Solos, sé que no se puede nada. El mito de las soluciones individuales

blogeditor · 25 de marzo de 2022

Solos, sé que no se puede nada. El mito de las soluciones individuales

Este texto es la onceava y última parte del Capítulo 2 de Navegando el colapso: una guía para enfrentar la crisis civilizatoria y las falsas soluciones a la crisis climática, cuya introducción pueden leer aquí, capítulo 1 acá, capítulo 2 primera parte acá, capítulo 2 segunda parte acá, capítulo 2 tercera parte acá, capítulo 2 cuarta parte acá, capítulo 2 quinta parte acá, capítulo 2 sexta parte acá, capítulo 2 séptima parte acá, capítulo 2 octava parte acá, capítulo 2 novena parte acá y capítulo 2 décima parte acá. La guía es un proyecto coordinado por Carlos Tornel y Pablo Montaño, con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll y se publicará de forma periódica en este espacio. Para más información ver aquí.

 

“Nadie puede unilateralmente decidir vivir en una economía baja en carbono.
La meta no es la autopurificación sino el cambio estructural”.
Leah Stokes, All we can save

 

¿Qué puedo hacer yo frente a la crisis climática? La pregunta es una constante en cualquier charla, taller, proyección o conversación climática. Quien la formula normalmente espera una lista de acciones rápidas, cosas que cambiar en su vida diaria, hay quien espera haberlas ya oído y se justificará con que en su casa no hay espacio para una composta, o no tiene tiempo de cocinar y en su oficina no hay opciones vegetarianas, o explicará que a su edad, andar en bicicleta 12 kilómetros no es posible. Cuando lo que toca es organizarse y enfrentar desde ahí la crisis climática. Lo más probable es que su mente se vaya a comerciales, asienta instintivamente y dé por terminada la conversación, o bien, te repita la pregunta.

El modelo capitalista -más aún en la corriente neoliberal- ha sido muy exitoso en moldear la forma en la que nos percibimos a nosotros mismos. Hemos comprado la etiqueta de ser consumidores y, desde ese lugar, buscamos ejercer nuestro poder: el poder de la compra. Frente a la crisis climática, muchas personas buscan mitigar su huella a billetazos o premiando a las industrias que nos hacen sentir parte de la solución a un problema global. Es natural que en este contexto, la discusión sobre cómo enfrentar la crisis climática caiga, una y otra vez, en el cauce de las acciones individuales.

Reducir nuestro consumo de carne, movernos en transporte público o bicicleta, evitar un viaje en avión o instalar paneles solares en nuestra casa está muy bien. Son acciones que, si están dentro de nuestras posibilidades, es importante realizar; sin embargo, hablar de ellas como soluciones sistémicas frente a una crisis estructural, que anuncia un quiebre con el modelo civilizatorio dominante, las convierte en distractores, espacios para divisiones, una pérdida de tiempo y esfuerzo.

La distracción

El concepto de huella de carbono y sus calculadoras son una gran idea. Te permiten analizar tus decisiones (principalmente de compra), tu estilo de vida y medirlas frente a los límites del planeta… y ahí lo tienes, tus 13 toneladas de CO2 al año y la certeza de que vives con 164% más que el promedio del mundo. Un excelente instrumento para dejarte con un concepto de toneladas que escapa a toda posibilidad de asimilación y una buena dosis de culpa. La calculadora de carbono fue creada por una agencia de mercadotecnia para British Petroleum, la segunda empresa fósil privada más grande del mundo. La lógica detrás de ella es llevar a los individuos a contar el número de  focos en sus casas o el  número de hamburguesas consumidas para dejarles la impresión de que la crisis climática es un problema que se origina en la demanda y el consumo individual desmedido y que, por lo tanto, la solución está en la moderación, la innovación tecnológica (p.e. la eficiencia) y el autocontrol.

El instrumento termina responsabilizando al consumidor: “nosotros sólo ponemos el producto allá afuera, la responsabilidad es de quien lo consume y lo demanda”. Esta estrategia esconde que la demanda de estos productos -como los combustibles fósiles- es creada y diseñada para distraernos. En el caso de BP, nos distraen de señalar a una empresa que logró envenenar el Golfo de México (con el mayor derrame accidental de petróleo de la historia) y de su enorme inversión de millones de dólares para frenar legislación ambiental y climática; así como el hecho de que, junto con otro puñado de corporaciones, ha contribuido con más de 60% de las emisiones de gases que nos están conduciendo  al  desastre.

El resultado es tan exitoso que es fácil encontrar organizaciones y grupos de activistas ambientales que utilizan estas herramientas e invitan a sus seguidores a “calcular su huella y cambiar de hábitos”. En las discusiones moralistas de los círculos ambientalistas, el ciclista le reclama al vegano por llegar en auto y este le llama asesino por los tacos al pastor que aquél subió a sus redes sociales. Todo esto mientras la crisis civilizatoria se agudiza y la discusión sobre límites autoimpuestos se sustituye por soluciones tecnológicas y el desembolso de ‘financiamiento climático o ambiental adecuado’. No sobra decir que,  si el planteamiento de la conversación resulta conveniente para la industria fósil, entonces -de facto- debe resultar inconveniente, o al menos sospechosa, para toda persona u organización que pretenda luchar contra la crisis climática y el modelo capitalista que la produce.

Dividir

Se siente bien comprar un cepillo de dientes hecho de bambú con cerdas de fibras orgánicas, uno sale de la tienda (zero-waste, por supuesto) sintiéndose el amigo de los mares y el capitán planeta, todo al mismo tiempo. Tan satisfactorio que queremos convencer a las demás personas de que esto hace la diferencia y si todas lo hicieran no habría un mar lleno de microplásticos, ni tortugas con las fosas nasales atrofiadas.  Más allá de la caricatura, la sumatoria de las acciones individuales son muy diversas y están acotadas por el contexto de cada individuo, donde el privilegio juega un papel importante en la posibilidad de habilitar algunas acciones e impedir otras. Por ejemplo, la movilidad en bicicleta le resulta mucho más sencilla a un hombre sano, joven, con horarios de entrada y salida del trabajo con sol y que además, vive en una zona gentrificada de alguna ciudad. La violencia contra las mujeres, las viviendas en colonias periféricas con vialidades improvisadas y las jornadas nocturnas son sólo algunos de los impedimentos que otras personas tendrían que considerar antes de emprender un trayecto en bicicleta.

Esta división crea una narrativa de la culpa que no abona a ganar adeptos o movilizar esfuerzos colectivos. Katharine Hayhoe, especialista en comunicación climática, explica que si nos sentimos avergonzados de hacer algo, lejos de cambiar, lo más probable es que la denuncia pública nos motive a reforzar nuestra postura.1 Habremos visto que esto sucede cuando alguien, en plena carne asada, decide que es un gran momento para hablar del impacto y la deforestación provocada por engordar ganado. Por si fuera poco, un estudio sobre las emociones asociadas con la toma de acción frente a la crisis climática concluyó que cuando a la gente se le dice que debe cambiar sus conductas, su interés y deseo de reducir sus emisiones disminuyen. No sólo eso, también se reduce la posibilidad de que apoyen a candidatos en pro de la acción climática, así como su confianza en la ciencia  climática.2 Las acciones individuales llevadas al terreno de la ‘pureza’ ambiental no sólo nos dividen, sino que nos colocan en una ruta equivocada hacia una verdadera transformación .

El granito de arena en la era del colapso

La división que se genera al colocar en el centro de la discusión las acciones individuales nos hace desperdiciar tiempo, esfuerzo y consensos en un momento en el que nos hacen gran falta. La alta prioridad en la que se ha colocado el ideal de comodidad, tanto en las sociedades del norte como en las zonas de privilegio del sur global, nos ha convencido de que salir un poco de nuestra zona de confort es suficiente para hacer una diferencia. No hay nada valioso en poner un granito de arena, detesto esta expresión. Pareciera que la frase es suficientemente clara con lo insignificante del acto, cualquiera que haya ido a la playa sabe que los granitos de arena se ponen en todos lados sin el mínimo esfuerzo o intención. Proponer resolver la crisis climática a partir de acciones individuales es la filosofía del granito de arena. La gente, industrias y países que alimentan esta crisis no lo hacen retirando granitos de arena. Lo están haciendo a punta de camiones de volteo todos los días, sin ningún reparo por lo pequeño o lo individual. Si aspiramos a conservar la posibilidad de un planeta vivible debemos articularnos de cara a grandes cambios y transformaciones como no se han visto en los últimos 200 años.

En una charla climática con miembros de una comunidad en Chiapas, que había logrado frenar en su territorio una ronda petrolera para dos campos, la defensa colectiva del territorio probó ser una enorme victoria climática. ¿En qué calculadora entra el frenar la extracción de cientos de miles de barriles de petróleo? ¿A cuántas hamburguesas equivale? Las acciones que averían el modelo destructivo y voraz son las que pesan en la era del colapso. Estas acciones siempre serán factibles desde lo colectivo y cercanas a lo imposible desde lo individual.

Una de cal

El error está en la manera en la que como sociedad hemos aceptado el discurso de las acciones individuales como una solución (individual) a un problema que requiere de lo colectivo (civilizatorio). Abandonar el uso de los popotes, en medio de una crisis que amenaza con dejar 200 millones de refugiados climáticos en los próximos 30 años, equivale a recoger un par de hojas secas en un incendio forestal. Salvo que quien lea este capítulo sea Bill Gates o Roman Abramovich3 -si es el caso, por favor cambien sus avorazados y destructivos modos de vida-, para todas las demás, las acciones individuales no son la solución a la crisis climática, nunca lo serán. Difícilmente nos llevarán a algún lado por si solas y sus méritos se difuminan o se pierden de vista.

Primero, estas acciones individuales pueden ser el piso de la congruencia: un constante recordatorio de la necesidad e importancia de realizar cambios drásticos y que estamos dispuestas a llevarlos a cabo. Desde la reflexión personal, podemos tener desfogues en medio de una lucha que puede resultar frustrante. Por ejemplo, a pesar de que tengo pleno conocimiento de que reciclar es una medida insuficiente y que sería imposible aumentar para tener un impacto en los niveles de producción de plásticos, puedo decir que separar los residuos y llevarlos a un centro de acopio calma algo de mi ansiedad climática, de la misma forma que me hace feliz tener un huerto que me provee tres tomates cada cinco meses.

El potencial que tienen las acciones individuales, probablemente el más prometedor y congruente, se da cuando estas se acompañan con acciones políticas colectivas. Una comunidad de individuos que por razones ambientales y climáticas lleva una dieta baja en carne roja estará mucho más dispuesta a diseñar e implementar un programa de separación, reducción y reutilización de sus residuos. La colectivización de estilos de vida es un ejercicio habitual que, al final, tiene un gran peso. De esa colectivización pueden surgir movimientos sociales, así sucede con ciclistas que se agrupan en colectivos o paseos. De pronto, lo que empezó como un deseo individual de reducir el uso del auto particular se convierte en una demanda colectiva que transforma los espacios públicos, para habilitar otras formas de transporte más equitativas y bajas en emisiones.

Finalmente, está la potencia de imaginar y visualizar. Las acciones individuales nos permiten vivir en congruencia con el ideal de la revolución que buscamos que triunfe. Probar que ese futuro no es detestable, sino uno que se finca en el entendimiento de los límites socialmente definidos, que nos permiten diseñar un modo de vida en donde el entorno continúa regenerándose y, más importante, que nos acerca a nuevas formas de amistad e intimidad entre nosotras y con nuestros sustentos de vida. Sin embargo, este ejercicio tampoco puede quedarse en lo individual, es decir, las acciones individuales aquí también se quedan cortas, pues el ejercicio de imaginación se vuelve exponencial cuando  se comparte, cuando otras se suman a diseñar otros horizontes para el futuro. Así, de pronto, lo que era un discreto ejercicio de composta y hortalizas en macetas, se transforma en un huerto comunitario, biodiverso, con mariposas, flores y gente amiga.

* Pablo Montaño es politólogo por el Instituto de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y Maestro en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable por la University College London (UCL). Actualmente es coordinador general de Conexiones Climáticas, organización dedicada a la comunicación climática y tiene un modesto huerto de tomates y camotes.

 

 

 

1 Hayhoe, K. (2021). Saving Us. New York, USA: Simon & Schuster.

2 Morris, B., Chrysochou, P., Christensen, J., Orquin, J., Barraza, J., Zak, P., & Mitkidis, P. (2019). Stories vs. facts: triggering emotion and action-taking on climate change. Climatic Change154(1-2), 19-36. doi: 10.1007/s10584-019-02425-6

3 Sin considerar sus inversiones y negocios, el jeque ruso Roman Abramovich emite en 1 año lo que una persona promedio emitirá en 6,000. Por su parte, Bill Gates, emite el equivalente a 1,500 años. Ver: Wilk, R., & Barros, B. (2021). Private planes, mansions and superyachts: What gives billionaires like Musk and Abramovich such a massive carbon footprint. Revisado el 11 de enero 2022.