Las tensiones entre Turquía e Israel y el próximo conflicto en Medio Oriente

Jorge Avila · 20 de abril de 2026

Las tensiones entre Turquía e Israel y el próximo conflicto en Medio Oriente

Es probable que uno de los próximos conflictos en la región sea entre Turquía e Israel. Ambos países han comenzado a expresar su animadversión mutua frente al desarrollo de diversos conflictos en la región; aunado a esto ambos países tienen puntos de contacto e intereses divergentes en zonas como Siria, por lo que podría llevar a una escalada de tensiones entre Ankara y Tel Aviv. Esta posibilidad es de gran importancia para el orden internacional, sobre todo debido a la relación especial que existe entre Washington y Tel Aviv y el hecho de que Turquía es un miembro de la OTAN. Por lo que un posible conflicto entre Israel y Turquía tiene la capacidad de tensar aún más las relaciones al interior de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. 

Estas tensiones se explican a partir de la reconfiguración del orden regional en Asia Occidental, en donde potencias regionales tienen agendas y objetivos de política exterior cada vez más autónomos y contrapuestos. En ese contexto, la relación entre Turquía e Israel ha dejado de ser una relación tensa pero manejable para convertirse en una competencia estratégica directa en donde la relación entre Ankara y Tel Aviv se enmarca cada vez más como una competencia interconectado y multi-teatral.Esta competencia tiene implicaciones directas para la estrategia de Estados Unidos en la región, así como en conflictos en Asia Occidental y el Cuerno de África. 

Durante años, se interpretó esta tensión como una confrontación superficial que ocultaba una cooperación estratégica de fondo. Pues en el pasado Turquía e Israel han tenido buenas relaciones e incluso colaborado de forma cercana en diversos ambitos incluido el ambito militar. Sin embargo, para el 2026, esa lectura dejó de ser válida, pues a partir de las tensiones derivadas de las acciones israelies en Gaza, la relación cruzó un umbral crítico y se transformó en una rivalidad que impacta a toda la región e incluso el orden internacional. Este cambio no paso desapercibido por parte de actores cercanos a los centros de poder en Israel, pues el ex-primer ministro israelí Naftali Bennett reconoció esta ruptura explícitamente cuando declaró que “Turquía es el nuevo Irán”.

Este cambio no responde simplemente a un conflicto bilateral, sino a una disputa más amplia por la jerarquía del poder en la región. Israel busca mantener su posición como principal potencia militar y actor dominante en Asia Occidental, mientras que Turquía, apoyada en su peso demográfico, su economía, su rol como corredor energético y su capacidad militar, ha comenzado a proyectar una ambición cada vez más clara de disputar ese liderazgo regional. Esto lo podemos ver en los roces que han tenido Israel y Turquía en conflictos como el de Somalia, en donde el reconocimiento diplomatico israelí de la region secesionista de Somalilandia no sentó nada bien en Ankara; pues desde el 2011 Turquía busca posicionarse como un socio estrategico de Mogadiscio y una fuerza de estabilidad en el conflicto de Somalia. 

La política exterior de Ankara parte del hecho de que Turquía busca posicionarse como una potencia regional. En los últimos años, el gobierno turco ha adoptado una política exterior mucho más activa, no solo en su vecindario inmediato, sino que ha buscado intervenir combinando intervención militar, diplomacia y proyección de poder en zonas como Sudan, Somalia, el conflicto en Irán, entre otros. Debido a esto es que Turquía ha buscado posicionarse como mediador en conflictos en la región; pues, ha impulsado esfuerzos para facilitar el diálogo entre Washington y Teherán, lo que muestra su intención de convertirse en un actor indispensable en la arquitectura de seguridad regional. Un claro ejemplo de esto es como Turquía ha mantenido su presencia en Siria; la cual, no responde únicamente a preocupaciones de seguridad inmediata, como sería la contención de fuerzas kurdas, sino a una ambición más amplia. Pues Ankara busca influir en el futuro político del país y, con ello, en el equilibrio regional de seguridad.

Para Turquía, Siria representa una extensión directa de su seguridad nacional y de su proyección regional. Su prioridad inmediata sigue siendo impedir la consolidación de entidades kurdas autónomas en el norte del país, pero su estrategia va más allá: Ankara busca influir en la reconstrucción del Estado sirio y asegurar que el nuevo orden político sea compatible con sus intereses. Esto implica mantener presencia militar, respaldar actores locales y participar activamente en la reconstrucción del país y en la configuración de sus instituciones. En términos más amplios, para Turquía, Siria es un espacio clave para consolidar su papel como potencia regional. 

Tras la desarticulación del régimen de Bashar al-Assad y la apertura de un proceso de reconfiguración estatal, el país se ha convertido en un escenario de competencia entre potencias externas que buscan influir en su futuro político. Tanto Israel como Turquía están “maniobrando por poder” en Siria, respaldando actores divergentes y persiguiendo objetivos estratégicos mutuamente excluyentes. Ankara apuesta por la consolidación de un Estado centralizado que opere bajo su esfera de influencia y sea capaz de contener a las fuerzas kurdas, así como de integrarse en su proyecto de proyección regional. 

Sin embargo, esta expansión de la influencia turca en Siria choca directamente con los intereses de Israel. Desde la perspectiva israelí, el creciente peso de Turquía en Siria representa un riesgo estratégico, especialmente si se traduce en la consolidación de un Estado sirio alineado con Ankara. Por ello, la relación entre ambos países ha evolucionado hacia una lógica de competencia. De hecho, ambos operan militarmente en territorio sirio y han tenido que establecer mecanismos para evitar choques accidentales. 

Como tal, Israel privilegia una lógica de fragmentación del territorio sirio que se manifiesta con la creación de zonas de seguridad semiautónomas bajo su control, así como alianzas con grupos minoritarios como los Drusos y los Kurdos que son hostiles a Damasco. De esta forma Israel está creando una Siria fragmentada con una autoridad central debilitada. Esta visión no solo difiere con Ankara en términos tácticos, sino que responden a concepciones incompatibles sobre el orden regional deseable, lo que incrementa la probabilidad de fricciones. La dinámica sobre el terreno refuerza esta tendencia. 

Pues mientras actores como los Drusos y los Kurdos siguen manteniendo una hostilidad hacia Damasco, grupos armados como las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) evitan integrarse en el nuevo gobierno sirio, aún bajo las presiones tanto de Damasco como de Ankara. Debido a que Turquía busca mantener su influencia en las instituciones de seguridad sirias, el hecho de que las FDS, aliadas de Israel, eviten integrarse, pone en riesgo no solo la estabilidad de Siria, sino que también impacta en la influencia turca en las fuerzas de seguridad sirias. Lo que para Turquía es evidencia de la interferencia de Israel en el proceso de integración de las distintas fuerzas en el nuevo gobierno sirio. 

El desarrollo de la influencia israelíes en Siria se desarrolla en paralelo a la consolidación de la presencia turca y a sus advertencias de intervenir ante cualquier intento de fragmentar el país. Para Ankara la interferencia israelí en Siria y sus esfuerzos para fragmentar el país es considerada como una interferencia directa en los asuntos internos turcos. De esta forma, cualquier intento de Israel de obstaculizar esa operación sería visto como una línea roja. Aunque Ankara considera poco probable ese escenario, también ha dejado claro que no toleraría una ocupación israelí a gran escala en el sur de Siria ni acciones que amenacen directamente la supervivencia del gobierno sirio. 

En este escenario, la presencia simultánea de intereses, así como de fuerzas turcas e israelíes en Siria aumenta el riesgo de confrontación, incluso si ninguno de los dos actores busca un conflicto directa en el corto plazo. A esta dinámica se le suman las recientes tensiones entre los gobiernos de Israel y Turquía; las cuales han llevado al ministro de asuntos exteriores turco, Hakan Fidan, a considerar que Israel trata de convertir a Turquía en el “nuevo Irán”. Lo que implica que desde Ankara se considera la posibilidad que Turquía sea considerado el nuevo gran enemigo regional por parte de Tel Aviv; en donde ya existe la narrativa de que Turquía opera en contra de los intereses Occidentales en la región; sobre todo tras la condena turca a los ataques israelí-estadounidenses contra Irán.

El elemento más delicado de esta situación no es solo su impacto regional, sino su alcance global. Un conflicto entre Turquía e Israel colocaría a Estados Unidos en una posición extremadamente complicada. Turquía es miembro formal de la OTAN, mientras que Israel es uno de los aliados más cercanos de Washington. Históricamente, Estados Unidos ha mostrado una inclinación clara hacia Israel, lo que sugiere que, en un escenario de conflicto, sería poco probable que lo confronte directamente para defender a Turquía. Al mismo tiempo, tampoco puede prescindir fácilmente de Turquía, debido a su importancia estratégica en regiones como el Mar Negro y Medio Oriente. Debido a esto Washington ha intentado apaciguar las tensiones entre Ankara y Tel Aviv. 

Esta tensión ha comenzado a reflejarse en los pasillos del poder estadounidense. Pues existe la percepción entre figuras cercanas a la administración estadounidense de la posibilidad de que Estados Unidos considere abandonar la OTAN si fuera necesario para respaldar a Israel frente a Turquía en Siria. Aunque esta postura no es oficial, resulta significativa porque revela hasta qué punto algunos sectores están considerando esta posibilidad en las altas esferas del poder. En particular, sugiere que las alianzas podrían dejar de ser compromisos permanentes para convertirse en instrumentos flexibles, subordinados a intereses específicos.

Las implicaciones de este tipo de planteamientos son profundas. Si Estados Unidos llegara a priorizar a Israel sobre un aliado formal de la OTAN, el principio de defensa colectiva que sostiene a la alianza quedaría debilitado. Sobre todo debido a las declaraciones de la Casa Blanca sobre salir de la OTAN y el hecho de que recientemente el Pentagono se nego a reafirmar publicamente su compromiso con la seguridad colectiva de los miembros de la organización. En este sentido, otros miembros podrían comenzar a cuestionar la fiabilidad del compromiso estadounidense, lo que afectaría la cohesión interna de la organización, sobre todo si consideramos las recientes tensiones al interior de la organización a partir de las exigencias del gasto de defensa, la amenaza estadounidense de anexar Groenlandia y la negativa de los socios europeos de participar activamente en el conflicto con Irán. En este sentido, no estamos hablando necesariamente de una ruptura inmediata, sino un episodio mas de un proceso de erosión progresiva.

En este sentido, es importante matizar que un conflicto entre Turquía e Israel no implicaría automáticamente el colapso de la OTAN. Lo más probable sería una situación de división interna y parálisis, en la que los miembros de la alianza no logren ponerse de acuerdo sobre cómo responder. Sin embargo, incluso este escenario tendría consecuencias importantes, ya que debilitaría la credibilidad de la organización y podría impulsar a países como Turquía a adoptar una política exterior más independiente.

En última instancia, la rivalidad entre Turquía e Israel refleja un cambio más amplio en el sistema internacional basado en la competencia entre potencias regionales por la reconfiguración de Estados en conflicto y la posible redefinición de alianzas. El riesgo principal no es necesariamente una guerra inmediata, sino la posibilidad de una escalada gradual de tensiones impulsada por intereses incompatibles y un entorno cada vez más inestable. En ese proceso, no solo está en juego el equilibrio de poder en la región, sino que también posibilidad de la perdida de solidez de las estructuras de seguridad que han definido el orden internacional en las últimas décadas.