El teléfono descompuesto que merma la salud de las personas mayores

Joel Aguirre · 6 de agosto de 2026

El teléfono descompuesto que merma la salud de las personas mayores

Hace unas semanas escribí que solo hay tres verdades universales: pagamos impuestos, alguna vez perdemos y, si nos va bien, envejecemos en el camino. Me faltó una advertencia: nadie dijo que envejecer sería ordenado. La historia de Trini, de 71 años, lo demuestra mejor que cualquier estadística.

Trini llega a su cita con el cardiólogo cargando una bolsa de papel con ocho frascos. No los pidió ella: se los fueron recetando, uno por uno, un endocrinólogo, un reumatólogo, un neurólogo y un gastroenterólogo, cada uno resolviendo su pedazo del rompecabezas sin ver el resto. El cardiólogo abre la bolsa, revisa las etiquetas y hace la pregunta que debió hacerse antes, no después: ¿quién le dijo que combinara esto con esto otro?

Nadie. Esa es la respuesta más honesta, y la más común, entre las personas mayores en México.

El juego que ya conocíamos

Todos jugamos alguna vez al teléfono descompuesto: un mensaje que viaja de oído en oído y llega irreconocible al final de la fila. En la salud de las personas mayores pasa lo mismo, solo que el mensaje es una lista de medicamentos y lo que se pierde en el camino no da risa. Cada especialista agrega su propia línea, convencido de que la suya es la correcta, sin escuchar nunca la versión completa.

No es una anécdota aislada. En México, cuatro de cada diez personas mayores de 60 años viven con polifarmacia, cinco o más medicamentos al mismo tiempo, y entre quienes llegan hospitalizados la cifra sube hasta 65 por ciento.

Datos propios

En Koltin analizamos el perfil farmacológico de casi 5,000 miembros: 14,059 registros de medicamentos, 546 principios activos distintos, edad promedio de 71 años. La de Trini. Dos hallazgos:

El teléfono descompuesto se puede medir: tres de cada diez de nuestros miembros reciben sus recetas de varios médicos a la vez. Y al analizar qué fármacos viajan juntos más de lo que explicaría el azar, aparecen tríos confirmados estadísticamente: dapagliflozina, metformina, atorvastatina, hasta 4.8 veces más frecuentes de lo esperado. Las combinaciones no son azar: existen, se repiten y casi nadie las revisa en conjunto.

El segundo hallazgo es el que no esperaba: nuestros miembros sí toman sus medicamentos: 91.9 por ciento no suspendió ningún tratamiento antes de lo indicado por su médico en el último año. Entre los pocos que lo hicieron, el motivo fue que se les quitaron los síntomas; el costo no apareció ni una vez, pese a que 88.7 por ciento paga de su bolsillo y dos terceras partes gastan más de 1,500 pesos al mes.

Ese dato cambia el diagnóstico. El estereotipo dice que la persona mayor olvida sus pastillas, se confunde, abandona el tratamiento. Nuestros datos dicen lo contrario: es de los pacientes más disciplinados del sistema. Y ahí está la conclusión incómoda. Si la persona mayor es el eslabón confiable de la cadena, entonces el error no está en ella: está aguas arriba, en las cinco recetas que nadie juntó nunca. La adherencia no corrige la mala prescripción. La ejecuta con precisión, todos los días, durante años.

Trini no está en riesgo porque desobedezca. Está en riesgo porque obedece a cinco médicos que no se hablan entre sí.

En México, cuatro de cada diez personas mayores de 60 años viven con polifarmacia, cinco o más medicamentos al mismo tiempo. (Adobe Stock)

El costo de que nadie coordine

La Organización Mundial de la Salud calcula que la mitad del daño prevenible en la atención médica está relacionado con medicamentos, y una cuarta parte es grave o pone en riesgo la vida. Uno de cada diez pacientes sufre algún daño al recibir atención; en consulta externa, donde viven Trini y sus cinco especialistas, la cifra llega hasta cuatro de cada diez, con hasta 80 por ciento perfectamente evitable.

En México el problema se agrava por cómo está armado el sistema, no solo por la biología de envejecer. Apenas cuatro de cada diez personas mayores tienen acceso efectivo al sistema público. Y cuando el público no alcanza, paga la familia: el gasto de bolsillo en salud llegó a 49.4 por ciento en 2024, el más alto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Los protocolos de prescripción y los tiempos de consulta se diseñaron para un sistema ideal, con expedientes compartidos y especialistas que se hablan entre sí. Trini no vive ahí: vive donde cada receta es una isla y nadie tiene, por diseño, la tarea de ver el archipiélago completo. No hace falta más tecnología de punta; hace falta que alguien: un geriatra, un expediente único o un algoritmo bien entrenado, tenga la encomienda explícita de mirar las cinco recetas juntas y preguntar lo que el cardiólogo de Trini preguntó demasiado tarde.

Sistema, no ecosistema

Prefiero no llamarlo “ecosistema de salud”, aunque esté de moda. En un ecosistema, los organismos compiten por recursos escasos, luz, agua, territorio y sobrevive el más apto para ganar esa competencia. Si tomamos esa palabra prestada para la salud, el recurso en disputa termina siendo el paciente: su consulta, su cama, su membresía. Prefiero hablar de sistema: en uno bien diseñado, el paciente no es el recurso que se disputa, es el motivo del cuidado.

La distinción no es solo semántica. Michael Porter y Elizabeth Teisberg la documentaron hace casi veinte años en Redefining Health Care: Creating Value-Based Competition on Results. Su hallazgo central es que la competencia en salud ocurre, casi siempre, en el nivel equivocado: entre hospitales, aseguradoras y redes que se disputan volumen y poder de negociación en lugar de organizarse alrededor del paciente. Cuando los actores compiten por el paciente en vez de coordinarse alrededor de él, el sistema se fragmenta.

Cierro con buenas noticias. Ya estamos diseñando sistemas donde alguien mire las cinco recetas juntas antes de que se conviertan en una hospitalización. Un reto que abordamos con tecnología, pero sobre todo, con diseño. Y con un punto de partida a favor: la disciplina de Trini ya está ahí. Falta que valga la pena.

La próxima vez que salgas de una consulta, pregúntate quién revisó el resto de tus recetas. Si nadie lo hizo, ya sabes qué exigir donde te atiendes.

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*Daniel Pando es químico farmacéutico biólogo por la UNAM, con maestría en Administración de Sistemas de Salud y Especialidad en Economía de la Salud y Farmacoeconomía. Es director de Salud Poblacional en Koltin y miembro de la Young Healthy Longevity Medicine Society. Su trabajo integra evidencia científica, innovación y economía de la salud para desarrollar modelos de geromedicina de precisión que promuevan un envejecimiento más saludable.