blogeditor · 23 de diciembre de 2016
Por: Gerardo Cárdenas (@ElGerryChicago)
Dice el rumor que en cada estado de los Estados Unidos hay un pueblo o ciudad llamado Springfield. Aunque no es verdad – sólo es el caso en 34 de los 50 estados – el tener un pueblo Springfield se ha vuelto popular gracias al éxito de los Simpson.
De hecho, hace unos siete u ocho años hubo un concurso, me parece que en Facebook, en el que la gente votaba para elegir cuál de los 34 Springfield se parecía más al de la serie animada. Creo que ganó Springfield, Massachusetts. Lo que sí recuerdo es que Springfield, Illinois, quedó en segundo lugar. Y merecía ganar.
Esto viene a cuento porque, al pensar en el triunfo de Trump en las elecciones presidenciales, se me ocurre que no fueron las ciudades ni la ‘América rural’ quienes le dieron el triunfo, sino los incontables pueblos de medio pelo que, como Springfield, pululan la geografía estadounidense y que no son ni chicha ni limonada, pero están marcados por el peso de lo ‘americano’: mano de obra industrial en retroceso, alto consumo de drogas y alcohol, población con fuertes índices de sobrepeso, y una sensación general de abandono y encabronamiento. No son del todo campo, y nunca serán gran ciudad.
Springfield, Illinois, es así. Con otro factor: es capital estatal, y ser capital estatal en Estados Unidos es complicado porque, con algunas excepciones, nunca son las ciudades más grandes ni más importantes de un estado. Nueva York no es capital de Nueva York, ni Chicago de Illinois, ni Los Ángeles de California, ni Miami de Florida. Y las respectivas capitales (Albany, Springfield, Sacramento, Tallahassee) cargan con un complejo de inferioridad que las hace deplorables como lugar para vivir, y se suma a los resentimientos y reconcomios del pueblo en cuestión.
Por cuestiones de trabajo yo viajo varias veces al año a Springfield, que está 320 kilómetros al sur de Chicago. A veces voy en tren, y a veces manejo. Como en toda capital estatal, ahí está el Capitolio de Illinois, el poder legislativo, y muchas de las dependencias estatales.
He de decir esto: en todos los años en que he vivido en Estados Unidos, y en particular tras la victoria de Trump, nadie me ha insultado nunca por mexicano o inmigrante. Ni en Springfield. Pero en Springfield siempre me he encontrado con alguien que me trate mal por vivir en Chicago. En Springfield no quieren a la gente de Chicago, cuyo tamaño y brillo opaca todavía más al pueblito.
En Springfield, me han dicho varias personas, hay más grupos 24 horas de Alcohólicos Anónimos por kilómetro cuadrado que en cualquier otra ciudad o pueblo de Illinois, incluyendo Chicago.
En Springfield, los restaurantes están cerrados los lunes a la hora de la cena. Todos. Esté o no la legislatura en sesión. Eso sí, todos los bares están abiertos los lunes.
Springfield es de los pocos lugares donde la gente aún fuma en sitios públicos. Y les vale madre tu opinión al respecto.
En el hotel de Springfield donde suelo quedarme hay un bar, que se llama El Bar Sin Nombre. ¿Por qué? Porque se les olvidó ponerle uno. Y así se quedó.
Cerca de ahí, junto a las vías del ferrocarril, hay otro bar que tuvo nombre, pero el letrero se cayó hace años y nadie lo recogió y desde entonces se llama El Bar Republicano porque su clientela es, casi exclusivamente, legisladores y cabilderos republicanos. Una noche, en el Bar Republicano un conocido cabildero (llamémoslo Smith) traía tal borrachera que pensó que estaba en el mingitorio. Sin trámite de por medio, se bajó el cierre y sacó su asunto para orinar. Nadie se alteró, excepto una rubia que salió del bar corriendo y gritando a voz en cuello: ¡Le he visto el pito a Smith, le he visto el pito a Smith! Yo tampoco me alteré. Era lunes por la noche y estaba esperando una orden de papas fritas porque, en efecto, era lunes por la noche y no había donde comer. Prioridades.
La especialidad culinaria de Springfield es, por cierto, la Herradura. Consiste en un montón de carne molida, sin sazón, bañada en una erupción de queso amarillo fundido. Eso es todo.
Un lunes, por la noche, llegué al hotel de costumbre. El que atiende, que lleva décadas, me preguntó preocupado si ya había cenado porque, ‘ya sabe usted, es lunes’. Le dije que no, y que de hecho venía muerto de hambre, que si habría dónde ordenar una pizza. ‘Está usted de suerte’, me dijo. ‘En el Bar Sin Nombre hay tacos. Gratis. Con queso’.
A sabiendas que estaba cometiendo un error, me encaminé al Bar Sin Nombre. En una charola cubierta había una Herradura. Tibia. Y tostadas dobladas, de esas que en Taco Bell llaman ‘Hard Shell tacous’.
Creo haber visto a Homero Simpson esperando su turno para servirse un taco.
Con queso.
* Gerardo Cárdenas es escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago, pero junta su lanita para comprar el Bar Sin Nombre en Springfield.