Hacia una sociedad de cuidados sin discriminación

Opinión y Análisis · 22 de octubre de 2026

Hacia una sociedad de cuidados sin discriminación

Hay una pregunta que tendría que acompañar cualquier conversación sobre justicia social: ¿quién cuida a quienes cuidan? Detrás de ella hay mujeres de todas las edades y condiciones que comienzan el día atendiendo necesidades ajenas y lo terminan sin haber encontrado un momento para las propias. Hay proyectos de vida pospuestos, cansancios que se vuelven costumbre y una entrega que, por considerarse amor, demasiadas veces deja de reconocerse como trabajo.

La vida se sostiene con cuidados. Alguien prepara los alimentos, acompaña una consulta, escucha una preocupación, ayuda a bañarse o permanece pendiente durante la noche. Todas las personas necesitamos cuidados en distintos momentos y circunstancias. No podríamos trascender la primera infancia ni abandonar la vida sin ellos. Sin embargo, la sociedad desde una perspectiva patriarcal ha asignado esas tareas como si nos correspondieran de manera natural y pudieran resolverse dentro de cada hogar, con los recursos disponibles.

Esta forma de menosprecio a las mujeres que cuidamos y que también necesitamos, muchas veces de cuidados, tiene consecuencias. Cuando una mujer debe abandonar sus estudios, duplicar o triplicar su jornada laboral o renunciar al descanso porque no cuenta con apoyos para cuidar, sus posibilidades de decidir se estrechan. La desigualdad entra en su tiempo, en sus ingresos, en su salud y en su futuro. Y se profundiza cuando enfrenta pobreza, discriminación, discapacidad o vive en una comunidad donde los servicios están lejos.

Los hombres también deben cuidar

Desde el feminismo, hablar de cuidados implica preguntarnos cómo se distribuyen el tiempo, los recursos y el poder. Implica cuestionar la educación que reciben las niñas para estar disponibles para otras personas, mientras permite que los niños crezcan sin asumir la misma responsabilidad; también, preguntarnos por qué a las jóvenes les cuesta más trabajo desarrollarse educativa o profesionalmente que los hombres libres de responsabilidades de cuidar. Por ello, los hombres tienen que participar plenamente en el trabajo del hogar y en los cuidados, con iniciativa y compromiso cotidiano. La corresponsabilidad también se aprende y debe convertirse en una forma natural de convivencia.

Hay otra dimensión indispensable: los derechos de quienes reciben cuidados. Una persona mayor debe poder expresar cómo quiere vivir; una niña o un niño tiene derecho a ser escuchado; una persona con discapacidad debe contar con apoyos que respeten su voluntad y sus decisiones. De ahí la importancia de los apoyos económicos y del trabajo digno para estos sectores: porque la autonomía ética y política empieza siendo autonomía material. Cuidar exige reconocer la autonomía y evitar que la protección se convierta en control.

También necesitamos mirar a quienes realizan este trabajo de manera remunerada. Reconocer su valor supone salarios dignos, seguridad social, descanso y condiciones laborales justas. Es profundamente contradictorio construir el bienestar de unas personas sobre la precariedad de otras. Hoy, gracias a las movilizaciones de las trabajadoras del hogar, es posible que quienes las emplean las afilien al Seguro Social, pero la respuesta de empleadoras y empleadores ha sido más bien tibia.

La transformación que queremos para México tiene en los cuidados una tarea fundamental. Reconocer su importancia en la conversación pública abre una oportunidad que debemos llevar a la vida cotidiana: servicios accesibles y de calidad, presupuestos suficientes, apoyos para la vida independiente y condiciones que permitan conciliar el empleo con las responsabilidades de cuidado. El Estado tiene una responsabilidad central; los centros de trabajo, las comunidades, las familias y los hombres también deben asumir la suya.

Voces en las decisiones

Las mujeres cuidadoras, las trabajadoras del hogar, las personas mayores, niñeces, juventudes y las personas con discapacidad debemos participar en las decisiones. Nuestras voces permiten identificar lo que hace falta y construir respuestas pertinentes para cada territorio.

Octubre, mes de los cuidados, nos ofrece la posibilidad de colocar esta discusión en nuestras conversaciones y compromisos públicos. Pensemos en la madre que acompaña diariamente a su hija adulta a rehabilitación y que transita por espacios sin accesibilidad, en la mujer mayor que sigue cuidando a toda la familia, en hermanas y hermanos mayores que se volvieron tutores cuando murieron el padre o la madre, en quien trabaja fuera de casa y regresa a otra jornada que nadie remunera, en aquellas mujeres que sostienen, cuidan y tienen discapacidad. 

Nuestras experiencias deben orientar nuestras prioridades. Una sociedad incluyente necesita reconocer esas realidades y responder con apoyos concretos. El derecho al autocuidado también merece espacio: atender la propia salud, disfrutar del tiempo libre y construir un proyecto personal son parte de una vida digna.

Estoy convencida de que una cultura de paz comienza también en la manera en que nos hacemos cargo de la vida. Se construye cuando el agotamiento de una mujer deja de parecernos inevitable; cuando pedir apoyo encuentra una respuesta; cuando recibir cuidados permite seguir decidiendo y participando.

La transformación también se mide en quién tiene tiempo para descansar, quién puede realizar sus proyectos y quién cuenta con los apoyos necesarios para vivir con dignidad. El cuidado no debería ser una carga, sino un vínculo que se experimenta con autonomía y sin discriminación. Redistribuir los cuidados es hacer justicia. Es darle a la igualdad un lugar en nuestras casas, en nuestras instituciones y en nuestra vida común.♦ 

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