Territorios olfativos: cuando los humanos invaden el mundo de los aromas animales

Jorge Avila · 18 de marzo de 2026

Por: Álvar Santiago Maltes Muñoz y Gino Jafet Quintero Venegas

A veces olvidamos que el mundo no solo se ve o se escucha: también se huele. Cada aroma que percibimos forma parte de un entramado invisible que influye en la manera en que habitamos el territorio. Pero ¿qué ocurre cuando esa red de olores, esencial para la vida de muchos animales, es modificada por nuestras actividades cotidianas? En esta columna se reflexiona sobre el territorio olfativo, una dimensión ignorada en la gestión ambiental, especialmente en las Áreas Naturales Protegidas (ANP), donde el olor puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para muchas especies.

El sentido del olfato es vital para la supervivencia en el reino animal. Es el medio a través del cual los organismos detectan moléculas químicas en el ambiente y las interpretan como señales. Sin embargo, para nosotros —la especie que más ha alterado la biosfera—, los olores suelen tener otro papel: el del confort, el gusto o la higiene. Esta diferencia en la forma de oler el mundo marca también una diferencia en la forma de existir en él.

La geógrafa Heidi Gabriela López García define el territorio olfativo como un espacio geográfico cuyos olores característicos son moldeados por la actividad humana y por las interpretaciones culturales que hacemos de ellos. Los olores urbanos, los del transporte, de los cuerpos o de la comida, forman parte de ese paisaje sensorial que nos da identidad. Pero este concepto, originalmente pensado para el mundo humano, puede extenderse al ámbito de los animales no humanos. De hecho, se ha demostrado que todas las especies son sensibles a estímulos olfativos que orientan sus comportamientos: encontrar pareja, evitar depredadores o localizar alimento. Así, el territorio olfativo no pertenece a una sola especie: es un espacio compartido y disputado entre muchos seres vivos.

Pensemos en una serpiente. Su territorio olfativo está hecho del olor de sus congéneres, de la humedad del refugio, de la vegetación que le resulta segura, del aroma de sus presas y de las feromonas de sus depredadores. Cada olor es una marca en el mapa invisible que guía sus decisiones. Si extrapolamos este ejemplo, podríamos decir que cada especie construye su propio mundo de olores, es decir, un Umwelt. Para un lobo, el olor de un alce representa la posibilidad del alimento; para el alce, ese mismo olor es sinónimo de amenaza. El mismo espacio físico se transforma, olfativamente, en dos territorios opuestos.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando estos territorios olfativos se encuentran con los nuestros? Las ANP que, en teoría deberían resguardar la vida silvestre, son un buen laboratorio para pensarlo. Al delimitar un área como protegida, los humanos trazamos fronteras que no existen para los animales. Esas líneas dividen ecosistemas continuos y, con ello, también fracturan los flujos de información olfativa que los animales utilizan para orientarse. Es decir, la conservación puede oler a confusión.

Un ejemplo claro se encuentra en la Sierra del Abra Tanchipa, en San Luis Potosí. Allí, los campos de cultivo que rodean al ANP están impregnados con el olor de pesticidas, fertilizantes y herbicidas. Esos compuestos químicos se dispersan por el aire y sustituyen los olores naturales que las especies locales emplean para marcar territorio o reconocer a sus parejas. Las moléculas humanas, artificiales y persistentes, terminan colonizando el territorio olfativo de los animales. Lo que para nosotros huele a productividad, para ellos huele a desorientación.

El turismo —incluso el de bajo impacto— también altera estos equilibrios. Los bloqueadores solares, repelentes y perfumes que usamos emiten olores que pueden atraer o repeler a insectos y mamíferos. Hay especies tan sensibles que perciben el rastro humano incluso días después de que los visitantes se han ido. Para un jaguar, por ejemplo, el olor de un grupo de excursionistas podría ser una señal de amenaza; para ciertos insectos, el aroma frutal de un protector solar puede atraerlos hacia lugares donde corren peligro. Así, sin darnos cuenta, invadimos con nuestras fragancias un territorio que no nos pertenece.

La interferencia humana en el territorio olfativo no siempre se limita a la confusión. En algunos casos, genera sufrimiento directo. Algunos olores antropogénicos pueden ahuyentar a los animales de sus zonas más ricas en alimento o refugio, obligándolos a desplazarse hacia áreas más hostiles. Entre los insectos, por ejemplo, se ha observado que ciertos aromas sintéticos los alejan de hábitats con buena disponibilidad de recursos, afectando su supervivencia. En otros casos, la manipulación del olor se convierte en una herramienta de violencia deliberada. Los cazadores deportivos, por ejemplo, utilizan desodorantes, geles o aerosoles con olor a orina de la especie que buscan atraer. Con ello, se apropian del territorio olfativo del animal para engañarlo y facilitar su captura. No solo se invade su espacio, también su mundo perceptivo.

La dimensión olfativa casi nunca se considera en la planeación de las ANP. Las decisiones suelen basarse en criterios visuales o ecológicos cuantificables, sin atender el impacto sensorial que nuestras acciones provocan. Las fronteras que trazamos o las actividades que autorizamos —desde la fumigación agrícola hasta el control de incendios o la introducción de nuevas especies— modifican los aromas del entorno y, con ellos, el modo en que los animales perciben y habitan el espacio. Esta gobernanza de los olores determina, en última instancia, cómo olerá un territorio y quién podrá vivir en él, aunque pocas veces se reconozca el derecho de los animales a mantener su propia soberanía sensorial.

El olfato es, para muchas especies, la principal vía de experiencia del mundo. A través de él acceden a lo placentero, evitan el daño, reconocen a los suyos y navegan el espacio. Alterar su territorio olfativo no es un detalle menor: puede significar estrés, miedo o sufrimiento. En términos éticos, ignorar esta dimensión equivale a desatender una parte esencial de la vida de los otros animales. Si realmente queremos construir una ecología más justa y una ética más allá de la especie, debemos empezar por reconocer que también olemos con los demás.

Las ANP se concibieron como refugios de biodiversidad, pero con frecuencia siguen respondiendo a la mirada —y al olfato— humano. Pensar en términos de territorio olfativo implica ampliar nuestra sensibilidad, repensar el sentido (bio)ético de la Geografía y la planificación territorial, y reconocer que también compartimos un mundo de aromas con los demás seres vivos. En un planeta saturado de químicos y perfumes, aprender a oler con otras narices puede ser un gesto de humildad ecológica y el primer paso hacia una convivencia más consciente, donde todas las especies, humanas y no humanas, puedan respirar —y oler— en paz.

Bio de autores: Álvar Santiago Maltés Muñoz es estudiante del último año de la Licenciatura en Geografía en la UNAM. Su trabajo e interés académico se centra en la búsqueda de la justicia espacial a través de la planificación y gestión del territorio y, para ello, usa el análisis espacial para proponer soluciones más inclusivas y eficientes. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social, y profesor de Temas selectos de biogeografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la máxima casa de estudios.

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