Dulce Ramos · 11 de febrero de 2013

Lo conocí cuando fui a visitarlo al gimnasio de su propiedad en San Cosme, donde junto con su mujer supervisaba con ojos previsores todo lo que sucedía en su feudo. Era un primer piso amplio, con espacios para distintas actividades, pesas y aparatos para realizar ejercicios. Todavía no se estilaban las caminadoras. Era limpio y funcional. Una compañera del trabajo que tomaba clases de aerobics en ese lugar me compartió la noticia. ‘Te recibe enmascarado, como si aún luchara. Es un gran personaje’. Al fondo, un cuadrilátero era el salón de clases. Fui para platicar con él sobre su vida: que me regalara una foto autografiada y me contara un poco sobre la Edad de Oro de la Lucha Libre en México. Alguna anécdota sobre su compañero y rival de siempre, El Santo.

Así fue como me topé con Blue Demon. Un hombre entrado en años, que conservaba el físico impresionante, pero de maneras tranquilas y -eso sí- voz muy cansada. Le preocupaba mucho el pago de regalías de películas que se transmitían en la tele de paga como ahora. Entre remembranzas de los viejos tiempos, miraba de reojo a los jóvenes que practicaban llaves en el encordado y gritaba instrucciones para que no se lastimaran.
A la entrada del local y atrás de la marquesina desde donde me recibió, sostenía la mirada a atónitos niños y muchachos que sólo iban a divisarlo, pues iba completamente calzado en el uniforme azul que lo hizo famoso.
Su voz nada tenía que ver con los doblajes de sus películas. Se perdía en el resquicio de algún recuerdo, la memoria de combates memorables que lo convirtieron en uno de los mejores atletas del Pancracio en su tiempo. Manazas impresionantes. Impartía cursos de lucha grecorromana y lucha libre para quien quisiera aprender del Maestro: un joven regiomontano que vino al DF desde Monterrey a probar suerte, y se volvió ídolo de multitudes.
¿Necesitamos que reencarne alguien como Blue Demon, porque nosotros ya no podemos con el paquete?
Flash Forward. Será que los tiempos difíciles delatan nostalgias, pero a dos meses y medio de iniciado el Sexenio del Retorno de los Brujos, uno no deja de pensar en lo que falta para que el asalto a Palacio de los priistas se vuelva hecho consumado. Instituciones que empezaron siendo ciudadanas, cuestionadas e invadidas por los partidos; sainetes como el del rudazo García Ramírez en el IFE, o el tecnicoide Laveaga en el IFAI.
¿Valdrá la pena refugiarse en las tramas churriguerescas, con entornos kitsch y de utilería, que ocuparon las mentes de los que crecimos bajo la sombra del Invencible Partido Tricolor durante la década de los setenta? Las principales puestas en escena de Genaro García Luna son inconcebibles sin la enorme veta imaginativa del cine de patadas voladoras. Una buena guía introductoria y catálogo razonado es el libro ‘Quiero Ver Sangre: Historia Ilustrada del Cine de Luchadores’, compilado por Raúl Criollo, José Xavier Návar y Rafael Aviña y editado por la UNAM. Surtidor de imágenes y tramas. La sombra y ausencia de un estilo que marcó la época del Auge y Caída del Primer PRIato.
Situaciones límite, dignas del más demencial argumento llevado a la pantalla grande. Casos como el de La Paca o la niña Paulette Gebara (por mencionar sólo dos al azar), ¿tendrían cabida en cine de ficción más descabellado? El cómic en el que a veces se vuelve la vida diaria invade el discurso y se mimetiza en la realidad de los medios.
Nos movemos en las pantanosas secuelas del más reciente capítulo del programa, Escándalos de Protección Civil. Antes San Juanico o Sector Reforma, ahora un edificio de la Torre Pemex, con 37 fallecimientos hasta ahora. La Historia más reciente como Melodrama y extravaganza de René Cardona Jr., con citas tan perdurables como la del Procurador Murillo y su maleta de cosméticos. ¿No habría dicho eso alguno de los ficticios policías amigos del Santo o Mil Máscaras? Quizá se extravió en algún filme de Mauricio Garcés.



Suspendidos en El Gran Salto hacia delante: que vaticina buenos tiempos macroeconómicos para el país y miseria perpetua entre los que se quedan en el camino.
Con un presidente en apariencia y culto narcisista. Que decreta tres días de luto nacional para luego irse de vacaciones a la playa. Que ya no aspira a ser Porfirio Díaz (¿quién querría serlo?), pero tal vez sí su homónimo dominicano Rovirosa. O Jorge Rivero y Carlos East, infaltables sidekicks de nuestros héroes autóctonos.
Y la charla hace demasiados años con el enmascarado Blue Demon, hoy me trae a cuento los torpes montajes de García Luna; algo digno de los escenarios febriles urdidos por quienes armaron tras las cámaras esos viejos clásicos luchísticos, con títulos como La Momia Azteca contra el Robot Humano (1957) o Neutrón vs. los Asesinos del Karate (1964) o Las Luchadoras contra el Robot Asesino (1969). Eternas variaciones de un mismo tema.
Y después de haber padecido los interminables años del ex secretario federal de Seguridad Pública: Simulación y Montaje como Razón de Estado, con producciones de lo más chafa que alguna vez quisieron ser series de calidad, ¿qué sigue? ¿Un remake acordado con Televisa: acceso prácticamente ilimitado durante la filmación de El Equipo, Segunda Parte (‘Ellos ahora sí saben que el Bien vence’)? Invade una sensación de irrealidad análoga a la de los churros mencionados arriba, pero con producciones más caras. Y una realidad muchísimo más dura y esquiva.

Blue Demon y Mil Máscaras contra la banda de los Monex
Santo vs. la Captura del IFAI

Ahora, a cien años justos de la Decena Trágica -que en muchos sentidos detuvo el reloj de la naciente democracia mexicana- y que lo mantiene con la hora congelada; que avanzó apenas unos minutos en los dos últimos sexenios, y amenaza con permanecer en perpetuo retraso, marcando segundos fantasma, vuelvo a recordar al Manotas Blue Demon.
La plática con él a menos me recordó aquellas épocas en los que nuestros super héroes vencían las limitaciones del presupuesto para combatir a marcianos, mafias del vicio y monstruos implacables. Ahora los villanos son de carne y hueso. Muchos trabajan bajo órdenes de Palacio. Los Mandamases del Poder y sus sucedáneos.
Y sigue la mata dando. Dimite el Papa. ¿Alguien sabe si Norberto Rivera podría ser su sucesor?
Permítanme un minuto en lo que le cambio al canal. A mi control se le acabó la batería. Nunca, la esperanza.