Sobre la felicidad y otros talentos

Redacción Animal Político · 17 de julio de 2020

Sobre la felicidad y otros talentos

Abuela:

Si vieras a Nicolás, te fascinarías con él tanto como yo. Y es que Nicolás tiene un talento: sabe ser feliz. No te puedo decir dónde ni cuándo lo adquirió: así se presentó en este mundo. 

Hasta hace poco pensaba que la felicidad era una puerta abierta para todos y que atravesarla era el máximo acto de voluntad. Estuve equivocada todo este tiempo. Para ser feliz se necesita talento.

Como el talento que tú tenías para pintar o para acomodarte y dormir en una cama diminuta, rodeada de cojines y cobertores de todos los tamaños y texturas, con la cabeza recargada sobre el buró, junto a tus aretes y tus lentes, sin que nada te despertara. O el talento para disfrutar un tequila a la una de la tarde, pasara lo que pasara. O el talento para dirigir la flecha de las conversaciones en el sentido que querías. O el talento que tenía tu mirada para marcar tus límites y para extender tus territorios conquistados.

¿Hubiera sido yo capaz de descubrir un talento si no fuera por ti? ¿Puede considerarse un talento compartido que mantengamos estos diálogos, más allá de la vida? Me hablas, abuela. A veces solo susurras cuando tengo dudas y me calmas.

Dicen que el olor es nuestra máquina del tiempo, así que hace unos días compré una pomada de enebro con la ilusión de visitarte y, cuando la destapé, pude sentarme junto a ti mientras untabas un poco sobre tu brazo cubierto de manchas, arrugado, suave. 

¿De cuántas maneras seguiré extrañándote? Cada vez que Nicolás es feliz te extraño. Pero no te extraño como si me hicieras falta: te extraño porque me encantaría que esta felicidad que siente él y que siento yo también hubiera sido tuya. Y te extraño con el deseo de que fueras tú la que le untara pomada de enebro a mi hijo en cada golpe que le espera. Si lo vieras, abuela. A diferencia mía, a Nicolás le importa poco el dolor. Por eso sé que te fascinarías con él tanto como yo lo estoy. 

Te cuento algo habitual para que te des una idea: no se cansa de perseguir a Lou, nuestra gata, por todo el departamento; hasta que la atrapa y la besa y le jala la cola y se queda con un mechón de pelo en su mano. Y Lou, te lo juro, lucha contra su naturaleza hasta que saca las garras y hace lo propio, pero a Nicolás no le importa el rasguño que recibe: él quiere a Lou. Y corre tras ella y la atrapa. Cada día.

Con qué claridad se ama en la infancia, ¿no crees? No existe nada que se interponga entre un niño y lo que ama. 

Esta noche, mientras lo dormía, después de unos minutos de silencio y oscuridad, me abrazó, me dio un par de besos en la cara y me dijo “mamo, mami”, en ese naciente idioma suyo. Lloré de alegría. Porque nunca me imaginé que este talento que mi hijo tiene para ser feliz me lo compartiera con tanta generosidad.

Por todo eso ahora te escribo, porque quiero compartirte esto que tenemos Nicolás y yo. Y porque quiero que también sea tuyo, donde quiera que estés. Estoy muy feliz y quería que lo supieras. Yo tengo un talento: sé querer. Aunque, a diferencia de Nicolás, que es feliz sin haberlo aprendido de alguien, yo aprendí a querer de ti.

@barbarahoyo