderación de Jacobo Dayán. La mesa completa, disponible aquí.