Jorge Avila · 14 de abril de 2026
Entre las distintas tensiones que atraviesa el orden internacional contemporáneo, países como Somalia y Yemen suelen quedar relegados a categorías simplificadas como “Estados fallidos” o escenarios de conflicto perpetuo, frecuentemente eclipsados por crisis en otras regiones. Sin embargo, los conflictos en estos países no pueden comprenderse únicamente desde una perspectiva doméstica. Por el contrario, deben analizarse como nodos de un entramado más amplio de tensiones regionales, donde las competencias, rivalidades y disputas entre potencias como Arabia Saudita, Israel y Emiratos Árabes Unidos terminan por moldear la evolución de estos conflictos.
Somalia y Yemen suelen presentarse como sinónimos de colapso estatal, crisis humanitaria y violencia crónica. No obstante, esta lectura resulta superficial y oculta una realidad mucho más compleja. En ambos casos, no sólo se trata de escenarios de conflicto interno, sino de espacios donde convergen dinámicas regionales e intereses geopolíticos, particularmente de potencias regionales. Más aún, constituyen ejemplos claros de cómo la fragilidad institucional puede ser instrumentalizada, intensificada e incluso sostenida por actores externos, integrándose así en lógicas más amplias de competencia y proyección de poder. En este sentido, pueden entenderse también como zonas proxy donde se manifiestan conflictos de mayor escala, como las tensiones en torno a Irán o la creciente rivalidad entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
Desde la caída del régimen de Siad Barre en 1991 y la subsecuente guerra civil, Somalia dio paso a una estructura política altamente fragmentada, en la que el gobierno federal coexiste con entidades semiautónomas como Somalilandia y Puntlandia, así como con actores armados y grupos extremistas como Al-Shabaab. De manera paralela, Yemen entró en una espiral de conflicto tras el colapso del gobierno de Ali Abdullah Saleh en el contexto de la Primavera Árabe, derivando en una guerra civil que rápidamente adquirió implicaciones regionales e incluso internacionales. En este proceso, el movimiento Ansar Allah (comúnmente conocido como Hutíes) logró capturar Saná, la capital, mientras el gobierno reconocido internacionalmente se fragmentaba y dependía crecientemente del apoyo externo, particularmente de Arabia Saudita, para su supervivencia.
Ambos casos comparten elementos estructurales, como la erosión del monopolio de la violencia por parte del Estado, la proliferación de actores armados no estatales y la fractura del tejido social. En este contexto, el vacío estatal ha sido ocupado por milicias, clanes, autoridades locales y actores transnacionales que ejercen funciones de gobierno, provisión de seguridad y extracción económica, configurando órdenes políticos fragmentados pero funcionales, aunque ajenos a las estructuras estatales de los gobiernos nacionales.
No obstante, más allá de sus dinámicas internas, lo que destaca en los casos de Somalia y Yemen es su ubicación estratégica en torno a corredores marítimos de primer orden, particularmente el estrecho de Bab el-Mandeb. Este paso conecta el océano Índico y, por ende, el comercio de India, Asia Oriental y el Golfo Pérsico, con el mar Rojo, el canal de Suez y, finalmente, Europa. Esta posición los convierte en espacios clave dentro de disputas más amplias por el control de los puntos clave para el comercio global, los flujos energéticos y la proyección de poder regional.
En este marco, resulta fundamental analizar cómo las tensiones regionales configuran la evolución de ambos conflictos. El alineamiento político de los hutíes con Teherán ha consolidado este conflicto como una guerra proxy entre Riad y Teherán. No obstante, el conflicto también ha puesto de manifiesto una segunda línea de fractura que es necesario considerar: la creciente tensión entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
Mientras Arabia Saudita respalda al gobierno yemení reconocido internacionalmente, Irán apoya a Ansar Allah, y Emiratos Árabes Unidos apostó por el ahora extinto Consejo de Transición del Sur, un grupo secesionista que buscaba la independencia del sur de Yemen y mediante el cual Abu Dhabi pudo expandir su presencia militar en la zona mediante bases militares en las islas de Abd al-Kuri, Samhah y Mayuun. De este modo, en el contexto del conflicto yemení podemos observar el impacto de la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán, y también los efectos de una creciente competencia entre el reino Saudí con Abu Dhabi.
Estas tensiones se interrelacionan con otros conflictos en la región, en la medida en que el grupo Ansar Allah ha amenazado con atacar rutas marítimas clave como el estrecho de Bab el-Mandeb en apoyo a Irán, en el contexto de la confrontación con Estados Unidos e Israel. Esta amenaza es particularmente crítica, dado que el Bab el-Mandeb constituye un punto de estrangulamiento esencial para el comercio global, especialmente en lo relativo al tránsito de hidrocarburos. Su eventual interrupción tendría consecuencias de gran alcance a nivel internacional.
En particular, implicaría disrupciones en las cadenas de suministro, incrementos en los precios del petróleo y una creciente militarización de las rutas comerciales marítimas. De hecho, los hutíes ya han demostrado su capacidad para alterar estas dinámicas mediante ataques a embarcaciones comerciales, con más de un centenar de incidentes registrados desde 2023 como parte de su campaña contra buques destinados a puertos israelíes. En este sentido, la posibilidad de un cierre (ya sea total o parcial) del estrecho de Bab el-Mandeb en apoyo a Irán no es meramente hipotética, sino un escenario plausible dentro de la actual escalada regional.
En el contexto de las tensiones regionales actuales, particularmente aquellas que involucran directamente a Irán, los hutíes operan como una forma de proyección del poder iraní, con capacidad para afectar el comercio global. En este sentido, no puede descartarse un escenario en el que el estrecho de Bab el-Mandeb experimente disrupciones comparables a las observadas en el estrecho de Hormuz, lo que tendría implicaciones inmediatas para los flujos energéticos y las cadenas de suministro a escala global.
Es aquí donde la intersección entre conflictos se vuelve más evidente. La escalada en torno a Irán encuentra en Yemen un nuevo frente, pues cada incremento en la presión sobre Teherán tiende a traducirse en una mayor actividad de sus aliados regionales, incluyendo a Hezbollah en Líbano y, de manera cada vez más significativa, a Ansar Allah en Yemen. Esto convierte al acceso al mar Rojo en un espacio de extensión del conflicto regional.
En este contexto, resulta necesario pensar en la región secesionista somalí de Somalilandia dentro del análisis de las dinámicas regionales, no solo como un asunto interno de Somalia, sino como una extension de las tensiones regionales. La relevancia de Somalilandia radica, en gran medida, en su ubicación geográfica, al estar situada frente al Golfo de Adén, controla una porción significativa de la costa que conecta directamente con el estrecho de Bab el-Mandeb, convirtiéndola en un punto estratégico dentro del sistema de rutas que articulan el comercio entre Asia, Medio Oriente y Europa.
A diferencia del sur de Somalia, donde las disputas entre clanes y la presencia de actores como Al-Shabaab limitan severamente la capacidad estatal, Somalilandia ha logrado consolidar un aparato de gobernanza relativamente funcional. Cuenta con fuerzas de seguridad propias que mantienen control territorial y han reducido de manera significativa la actividad de grupos yihadistas. Esta estabilidad relativa ha permitido que actores externos comiencen a percibirla como un socio potencial en sus intereses, particularmente Emiratos Árabes Unidos e Israel, quienes han alineado sus objetivos al invertir y apoyar la causa independentista de Somalilanida.
En términos geopolíticos, esta situación abre la puerta a una paradoja, pues, el la falta de reconocimiento internacional de Somalilandia (solo Israel ha reconocido diplomaticamente a Somalilandia) contrasta con su creciente utilidad estratégica para las potencias de la región. En este contexto, países del Golfo como Emiratos Árabes Unidos han invertido en infraestructura portuaria así como bases militares, particularmente en Berbera, y anteriormente en Bosaso en la región de Puntlandia.
Esto con el objetivo de asegurar rutas logísticas alternativas y consolidar su presencia en el Cuerno de África como una puerta de acceso a controlar el Golfo de Adén. Al igual que Israel, Abu Dhabi busca usar a Somalilandia, forma de contener las amenazas transregionales, incluyendo tanto la piratería como posibles extensiones operativas de Ansar Allah en el litoral africano, pero también para contener la proyección de fuerza de Irán y la amenaza de los houtíes de cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb.
A la par, Abu Dhabi entra en tensión con Riad pues, Arabia Saudita ha firmado acuerdos de cooperación militar con el gobierno de Somalia. En contraste, milicias separatistas yemeníes respaldadas por Emiratos Árabes Unidos han logrado proyectarse más allá del conflicto interno, utilizando territorio de Somalilandia como punto de entrada hacia Somalia, lo que evidencia la extensión de estas dinámicas y la creciente interconexión entre ambos escenarios.
De esta forma se observa una divergencia clara en los intereses y en la forma de operar de actores como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que refleja una diferencia fundamental en su concepción del orden regional. Pues mientras Arabia Saudita apuesta por mantener sus relaciones con gobiernos reconocidos internacionalmente, como el gobierno federal somalí y el gobierno yemení, buscando reforzar estructuras estatales formales y preservar un orden regional basado en la centralidad del Estado, siempre y cuando este esté bajo la influencia de Riad. Emiratos Árabes Unidos ha consolidado una estrategia basada en redes y acuerdos con actores subestatales para asegurar nodos logísticos clave a lo largo de las rutas del mar Rojo.
En última instancia no estamos hablando de solo el conflicto en Irán, o las situaciones en Yemen y Somalia, sino de cómo diversos conflictos rivalidades y tensiones regionales se intersecan en estos conflictos a través de los actores que están involucrados y como esto muestra la transformación del sistema regional hacia un modelo de gobernanza regional más fragmentado.
Así, Somalia y Yemen no deben entenderse únicamente como periferias inestables, sino como nodos centrales de una geopolítica regional en constante reconfiguración y conflicto. En estos espacios, actores como Irán, Israel, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, compiten entre sí. En este contexto, actores locales, al vincularse con estas competencias geopolíticas, adquieren la capacidad de escalar el conflicto más allá de sus fronteras inmediatas, incluso afectando puntos estratégicos como el estrecho de Bab el-Mandeb en conexión con dinámicas más amplias en el Golfo Pérsico.
De este modo, la creciente competencia geopolítica, la erosión de los marcos de cooperación regional y la instrumentalización de actores locales están configurando un orden regional más volátil y peligroso, sobre todo para los países que cuentan con dificultades de mantener un control estatal en todo su territorio. Sus efectos no se limitan a las cancillerias de Tel Aviv, Teherán, Riad o Abu Dabi, sino que se manifiestan de manera tangible en las calles de Saná y Mogadiscio, así como en las aguas del mar Rojo, el estrecho de Bab el-Mandeb y el Golfo de Adén.