Redacción Animal Político · 16 de enero de 2026
En 2018, el sistema electoral mexicano era bastante bueno en términos internacionales. El mapa 1 muestra los niveles de integridad en elecciones de 2018 y 2019 en el mundo medidos por el Perceptions of Electoral Integrity (PEI): el color verde en el mapa mundial indica altos niveles de integridad; el rojo indica bajos niveles de integridad. El verde de México es más intenso que el de Estados Unidos, que el de casi toda África, Asia y Europa del este, y se parece mucho al de Europa occidental, central y al de los países nórdicos… en esto sí, ¡como Dinamarca!

De 2018 a 2024, la integridad de nuestras elecciones bajó un poco sin que hubiera reformas legales, es decir, sin cambio en el diseño institucional. Esto puede deberse al desfinanciamiento y/o impericia de las nuevas autoridades electorales; a la conducta desleal o semileal con la democracia de partidos y candidatos, o al activismo electoral gubernamental y la impunidad con que lo hace, entre otras razones. Pero ni con este deterioro la integridad de las elecciones mexicanas es propiamente mala: en 2021 se sigue pareciendo más a la de Dinamarca que a la de Venezuela y/o Nicaragua, aunque en 2024 ofrece un resultado preocupante.
El buen lugar del sistema electoral mexicano en el mundo no lo tiene el sistema educativo, la seguridad pública, la infraestructura, el sistema de salud o los niveles de desigualdad y pobreza.
A nivel subnacional en México, el PEI se ha replicado desde 2015 y los resultados ilustran no sólo buenos sino crecientes niveles de integridad en elecciones locales.
Pensando comparadamente, no hay urgencia, no es necesario reformar ahora el sistema electoral mexicano, no a fondo, no en su totalidad. Sobra decir que la evidencia de su buen funcionamiento no se limita al PEI, que empezaron produciendo las universidades de Harvard y Sydney. Hay muchas más urgencias de reformas y/o simples mejoras en otras áreas como educación, salud, seguridad, desarrollo, desigualdad, pobreza, etc.
¿Por qué reformarlo, para qué reformarlo? Si no hay sorpresas, la mayoría de Morena impondrá cambios que en realidad serán una contrarreforma, cambios en una dirección inversa a lo que prevaleció desde 1977:
Si no hay sorpresas, la contrarreforma electoral de Morena en 2026 será el plan C de AMLO de 2023 y, de ser así, las consultas, foros, discusiones previas y posteriores sólo podrán ser calificadas de pantomima, dándole la razón a quienes decidieron no participar de ningún modo.
Como lo apunté párrafos arriba, el escenario negativo no sería una sorpresa, pero nada es inempeorable y podríamos recibir noticias más amargas y, eventualmente, hasta una que otra buena. Todo está en manos de Morena; todo. La paradoja, sin embargo, es que los aliados de Morena, es decir, el Partido Verde y el Partido del Trabajo, podrían hacer una defensa efectiva del diseño pluralista y democrático del sistema electoral, procurando sus propios intereses.
Faltan quince minutos para las doce y si la contrarreforma se consuma, la dirección de la línea mexicana (la verde, gráfica 1) de los niveles de integridad de las elecciones seguirá hacia abajo, arrastrando a su paso mucho más que las de por sí importantísimas elecciones en el país y en los estados.

* Nicolás Loza Otero (@NiLoOt) es doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por El Colmex. Coordinador del Proyecto de integridad electoral subnacional en México. Sus dos más recientes obras sobre integridad electoral son el artículo “Integridad electoral y órganos electorales subnacionales en México: el papel de la imparcialidad” junto con Ferrán Martínez i Coma, Max Grömping e Irma Méndez, publicado en la revista región y sociedad (2021) y el libro colectivo Integridad electoral. México en perspectiva global (2020).
Fuentes:
Sitio internacional del Electoral Integrity Project.
Sitio mexicano del Proyecto de integridad electoral.