blogeditor · 16 de noviembre de 2022
En julio de este año, la activista Luz Raquel Padilla fue asesinada al ser quemada viva. Raquel formaba parte de Yo cuido México, asociación dedicada a visibilizar la enorme importancia de la labor de cuidados en el país. Junto con lo anterior, uno de los aspectos más desgarradores del caso fue que este asesinato no tomó por sorpresa a nadie, ya que hubo sobrados indicios de que ocurriría. La activista ya había denunciado previamente a su agresor por continuas amenazas que, dicho sea de paso, no fueron solamente verbales, pues llegó al extremo de pintar paredes con la frase “te voy a quemar viva”. Amenaza que evidentemente fue cumplida.
Si bien esto ya debería erizarnos la piel y conmocionar nuestros corazones, la realidad es que el acontecimiento dejó ver un perverso patrón en la manera como las instituciones de justicia, y la sociedad en general, practican una sordera sistemática y peligrosa. Al realizar una indagación rápida con cualquier buscador de Internet con frases como “ya había denunciado a su agresor y fue ignorada” o “el Estado ignora denuncias de violencia”, los resultados son abundantes y desoladores.
Entre ellos encontraremos el caso de Mariana de Lourdes, estudiante de Medicina en la Universidad Autónoma de Chiapas, quien precisamente en este mes “patrio” fue encontrada sin vida en su casa. Ella había denunciado desde agosto, ante la Fiscalía General del Estado, una agresión sexual en su contra mientras realizaba su servicio social; además, ya había realizado esa misma denuncia en la Secretaría de Salud, pero fue ignorada. Las investigaciones de su deceso —porque parece que hay que fallecer para que se tomen en cuenta las denuncias— determinaron que la causa de la muerte fue suicidio.
En la galería del horror que se despliega en Internet aparece también el caso de Margarita Ceceña, quien de modo similar había sido agredida previamente por un familiar que al parecer ya había dado muestras de una conducta violenta, lo que la llevó a denunciarlo ante la Fiscalía Regional de la Zona Oriente de Morelos. Pero, para sorpresa de nadie, la ignoraron. Finalmente, Margarita fue asesinada de la misma manera que Luz Raquel, quemada viva.
La cantante Yrma Lydya ya había denunciado a su esposo Jesús Hernández antes de que, el 23 de junio de este año, él la matara con tres disparos. Esta denuncia por violencia familiar se llevó a cabo en diciembre del año pasado.
Podríamos seguir citando múltiples ejemplos que tienen este mismo factor común: una sordera deliberada de las autoridades, y tal vez una sordera cómplice de la sociedad en general. Y cuando digo sordera cómplice no me refiero únicamente a esa maliciosa actitud que simplemente hace oídos sordos a un problema que es de por sí avasallador, sino también a esa triste sordera no intencionada que normaliza el horror y, peor aún, lo justifica como cosa de todos los días.
Lo cierto es que cada vez nos acercamos más a ese hombre-masa del que hablaba Hannah Arendt como el riesgo que conlleva una vida irreflexiva. Para esta filósofa judía hay una correlación entre el mal y una construcción gregaria de la individualidad que tiende a reducir la relación con los otros a su forma más instrumental, es decir, como medios para ciertos fines, lo que implica una pérdida de la dignidad.
Uno de los ejemplos más célebres de estas consecuencias fue Adolf Eichmann, quien se encargaba de transportar prisioneros a los campos de concentración nazis. Fue tras presenciar el juicio a Eichmann por crímenes contra la humanidad que Arendt formuló la idea de “La banalidad del mal” para describir la participación del oficial en el exterminio. Según observó la filósofa, Eichmann no tenía una particular tendencia antisemita, sino que sus acciones estuvieron condicionadas por aspiraciones totalmente “normales”, o banales según las palabras de Arendt: cumplir con su trabajo y ascender en su carrera profesional.
La banalidad del mal no quiere decir que el mal sea banal, sino que es resultado de cierta actitud banal que simplemente repite la cotidianidad sin cuestionarla y que, en el fondo, constituye una renuncia a la verdadera vida política —la cual, para Arendt, exige pensar constantemente en lo que hacemos—. En pocas palabras, una vida irreflexiva lleva a una banalidad que acepta la violencia como cosa cotidiana, en una perversa complicidad entre individuos y sociedad. Es por eso que hacer oídos sordos a un constante llamado de ayuda no es solamente una irresponsabilidad por parte de las instituciones de impartición de justicia, sino de la sociedad en su conjunto.
Es común que se simbolice a la justicia con una figura femenina que aparece con los ojos vendados como una manera de representar imparcialidad. Sin embargo, no debemos olvidar la importancia de que la justicia tenga los oídos muy abiertos y dispuestos a la escucha.
* Jonathan Caudillo Lozano es maestro en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de Filosofía, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.