Sobre la enfermedad

blogeditor · 20 de mayo de 2013

Sobre la enfermedad

“Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos.   Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuye para mí a medida que la enfermedad mortal progresa”.

Marguerite Yourcenar.  Memorias de Adriano.

 

“El living tiene la mejor luz” -pensamos.

“Allí estará tieso y acostado del todo; es más: silencioso y muriendo, pero iluminado y fresco…”

Y empujamos la cama rentada de hospital, rechinando sus ruedas por última vez.

***

 

1.

Aún quedaba pendiente cuándo y cómo moriría mi hermano. Pero con un Terminal en casa esa espera ocurre lenta, casi disecada, y la realidad parece un pescado crudo de ojos vidriosos, de ésos que ni se inmutan cuando un cuchillo les saca el filete tras las branquias.  Y no me refiero realmente a una ausencia de sentir, sino más bien una realidad transformada que ni tiempo ofrece para indagarse.

Ese living estaba en la planta alta de casa. La cama la colocamos al fondo, junto al sillón pequeño, al pie de la ventana, y desde allí veía batallar su respiración de pecho inflado (mientras, un prisma de luz le hacía figuras), y los días se desinflaban rápidos en silencio de duelo anticipado que ignora el minutero, las horas, los días, las semanas.

Su rutina (la rutina) era la de un cuerpo inmóvil evaporándose perdidizo tras las sábanas. Esa espera de tiempo detenido de la que se habla: “se quedó vegetal” “está en coma” “está inconsciente”, con el cerebro al parecer inanimado, ya no sintiendo del todo, invadido…, (tal vez, nosotros, bultos extraños), y el día convertido en un opaco ciego que no ocurría, mas continuábamos a su alrededor cantándole cual familiares de #Cerrati persiana americana, ignorando si las voces eran recibidas, pero con la satisfacción de que tal vez nos escuchara.

(No quiero morirme todavía)  (Algunas cosas quiero ver aquí)

***

Dicen que nueve de cada diez enfermos en fase terminal prefieren morir en casa. En nuestro caso la distribución siguió igual, con mi hermano menor seguimos durmiendo en el cuarto contiguo, ése que antes los tres compartíamos, entre el living soleado y la escalera.  Entonces yo me despertaba temprano a hacer mis cosas, tal vez evadiendo, y antes de bajar por la escalera a la calle debía cruzar al borde de su cama, frente a sus labios resecos en respiración trabajosa, y de mi dedo destapador gotas del popote se rompían con sobresalto en sus labios que continuaban inmóviles, y un escurrimiento por el cachete izquierdo era un descontrol de cuerpo, y aunque la autonomía de la enfermedad aprisionada hace que sábanas húmedas parezcan no incomodar, de silenciosas heridas hay que cuidar al enfermo, en algunos puntos el peso coexiste con la inmovilidad, y el consecuente rozón es primero carne oprimida, después seña rojiza, raspón, cortada, y entonces llaga que molesta pulula ha sido generada con velocidad sorprendente, y una vez que una llaga brota es difícil controlarla, y es por ello necesario un programa de movimiento cobijero, que esparza los tiempos de presión que inciden en los puntos de contacto del acostado.

 

2.

Y así como los presos cruzan rayas en las paredes cada cinco años, así yo ranuré la fecha exacta en que mi hermano se quedó ciego.

***

– Lo recuerdo de muchas formas: …xi) manoteando al aire, gritando: “No veo”…  sumido en pánico ante la muerte de los colores, el borde de un desfiladero también ciego para nosotros.

Y apenas lo vi con las manos en la frente (encima del colchón, recargado en la cabecera), y apenas lo oí, subí autómata al cuarto a tatuar esa fecha exacta en la madera trasera de mis puertitas privadas, y pasados 23 años el eco de sus gritos y la marca sigue allí, esas puertas son de las que te llevas enmarcadas con tu recuerdo cuando tus padres ya viejos venden la casa infantil, algo más que el letrero de no traspasing que el hijo retira de su puerta, cuando la mamá viuda vende la casa para irse a un sitio más pequeño que le ajuste el presupuesto.

Y apenas lo pienso, y apenas recuerdo… comienzan a sucederse de forma más clara las imágenes de esa agonía de seis meses en el segundo piso de casa… una tarde lo vi llenar de vomito el lavabo, una erupción irracional llenarlo cual alberca de migas, pero el Cáncer es una fuerza que desborda lavabos, y la distancia del tiempo no amortigua pero si atempera, y por eso quiero aprovechar para seguir hablando y decírmelo…  la enfermedad llevaba meses rondando la casa en oculta latencia, así es, sin delatarse, todo parecía seguir igual, él cursaba entonces el primer año de la universidad, y en un momento, contrario a su costumbre, tuvo calificaciones penosas el semestre previo al colapso, siempre sus notas habían sido de letra pequeña alineada e implacable, de planas llenas sin ningún borrón, pero ese diciembre del 88 llegó a casa a hurtadillas con las notas bajo el brazo, divagando por los pasillos la presencia oculta.

“No sé, no puedo… siento que no me entran los números…” -nos dijo.

Y un día el tumor de cerebro llegó lento tras las cortinas, y así se siguió, hasta el final.

 

3.

Yo no estaba en casa ese día en que el Cáncer decidió por fin mostrarse.  Me había ido en un camión nocturno con un amigo a El Paso Texas, y todo el fin de semana la pasamos correteando pochas en el Cielo Vista Mall.  Las gringas las prestaban más fácil que las mexicanas, y a los dieciocho añitos lo único que quieres es que te las presten.  Recuerdo habérmela llevado a un mirador frío, y tocarle sus partes en una Brasilia. Se llamaba Karina, y sus hombros salpicaban. Traía un sweater de estambre, y aunque no me las dio del todo, hice mi mejor lucha arriba del cofre, estirando, intentando, insistiendo, ocurrió algo de un lado y del otro, y por lo menos me chupó los dedos húmedos, y por lo menos nos quedamos un algo pegosteosos en la parte de atrás de la retaguardia.

Pero a mi llegada todo estaba echado a andar: había ocurrido el colapso: se había detenido el tiempo: y el Cáncer se hizo presente con su golpe metálico. Pero de eso ya les contaré.

Por ahora recuerdo que había sol: cualquier ventana, y de pronto lo vi buscar algo como oculto en el aire, revoloteando simples sus brazos alocados…

“No veo” -me dijo. “No veo nada”.

22 / MAR 1989