blogeditor · 31 de marzo de 2021
A fuerza de repetición, de enfrentarnos al horror cotidiano, hemos normalizado lo intolerable. Convivimos de manera natural con la barbarie. Nos conformamos con respuestas de la clase política que una y otra vez recurren a lugares comunes sin contenido. También normalizamos la simulación.
Se repiten una y otra y otra vez frases vacías como “se hará justicia”, “caiga quien caiga”, “llegaremos hasta las últimas consecuencias”, “daremos cursos de capacitación”. En el peor de los casos se miente perversamente diciendo “ya no hay masacres” o “se respetan los derechos humanos”. La realidad es que la justicia nunca llega y cuando lo hace solo se centra en los niveles bajos de responsabilidad. No hay costos penales, ni políticos, ni morales. Las violencias son una constante. Toleramos lo que sea. En casos aislados solo se llega hasta las penúltimas consecuencias.
Los medios se remiten a dar cuenta de la numeralia y cronología de las violencias. Una enorme fosa clandestina más aquí, una masacre allá, una ejecución extrajudicial acullá, un feminicidio más, el acto de impunidad del día. No hay contexto, no hay explicaciones, no se cuestiona y arrincona a la autoridad. Relativizamos la verdad y la evidencia. Solo se reproduce el discurso oficial de la negación de los fenómenos.
Somos una sociedad de memoria corta. Nos venden la idea de miles y miles de casos aislados que tienen el mismo patrón. Nunca se asume el fenómeno. Las autoridades recurren al eufemismo perverso. Como ejemplo basta recordar las atrocidades de días recientes. Ante el asesinato de una mujer migrante en Tulum la CNDH afirmó que “murió al ser sometida”. No, fue asesinada. Ante la ejecución de un guatemalteco a manos del ejército, el secretario de la Defensa declaró que se trató de “una reacción errónea” cuando estamos frente a un fenómeno generalizado en cientos y cientos de casos similares. Pero claro, lo dicen porque no pasa nada, porque aceptamos esa respuesta como válida.
Afrontar el horror requiere de ejercicios serios de memoria. Entendida como representaciones colectivas del pasado por las cuales buscamos ver la historia y encontrarle significado al presente. La memoria es un sistema en constante creación y cambia conforme a las necesidades del presente. La memoria se construye, se discute para darle forma a la ausencia, los miedos, dolor, vergüenza, rabia y muchos otros que obsesionan a las sociedades. Nuestra memoria es débil. Esto habla mucho de la sociedad que somos.
Por su parte, los gobiernos del pasado y presente no pretenden generar memoria sobre la violencia contemporánea. Prefiere mantener a distancia a las víctimas. Un claro ejemplo es la remoción del memorial del 8M. Su “muro de la paz”, brutal eufemismo de una cultura de guerra, fue resignificado como memorial de denuncia por el movimiento feminista. Rápidamente fue removido. La memoria no tiene cabida en el gobierno.
La autoridad únicamente recurre a la historia de bronce para generar su narrativa. Hay más preocupación por hablar de Hidalgo que del movimiento del 68. Recuerdan a Juárez mientras se deja a un lado la resistencia zapatista. Se prefiere hablar de Leona Vicario que de los feminicidios. La épica discursiva del gobierno se ancla en un pasado lejano mientras no echa raíces en las violencias estructurales y la impunidad sistémica. Nos corresponde a la sociedad construir procesos de memoria como una forma de resistencia.
Ante la acumulación de casos, un hecho puede detonar la movilización. El asesinato de George Floyd movilizó, una vez más, a una sociedad que ha ido construyendo memoria de los crímenes policiacos contra la población afroamericana en los Estados Unidos. La acumulación de casos no genera esa indignación en México.
Seguiremos escuchando casos de violencia abordados por la autoridad como hechos aislados. Seguiremos recibiendo las mismas respuestas de acción, más bien simulación, una y otra vez. La sociedad y los medios lo reciben sin reclamar. Solo un sector pequeño se indigna y uno más pequeño se moviliza. Somos lo que toleramos.