SOS Nicaragua

blogeditor · 29 de junio de 2021

SOS Nicaragua

La semana pasada, a través de un comunicado conjunto, los gobiernos de México y de Argentina anunciaron que llamaban a consultas a sus respectivos embajadores en Managua ante “las preocupantes acciones políticas-legales” emprendidas por el gobierno de Daniel Ortega durante el último mes y medio, las cuales, en palabras del comunicado, “han puesto en riesgo la integridad y libertad de diversas figuras de la oposición (incluidos precandidatos presidenciales), activistas y empresarios”.

Las cancillerías mexicana y argentina emitieron de forma simultánea el escueto texto poco después de la ola de críticas de la que fueron objeto por ser las únicas dos democracias de peso del continente en abstenerse durante el voto convocado por la Organización de Estados Americanos, principal organismo multilateral del hemisferio occidental, el 15 de junio. La resolución condenatoria se dio en el contexto de la ola de arrestos ordenados por el insidiosamente despótico régimen comandado por el exguerrillero sandinista y por su esposa, Rosario Murillo, vicepresidenta de la nación centroamericana desde el 2016 y a decir de muchas voces críticas de la macabra dupla, incluida la respetada opinión del hoy más que nunca recordado Ernesto Cardenal, la verdadera autora intelectual de la debacle democrática nicaragüense.

El comunicado de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en connivencia con su contraparte argentina, vino quizá a destiempo y careció de un lenguaje más condenatorio para con lo que a todas luces se ha convertido en la dictadura más oscura del continente, sin embargo, es un muy bienvenido primer paso por parte del gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador. Un primer paso que ha de seguirse con otros mucho más rápidos y firmes para lograr revertir el retroceso autoritario en nuestra vecina y doliente Nicaragua. Es lo que a México corresponde, es lo correcto, es lo justo y es, también, lo que conviene al futuro de nuestro interés nacional y a la salud de nuestra política exterior.

Cuando en vísperas de la Navidad de 1972 un terremoto de 6.2 grados en la escala de Richter destruyó el centro de Managua, despareciendo de golpe a la ciudad y provocando decenas de miles de muertos, fue México uno de los primeros países en socorrer a la devastada nación centroamericana. Hoy, la nueva catedral de la capital nicaragüense, emblemática obra del arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, se yergue como orgulloso testigo de esa intervención de ayuda de nuestro país. Años después, la voz y la diplomacia de México fueron también decisivas para que el continente entero condenara en los términos más enérgicos a la funesta autocracia de Anastasio Somoza Debayle y reconociese la legítima causa del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Hoy, más que nunca, México debe jugar un papel mucho más dinámico para acercar posiciones, para unir esfuerzos y para sumar voces en la delicada tarea de regresar la democracia a Nicaragua y a los nicaragüenses. Para ello, no basta solo ir de la mano con Argentina, sino con Costa Rica, Honduras y El Salvador, vecinos de Managua, con Canadá y con los Estados Unidos, con China y con Rusia, con Cuba y con Venezuela incluso, pues todos esos países y sus respectivos gobiernos, a la izquierda y a la derecha, son jugadores con apuestas importantes en el entrañable país de Rubén Darío y de la Granada más americana. México puede y debe ser el fiel de la balanza. Se lo debemos a Nicaragua, que no mereció a Somoza y que no merece a Ortega ni a Murillo.

* Diego Gómez Pickering (@gomezpickering) es escritor, periodista y diplomático. Su libro más reciente es “Cartas de Nueva York” (Taurus, 2020).