Sobre el antropocentrismo en la conservación ambiental

blogeditor · 24 de agosto de 2022

Sobre el antropocentrismo en la conservación ambiental

En el Antropoceno, es decir, la época geológica propuesta como la actual en reemplazo del Holoceno —debido al significativo impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres—, la pérdida acelerada de otras especies en todo el mundo es tan extensa que muchos expertos ahora se refieren a ella como la sexta extinción masiva. Este fenómeno está impulsado, en gran parte, por el sistema capitalista extractivista y voraz, que justifica la transformación violenta del espacio y la pérdida sin precedentes de ecosistemas vitales, como los bosques y los humedales, a partir del discurso del crecimiento y el desarrollo económicos.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica, COP15, cuya segunda sesión tendrá lugar en octubre de 2022, tiene como objetivo principal implementar medidas ambiciosas para detener la pérdida de biodiversidad, y su meta a mediano plazo es establecer, para 2050, la armonía entre los seres humanos y la naturaleza, sea lo que sea que esto signifique. Sin embargo, en un artículo publicado en junio de 2002 en la revista especializada Biological Conservation se argumenta que los actores clave que redactan los informes sobre biodiversidad para la ONU, como el cuerpo de científicos de la conservación, continúan priorizando el bienestar humano por encima de todo. Esta priorización proviene de una cultura antropocéntrica y especista que considera que los humanos están separados ética y ontológicamente de y tienen mayor valor que otras especies.

Si en verdad se quiere abordar eficazmente una solución a nuestra crisis de extinción, es necesario algo más que simples avances técnicos o políticas que permanecen sumidas en suposiciones antropocéntricas. Más bien se necesitan cambios fundamentales en la forma como vemos y valoramos a la naturaleza y a las otras especies, y una Ética posthumanista que deconstruya la supremacía del ser humano es una buena alternativa.

El antropocentrismo, la creencia hegemónica que considera al ser humano el centro de todas las cosas y el fin absoluto de la creación, resulta en el tratamiento de otras especies y de la naturaleza como objetos mercantilizables y consumibles para satisfacer las necesidades humanas. Esta suposición todavía subyace en la forma en la que muchas personas abordan la conservación. En Geografía, Biología y Ciencias Ambientales, por ejemplo, los conceptos de “recursos naturales” y “servicios ecosistémicos” están muy legitimados y normalizados, y son términos que reflejan el enfoque antropocéntrico predominante para evaluar el valor de la naturaleza, especialmente a través de análisis económicos de costo-beneficio. Tales enfoques han encontrado respuestas sobre el valor cultural y ecosistémico que tiene una entidad natural dada, como un bosque o una especie animal, y han intentado luego asignarle un valor monetario. Las políticas basadas en el comercio de créditos de carbono o el pago a los países por no talar sus bosques son ejemplos de lo anterior.

La discusión en la COP15 se apoyará, en parte, en el trabajo de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES). Es un órgano intergubernamental independiente establecido por los Estados para fortalecer la interfaz científico-normativa para la diversidad biológica y los servicios de los ecosistemas para la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica. Fue establecido en la ciudad de Panamá, el 21 de abril de 2012, por 94 gobiernos, y es equivalente al IPCC, que aglutina al grupo de científicos que estudian el cambio climático.

En 2019, la IPBES publicó la Evaluación Mundial de la Biodiversidad y los Servicios de los Ecosistemas. En dicho documento se promueve el término “contribuciones de la naturaleza a las personas” como un marco más inclusivo, que capture el valor natural más allá de los meros indicadores e intereses económicos. El objetivo declarado de este texto es enfatizar que la naturaleza y otras especies no son únicamente mercancías, y resaltar la gama de contribuciones de la naturaleza, tanto materiales como no materiales, a la calidad de vida de las personas.

El informe es loable porque intenta incluir una gama más amplia de cosmovisiones y valores ambientales como base para la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, su enfoque sigue centrado en el ser humano: las especies no humanas todavía se valoran sólo instrumentalmente, en términos de lo que pueden proporcionarle a la nuestra. La relación entre los Homo sapiens y las demás entidades naturales todavía se centra en la percepción de su utilidad para que los humanos vivan la buena vida; no hay una referencia explícita a las buenas vidas de los cohabitantes de la Tierra, o de lo que podrían necesitar para prosperar. De hecho, el informe tampoco aboga por el valor inherente de todos los terrícolas, y esta carencia epistémica es un defecto profundo para cualquier plataforma que busque promover las transformaciones culturales fundamentales requeridas para cumplir con el objetivo de la armonía con la naturaleza que plantea la ONU para 2050.

Una alternativa más incluyente en los planes de conservación sería la de abordar, explícitamente, las obligaciones morales de los humanos hacia la naturaleza. Esta propuesta requeriría un cambio hacia el ecocentrismo, un punto de vista moral en el que se considera que cada especie y tipo de ecosistema tiene un valor intrínseco. Esta postura ética significa, en esencia, que los organismos no humanos y los sistemas ambientales tienen valor en sí mismos, y no son medios para fines humanos. Desde esta perspectiva, nos planteamos no sólo qué puede hacer la naturaleza por los Homo sapiens, sino cómo los seres humanos deben contribuir a la salud y la resiliencia de toda la biosfera y de todos los seres vivos.

En otra propuesta, el zoocentrismo postula la necesidad de que el ser humano afine su capacidad de entender y corregir las acciones que alteran los intereses primarios de otros animales, por ejemplo minimizando su sufrimiento. Así, plantea que, si realmente interesa el bienestar de los otros animales, el ser humano debería, al menos, observar tres medidas: fomentar el antinatalismo como una postura política individual de los humanos, siempre que tenga saldos positivos; conducir la alimentación humana hacia dietas basadas en plantas a fin de reducir la huella de carbono; y asumir una obligación moral de intervenir en la naturaleza para incrementar el bienestar de la vida sintiente, siempre que el saldo final sea positivo.

Hay varios motivos para virar hacia estas nuevas posturas éticas. Si persiste la valuación de la naturaleza y de las otras especies con base en lo que pueden proporcionarle al ser humano, no se podrá transformar radicalmente nuestra relación con ellos. Sus vidas no tienen precio, y su pérdida no puede ser cuantificada o recuperada. Después de todo, la extinción es para siempre. Su ausencia no sólo amenaza nuestra existencia, sino que constituye una grave falla ética. Además, es fundamental reconocer que las políticas innovadoras que se necesitan para prevenir la aniquilación biológica no pueden estar enraizadas en premisas antropocéntricas. Una respuesta adecuada a la crisis de la biodiversidad requiere un cambio fundamental en nuestros valores, con el que veamos a otras especies como parientes y como seres inherentemente valiosos.

* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del Turismo y Geografía de los Animales, y cuenta con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “Espacio social”, con la línea de descampesinización y turismo. También es co-coordinador del Seminario Permanente sobre Estudios Críticos del Turismo y profesor de “Geografía y Ética” en la Facultad de Filosofía y Letras, así como de “Ética, territorio y medio ambiente” del posgrado en Geografía.

 

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