Joel Aguirre · 25 de junio de 2026
Por Águeda Ale Valdés*
El domingo 31 de mayo, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo encabezó un evento multitudinario para reivindicar la soberanía nacional frente a las tensiones con Estados Unidos. Las imágenes fueron una plaza llena, discursos de unidad nacional, llamados a cerrar filas, una hilera de camiones y la reaparición pública del expresidente Andrés Manuel López Obrador como símbolo de respaldo político.
Sin embargo, el acto dejó una pregunta incómoda: ¿por qué un gobierno que afirma ejercer plenamente la soberanía necesita convocar a un evento con tintes de campaña para demostrarla?
La soberanía no se mide por el tamaño de una concentración pública ni por la capacidad de movilización política de un gobierno. La soberanía se demuestra cuando el Estado ejerce efectivamente su autoridad en todo el territorio; cuando garantiza el Estado de derecho; cuando protege a sus ciudadanas y ciudadanos; y cuando es capaz de mantener el control de las instituciones.
Ante esto, me pregunto: ¿quién es la verdadera amenaza hacia la soberanía nacional? Esta amenaza no siempre viene del exterior. Con frecuencia las amenazas nacen desde dentro: cuando las instituciones se debilitan, cuando la corrupción erosiona la confianza pública y cuando actores ajenos al Estado adquieren capacidad de influencia sobre gobiernos locales.
Hoy México enfrenta una realidad que debería inquietarnos más que cualquier discurso pronunciado desde Washington. En distintos puntos del país se multiplican las investigaciones, señalamientos y preocupaciones sobre posibles vínculos entre estructuras criminales y autoridades locales. El fenómeno ya no se limita a hechos aislados: comienza a dibujar un problema institucional de mayor profundidad.
Los recientes casos que involucran a municipios, funcionarios locales y redes de poder regional han abierto una discusión que durante años se evitó: la vulnerabilidad de los gobiernos municipales frente a la captura institucional. Cuando un ayuntamiento pierde capacidad de decisión, cuando las autoridades actúan bajo presión o cuando el poder público deja de responder al interés general, la soberanía comienza a deteriorarse desde abajo.
Por eso resulta paradójico que el debate nacional se concentre exclusivamente en las presiones externas mientras se minimizan los desafíos internos.
A ello se suma otra contradicción que durante años se ha presentado como una muestra de soberanía: la llamada soberanía energética. Desde el discurso oficial se aseguró que México recuperaría su capacidad de autoabastecimiento y reduciría su dependencia del exterior. Sin embargo, la realidad muestra un panorama distinto. El país continúa dependiendo de importaciones de gas natural y combustibles, mientras proyectos multimillonarios no han logrado traducirse en una mayor eficiencia ni en una verdadera seguridad energética.
La soberanía energética no se construye únicamente con grandes anuncios o con la defensa simbólica de las empresas del Estado. Se construye con planeación, inversión eficiente, diversificación de fuentes de energía y decisiones públicas que privilegien resultados por encima de las narrativas políticas. Porque un país que aún depende del exterior para garantizar parte importante de su consumo energético difícilmente puede afirmar que ha alcanzado plenamente la autosuficiencia que prometió.
La verdadera pregunta no es si México defenderá su soberanía frente a Estados Unidos. La verdadera pregunta es si el Estado mexicano está dispuesto a defender su soberanía frente a quienes buscan capturar instituciones, controlar territorios o sustituir la autoridad legítima por poderes fácticos.
Porque la soberanía no se defiende únicamente en los discursos presidenciales. Se defiende cuando un país cuenta con instituciones fuertes y transparentes. Se defiende cuando la justicia actúa sin distinciones políticas. Se defiende cuando la corrupción encuentra consecuencias. Se defiende cuando ningún grupo puede imponerse por encima de la ley.
México necesita una conversación más profunda y menos propagandística sobre la soberanía. Una conversación que vaya más allá de la confrontación con actores externos y que se atreva a mirar los problemas que están ocurriendo dentro de nuestras propias fronteras.
La soberanía no debería ser un acto político de un domingo. Debería ser una realidad cotidiana que se refleje en cada municipio, en cada institución y en cada decisión pública.
Y mientras existan regiones donde el Estado enfrenta dificultades para ejercer plenamente su autoridad, la discusión pendiente no será cómo defender la soberanía de México ante el exterior, sino cómo reconstruirla desde adentro. ♦
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*Agueda Ale Valdés es integrante de la Coalición por el Derecho al Cuidado Digno y Trabajo Propio de las Mujeres. Fundadora de la Fundación Alfonso Ale, A. C., asociación civil que apoyaba a mujeres e infancias en temas de empoderamiento y cultura de paz. Su experiencia se ha enfocado en las áreas de responsabilidad social, igualdad de género y justicia social. Es integrante de la red Aúna en el capítulo CDMX. Redes: @AunaMexico