Sobre vivir para la música

Claudia Ramos · 30 de enero de 2026

Muchas cosas se han olvidado, pero algunas -en medio de toda esa bruma que significó la pandemia- siguen sonando en la mente. En mi caso y el de miles (cosa que puede certificarse con las reproducciones que tiene su música en diversas plataformas) la Canción sin Miedo de Vivir Quintana lo hace sin perder un acorde de fuerza y conquistando cada vez más públicos.

Traigo esto a colación por una razón sencilla: el ejercicio de escuchar la canción en los últimos días me ha hecho recordar la efervescencia que en 2020 se creó -porque no fue generación espontánea- en torno a la lucha de la llamada Cuarta Ola del Feminismo y desde ahí a muchas otras enarboladas por banderas de disidencia y diversidad.

Que tiemble el Estado, los cielos, las calles, que tiemblen los jueces y los judiciales“, canta Vivir Quintana, para iniciar algo que hoy es un himno para muchas personas y que, en su momento, llegó a preocuparle por los efectos que podría llegar a tener por aludir de “alguna manera” al himno nacional mexicano. Alguna manera: la frase de “Y retiemble en sus centros la tierra, al sororo rugir del amor”.

Esto último lo sé no por la fortuna que he tenido de entrevistarla -unos días después del estreno de la canción en 2020, en el programa que entonces conducía junto a Ilana Sod en Aire Libre FM- sino porque también en estos días he estado leyendo Sobre-Vivir Para la Música, la memoria personal publicada por Sexto Piso que la cantautora se dio a la tarea de escribir.

Portada del libro Sobre-vivir para la músicia, de Vivir Quintana.

Qué bueno que Vivir Quintana haga un ejercicio de memoria así. Uno en el que se remonta a su infancia en Coahuila y a sus inseguridades primigenias. A esa tierra en la que nació, creció y lloró, pero en la que también encontró las primeras alianzas que la llevarían al camino que hoy transita. Qué bueno que lo haga porque en estos tiempos de posverdad, fórmulas diseñadas con IA y algoritmos por todos lados, Quintana nos recuerda que el arte nace de lo humano y, en el mejor de los casos, de un ejercicio de colaboración, de colectividad.

Y es que Vivir recuenta en el libro de la misma forma (amorosa, cabe decir) colaboraciones recientes que contribuyeron a catapultarla, como la icónica ya que hizo con Mon Laferte en el Zócalo, así como también esas que la empujaron a buscarse en la música, como el maestro Hugo, de los primeros en creer en ella, o Don Chuy, responsable directo de enseñarle a tocar guitarra en un tiempo en el que muchas voces le repetían que “las niñas no tocan instrumentos”.

Vivir Quintana con su guitarra.

Qué bueno que Vivir escriba para contarnos sobre esa niña que fue, porque en tiempos en los que millones de niñas mexicanas están viendo a una presidenta liderar un país, millones también puede hacer de una memoria así el cimiento de carreras en la música. Qué bueno que sepan que las niñas también pueden cantar, componer y crear música y todo lo que se les venga en gana.

Qué oportuno que escriba Vivir una memoria sobre el camino recorrido en tiempos en los que la reconfiguración constante de la industria cultural exige que hablemos de ello: de cómo hibridar y colaborar es más urgente que nunca y de cómo es que la autenticidad no puede dejar nunca de ser un valo. En un tiempo en el que la congruencia brilla por su ausencia en los discursos artísticos de muchas figuras, la pluma de Quintana nos confirma que la consistencia abre puerta a la potencia.

Las libretas de Vivir Quintana.

Y en esto último radica otra razón para pensar lo bueno de una apuesta literaria de este tipo: qué bueno que Vivir escriba sobre la manera en que ha mezclado su arte con su experiencia de vida -influenciada por el contexto de violencia del país, sus muertas, sus feminicidios, sus fosas y sus cárceles de mujeres llenas de injusticias-, porque nunca sobra una voz cantante que incite a la rabia digna que necesitamos para seguir construyendo un mundo caminable y respirable. En estos tiempos: alimenta y encamina.

Qué bueno que Vivir Quintana nos siga cantando esta “Canción sin Miedo” que sonoriza el México que somos y el que podemos ser.