Tan bien que íbamos

Redacción Animal Político · 6 de diciembre de 2022

Tan bien que íbamos

Andaba invicta. Siempre con el cubrebocas, aún en mis caminatas. Reuniones de trabajo o con amigos, sólo en lugares abiertos o con terraza. En lugares concurridos y cerrados, ni se diga; mejor ni iba. Tres años de cuidados sin ceder a la presión social ni al valemadrismo de las autoridades que un día decidieron que, cómo de que no, ya no era obligatorio el cero obligatorio cubrebocas y dejaban al criterio de la gente si usarlo o no. Bueno, ya ni qué decir de unas autoridades de salud que siempre consideraron “egoísta” la medida más básica, eficaz y de fácil acceso para detener los contagios en pandemia.

Y así llegamos a la semana pasada, cuando tuve que viajar a Guadalajara y el primer tramo del trayecto sorteé el bicho como la mejor malamadre virgo en acción. Aquí tengo que hacer un paréntesis para presumirles el reconocimiento de la agente migratoria del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México cuando vio tres bandejas muy bien acomodadas con compu y cel, bolsa transparente con lo necesario para el baño en recipientes de capacidad máxima de 100 mililitros y chamarra, mi bolsa de viaje, y la maleta de mano. Quién sabe cuántas horas de su turno llevaba pidiendo amablemente a la gente que acomodara correctamente sus cosas para que pasaran por el escáner, que cuando llegó a mis bandejas sólo pudo soltar un “usted sí sabe viajar”. Virgo con ascendente en Leo, qué les puedo decir. Me ajusté el cubrebocas que no podía esconder mi amplia sonrisa.

El ímpetu me duró todo el vuelo de ida y me aferré al cubrebocas siempre puesto en medio de la tumultuosa asistencia a la Feria Internacional del Libro, a la que acudí invitada por la editorial Penguin Random House a presentar el libro Mexicanas en pie de lucha, del que soy coautora con Nayeli Roldán, Ivonne Melgar, Valeria Durán, Laura Castellanos y Daniela Rea.

Debo confesar que por primera vez sí sentí el peso de la mayoría sobre la minoría marginada. No es que te miraran feo o que alguien siquiera reparara en la señora loca con su cubrebocas, sino que éramos apenas unos cuantos y yo. Lo más deprimente es que no necesitan decir nada, te van orillando. Y empecé a jugar con “los tiempos de exposición”. Si dejo de respirar unos 10 segundos para la foto, seguro la libro. Esta entrevista para Ibero radio con el querido Eduardo Limón amerita que se oiga bien la voz. ¿Y qué tal la plática para Convoy con Korno y Olallo a la que me metí de colada? En el chincual, olvidé mi seguridad. Olvidé que estaba en un lugar con harta gente sin cubrebocas. Olvidé que era el caldo de cultivo exacto. Para la presentación del libro ni siquiera me cuestioné si usaría el cubrebocas o no. No me lo puse. Al día siguiente de regreso a México intenté revertir el mal hecho con un modelo súper ajustado con el que pretendía no sólo impedir que el bicho entrara, sino incluso extraerlo en caso de que ya se encontrara dentro.

Así que cuando dos días después, el domingo, amanecí con dolor de garganta y en el transcurso del día empecé a tener escalofríos y mi temperatura subió a los 37.5 grados, me dije claro que no, a mí no me va a dar. Fui a comprar una prueba casera de antígenos que salió negativa y respiré aliviada. Pero el malestar empeoraba. Era hora de hablarle al doctor, tomar paracetamol, monitorear la oxigenación, medirme la temperatura. El lunes por la mañana acudí a que me hicieran una prueba PCR con la esperanza de que confirmara el resultado negativo, pero no tuve tanta suerte. Salí positiva, tenía Covid.

Lo que más me emperra es la contundencia del contagio. A ver, a estas alturas ya no inventamos el hilo negro: si todo mundo anda sin cubrebocas en un lugar cerrado sin ventilación, pues obvio que alguien se va a contagiar. Este año visitamos la FIL Guadalajara más de 800 mil personas. ¿Cuántas nos contagiamos? Quién sabe. Si tuviéramos el tan cacareado sistema de salud de Dinamarca o Suecia, seguro sabríamos. Pero a estas alturas a quién le importa. Te enfermas y la libras con tus propias uñas, ya eres una más de la pretendida “inmunidad de rebaño” a la que le apostó López Gatell y que colocó a México en el tercer lugar mundial por exceso de mortalidad en esta pandemia. Lo bueno es que tengo las tres vacunas que aplicó este gobierno y una más que me aplicó el gobierno gringo en un viaje que hice en junio. Para los tres días que llevo sintomática, el doctor considera que no estoy en riesgo. El marido no ha presentado síntomas y hasta el momento es negativo, por lo que aspiro a que no se haya contagiado. Cuartos separados, purificadores de aire activados, caldito de pollo, verduras, hartos líquidos y todos los remedios caseros considerados espero me permitan cursar rápido y de buen modo esta maldita enfermedad. Pienso en mi cuñado Juan José, que en mayo de 2020 no tuvo la menor posibilidad, con jefes que lo obligaron a exponerse y contagiarse, y autoridades de salud que lo dejaron solo. En las 658,628 personas que han fallecido por covid o por otra enfermedad que no fue atendida a causa de la pandemia.

Qué necesidad de que la gente se siga enfermando, cuando una simple medida como el cubrebocas puede ayudar a mitigar los contagios de una pandemia que va para largo. Qué afán de verle la cara, que no la sonrisa, a gente que cuando mucho tendrá acceso a un paliativo y no a un medicamento que cure, y que deberá enfrentar con un trastocado sistema de salud las secuelas de la enfermedad. Nadie está pidiendo las medidas Cero Covid de China, pero sigo sin entender en qué afectaba mantener obligatorio el cubrebocas en lugares cerrados. Obvio no me vuelve a pasar. Seguiré siendo la señora loca del cubrebocas en búsqueda de lugares abiertos donde maquinar trabajo y amistades. Lo que sí debo trabajar es mi resistencia a la presión social. Ando en busca de un curso. Si saben de alguno, ahí les encargo.

@malamadremx