blogeditor · 27 de julio de 2021
El próximo domingo 1 de agosto, el Instituto Nacional Electoral organizará y supervisará una jornada de consulta popular, a raíz de una iniciativa del presidente Andrés Manuel López Obrador para enjuiciar las gestiones de cinco expresidentes. Finalmente, la consulta no es para enjuiciar a los expresidentes, luego que la SCJN cambiara la redacción de la pregunta “que pretendía someter a referéndum la aplicación de la justicia”.
El proceso político para que la consulta tuviera lugar fue contencioso y largo. Sin embargo, el 1 de octubre de 2020, la Suprema Corte aprobó el ejercicio y la versión final de la pregunta con la que se consultará a la ciudadanía quedó así:
“¿Estás de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes con apego al marco constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas?“.
Más allá de lo deseable de este tipo de ejercicios, de las consecuencias políticas, de los jaloneos políticos de fondo, me interesa en particular observar este ejercicio desde una perspectiva metodológica. En particular quisiera analizar el planteamiento de la pregunta. Porque, más allá de las reglas que la legislación impone para que la consulta sea vinculante, esta consulta popular, como cualquier encuesta o sondeo, debe cumplir con ciertas características metodológicas que le permitan ofrecer un resultado confiable y representativo.
En la metodología de las encuestas se le dedica una enorme atención al desarrollo del cuestionario. Es crucial que las preguntas que lo componen estén planteadas en un lenguaje concreto y lo más claro posible; la ambigüedad y lo rebuscado es enemigo del resultado fidedigno. En ese sentido, la pregunta de 52 palabras y con varios niveles de subordinación gramatical que constituye el núcleo de la consulta es particularmente rebuscada.
No solo es deseable evitar la complejidad por una cuestión de comprensión de las personas a quienes se les aplica el cuestionario, sino también por la posible presencia de falacias o errores lógicos. Uno muy común es el de las preguntas de doble cañón –double-barrelled, en inglés–. Este tipo de preguntas comunes en las encuestas mal diseñadas son las que agrupan en la redacción más de un item o un concepto; son preguntas que incluyen varias interrogantes en la redacción. En estos casos, una respuestas sencilla –sí o no, por ejemplo– resulta inadecuada porque no queda claro a qué de la información que incluye la pregunta se está respondiendo.
Al consultar si las personas están de acuerdo o no con algo, y al mismo tiempo incluir subordinadas como “para emprender un proceso…” y “encaminado a garantizar…”, la cantidad de información rebasa y vuelve insuficiente la respuesta sencilla sí o no. Una interpretación para esta redacción enredada y sumamente complicada puede ser que esta pregunta fue redactada menos con claridad metodológica en mente y más bien cuidando en respetar los vericuetos jurídicos en juego
Según la metodología de las encuestas, el proceso de respuesta implica una serie de etapas cognitivas que se pueden resumir en cuatro: la comprensión de la pregunta, la recuperación de información, el juicio y estimación y finalmente el reporte de la respuesta. De los cuatro, el de la comprensión, junto con el juicio y la estimación, son los momentos cruciales de este tipo de ejercicios. El primero porque es el instante en el que interpretamos lo que se nos pregunta. El siguiente, porque tomamos una actitud y una postura frente a esa interpelación. Sin embargo, estos momentos en el proceso cognitivo son también posibles momentos en los que el error se haga presente. Por ejemplo por el hecho de que las personas interesadas en votar serán tendrán que leer la pregunta por su cuenta.
La consulta, contrario a otros ejercicios para conocer las opiniones de las personas, no será aplicada por algún entrevistador. El mecanismo será más bien el que conocemos de las jornadas de elecciones: las personas acudirán a los sitios establecidos en los que, después de identificarse, las personas recibirán una papeleta. En la papeleta –impresa en papel con algunas medidas de seguridad–, vendrá la pregunta y los cuadros con Sí y No, para que la persona marque su respuesta.
Las personas que aplican encuestas están entrenadas para saber qué hacer frente a problemas de comprensión, o cuando se necesiten clarificaciones respecto de las preguntas aplicadas. Una pregunta así de extensa y poco balanceada, incrementa muchísimo la probabilidad de que se produzcan estos momentos de confusión.
Los expertos en metodología han cuantificado que la confusión o la falta de comprensión de la pregunta se puede deber a hasta siete distintos tipos de errores, que van desde la ambigüedad gramatical y el uso de términos desconocidos, hasta las presuposiciones falsas y los inferencias erróneas.
Según las reglas de esta consulta, los resultados serán vinculantes si participa el 40% o más de los ciudadanos empadronados para votar. En números redondos eso quiere decir que tienen que participar más de 37 millones de personas. E independientemente de la cantidad de gente que acuda a responder esta consulta el primer domingo de agosto, el error metodológico de fondo en el planteamiento de la pregunta echa por tierra el esfuerzo y debilita la confianza en los resultados obtenidos.