blogeditor · 1 de diciembre de 2014
La cámara fue el ‘arma’ de Charles Moore.
Son imágenes indelebles, que a veces -no siempre, pero con frecuencia consistente- contribuyen a detonar cambios democráticos en entornos autoritarios. Un hombre a media calle, con su sola presencia, detiene la marcha de tanques chinos en 1989. Sobre el Muro de Berlín una multitud gozosa ríe, sueña y consuma el derrumbe de la Cortina de Hierro y el imperio soviético años más tarde. Una niña vietnamita corre despavorida y desnuda, víctima de un ataque de napalm. La iconografía que libera conciencias -o que modifica conductas perniciosas- surte, en algunos casos, efectos virtuosos y duraderos. Charles Moore, hijo pródigo de la antigua Confederación de estados que perdió la Guerra Civil norteamericana en siglo XIX, arquetípico fotoperiodista contemporáneo, pudo comprobarlo. Esperemos que en México, origen de resabios autoritarios que aún persisten, se consoliden -con el apoyo de nuestras protestas, y propuestas concretas- transformaciones similares.

Indigna, lo subleva a uno constatar cómo se ensañan granaderos federales y del DF sobre cuerpos inermes como el de Juan Martín Pérez (director de la Red por los Derechos de la Infancia en México, REDIM), sus hijos pequeños y el resto de su familia, la noche del jueves 20 de noviembre pasado en el Zócalo del DF: fecha imposible de olvidar.
Pese a los grotescos elogios de Jesús Rodríguez Almeida prodigados a su energúmena policía (‘guste a quien le guste‘); o a la permanencia en la nómina estatal de Puebla de cuadros tan desacreditados como Facundo Rosas (coproductor de espectáculos oprobiosos cuando su jefe era Genaro García Luna en la Policía Federal; responsable principalísimo -junto con el ex gobernador Ángel Aguirre- de la muerte de dos alumnos de Ayotzinapa en la Carretera del Sol sobre Chilpancingo, hace casi tres años; implementador, desde la dirección de Seguridad Pública estatal en Puebla, de la #LeyBala promovida por el gobernador Rafael Moreno y aprobada por su Congreso sovieticoide, evento que derivó en la represión y muerte -por lesión de cartucho o bala de goma- del niño José Luis Tehuatlie en Chalchihuapan, y heridas en mucha gente más), la verdad vence barreras y coloca a los delincuentes de siempre -con fuero, blindaje institucional u otras influencias y distintos estamentos- en su justo lugar.
Al principio, y desde la perspectiva histórica, esto se debe porque existen testimonios contundentes -gráficos, algunos- que por su impacto alcanzan a recapitular épocas e inaugurar otras.
[contextly_sidebar id=”CnVDeTNwcxpZ5q5lWZ4lrNI40D2d9PFe”]Quiero pensar que a Charles Moore (1931-2010), fotógrafo norteamericano nacido en las entrañas del Sur Profundo que a los 32 años trabajaba en los diarios Advertiser y Journal de Montgomery, en Alabama -con su añeja normatividad racista y segregación o Apartheid prevalente, al estilo Jim Crow– no imaginó siquiera el impacto que su obra causaría en la conciencia y la opinión pública, tan luego fueron publicadas por distintos medios -sobre todo, Associated Press y la revista Life– en 1963.
Moore se había dedicado, entre otras ocupaciones relacionadas con su encargo, a rastrear la trayectoria social de Martin Luther King desde 1958. Algunas retratos suyos se convirtieron en íconos de la lucha por la obtención de la igualdad ante la ley de las minorías: un combate que dista mucho de haber concluido, pero que puede acreditarse avances a su favor.

Eran tiempos de ebullición política y Flower Power; de jóvenes que protestaban contra la intervención norteamericana en la desastrosa Guerra de Vietnam.


De fotos tan impactantes como las que tomó Charles Moore hace 41 años en Montgomery, un miércoles 11 de mayo en las inmediaciones del Parque Kelly Ingram y la Iglesia Bautista de la Calle Dieciséis, sede del Movimiento y el lugar donde morirían en un atentado con dinamita (colocada por miembros del Ku Klux Klan), cuatro niñas la mañana del domingo 15 de septiembre de 1963, están nutridas las posibilidades históricas que ampliaron las rutas de la participación ciudadana en el Sur de los Estados Unidos.



Participaban muchas y muchos en la campaña convocada por iglesias y organizaciones defensoras de los derechos humanos; el comisionado de seguridad pública Eugene ‘Bull‘ Connor ordenó que la policía bajo sus órdenes lanzara toletazos, golpes, canes de combate y chorros de agua a presión (cortesía del departamento de bomberos) que salió a reprimir, de una vez por todas, los ímpetus emancipadores de la gente pacífica, que pretendía su dócil retorno a casa y la entrega, para sus propósitos, del espacio colectivo.


Los sucesos de Montgomery en 1963 son ya memoria de un evento bisagra que es atesorada y trascendida.
Este es el aspecto actual del parque Kelly Ingram de Montgomery.

La sociedad tomó nota de los excesos policiacos (y de las tentativas de la Nomenklatura sureña de posponer lo inevitable). También los tomadores de decisión en Washington. El aporte de Moore fue uno de los factores que contribuyeron a que se aprobaran leyes a favor de los derechos civiles en 1964.
Hoy circulan fotos del encuentro fortuito entre la policía y un joven, en la ciudad de Portland en Oregon, que trascienden al dilema que impone la brutalidad sin castigo de Ferguson, Missouri.

Ferguson, la enfermedad patológica del profiling racial que no nos es ajena en México, y la trágica muerte de Michael Brown por un policía que no enfrentará cargos ante la justicia. Militarización desenfrenada de la ‘protección pública’ en los tres niveles de gobierno. Otro capítulo de la guerra declarada contra jóvenes afroamericanos y latinos en los Estados Unidos, con tasas de encarcelamiento por delitos menores muy por arriba del porcentaje de población en ese país.
Contrasta con la anterior, dos de noviembre de 2011, cuando -con calma chicha- este policía roció gas pimienta sobre un grupo de Ocupas en la Universidad de California, Davis. Lo hizo con la misma despreocupación con la que debe de regar el pasto de su casa.


Se llama John Pike, y el año pasado fue compensado por las autoridades académicas por ‘depresión y ansiedad debido a las amenazas proferidas en su contra, y la de su familia’ con treinta y ocho mil dólares. Encontraría su lugar, definitivamente, en las agrupaciones de seguridad de México (que se autodefinen víctimas de robo, o bien de tentativas -imaginarias, no menos graves para los presuntos ‘ofensores’- de homicidio a manos de compas ‘revoltosos’), si así lo quisiera.
En la Ciudad de México y otras urbes y poblados de la República Mexicana, los jóvenes ciudadanos se afanan por obtener plenos derechos para todas y todas, y presionan a funcionarios y políticos en pos de que se implanten mecanismos efectivos de justicia y rendición de cuentas necesarios para superar esta crisis.
Son viables rutas de escape de la barbarie que asoma las fauces, y las usa sin empacho como en Iguala o San Fernando o el Casino Royale, o en miles de incontables lugares más que conforman la geografía del horror en México.
La población que ha tomado la calle está escribiendo su propia historia. Una en la que los decálogos peñanietistas y sus aparentes buenas intenciones apenas merecerá (como la de los apparatchiks en Europa Oriental, o los dictadorzuelos militares en Centro y Sudamérica) una ínfima nota de página, o un asterisco.
Una imagen certera sí marca la diferencia, y podría desmontar el castillo de naipes del PRI, que volvió al gobierno federal por sus fueros; uno ‘renovado’, que encuentra en las oposiciones a modo a sus mejores aliados.
Se fisura, aunque no lo quieran ver los peñanietistas, el Estado Mexicano.
El policía de la Universidad de California en Davis, que tan campante como si estuviera regando el pasto de su casa, rocía de gas pimienta a los Ocupa en el lejanísmo mes de noviembre 2011.
Aquí la autoridad se jacta de la ‘limpieza’ de sus operativos salvajes. Se enfada incluso, cuando la sociedad simplemente exige lo que en otros países es una obligación indeclinable: transparentar el patrimonio de cada uno de sus integrantes, y de sus familias.
La imagen contundente de policías atacando con lujo de violencia a padres con hijos pequeños y mujeres y jóvenes y personas de la tercera edad (pero sobre todo, a jóvenes expresando desacuerdo con el rumbo que toma el gobierno, sus complicidades y omisiones), vale más que los decálogos y escenografías que puedan producir los metteurs en scène del priísmo.
El mundo fabuleta de Peña Nieto y su pandilla que busca imponernos, con discursos demagógicos que buscan ocultar una realidad de mazmorras, represión selectiva y porros que buscan disuadirnos de participar activamente en la cosa pública, es el que se encuentra, ahora mismo, en vía franca de extinción. Por eso tomaremos la calle pacíficamente hoy a las cuatro de la tarde, y las veces que sea necesario.
En 1963, las fotografías de Charles Moore en Birmingham, Alabama, sirvieron para impulsar leyes que, a pesar de ataques y retrocesos, resisten el paso del tiempo. La comunidad afroamericana y latina en los Estados Unidos afronta retos, pero también oportunidades. Veremos si medio siglo después de esos relativos avances en la Unión Americana, sucede lo mismo en México.
Para eso, tendremos que agradecer a los fotógrafos que dan fe y comparten imágenes como la de Juan Martín y sus seres queridos: víctimas de la brutalidad e insensatez de los uniformados. Y de los que ordenaron o festejan estupideces por el estilo.
Documental I Fight with my Camera, sobre Charles Moore. El libro Powerful Days, una estupenda compilación de sus fotografías de los años sesenta del siglo pasado, puede referenciarse aquí.
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Y por favor: que no se nos olvide esto. Policías Federales basculeando niños la noche del Grito, ‘para garantizar la seguridad‘ (en palabras del funcionario responsable Monte Alejandro Rubido), con el aval y visto bueno del Gobierno del Distrito Federal. Evitemos con todos los medios a nuestro alcance, que esta violación flagrante a los derechos de la infancia se vuelva norma cotidiana.


