blogeditor · 1 de agosto de 2013
Sorprenden los negocios innovadores exitosos. Esas ideas ya materializadas que son acogidas en forma positiva por el público consumidor, ya sea por la diferenciación o calidad del producto, o por haber encontrado un nicho no explotado. Pero sorprende aun más dar vuelta a la esquina, andar vagando por allí y encontrar de pronto en la acera un proyecto que a todas luces parecería sueño imposible, y que sin embargo anda por allí haciendo ruido con sus números negros. Tal es el caso de Sketch Book Project.
Las economías desarrolladas, donde el acceso a las nuevas tecnologías se ha democratizado, dan pie al éxito de proyectos atípicos. Es común escuchar sobre “crear condiciones de mercado más aptas para los emprendedores” o “potenciar nuevos proyectos a través de apoyos de las incubadoras de negocio” o “promover el emprendimiento de los jóvenes a través de políticas públicas efectivas”, pero esos conceptos comúnmente distan mucho de encontrar en la realidad tajante de la acera un proyecto concreto funcionando.
Es el caso del negocio de “Libros Sketch”, que más bien deberíamos llamarle galería o biblioteca o cueva de las sorpresas. Se trata de un lugar que cobra para reunir libros sketch en un local del área de Williamsburg en Brooklyn, justo esa zona donde el hipsterismo y la gentrificación parecen haberse inventado. Precisamente esa región del mundo de alto consumo, con amplia penetración de Internet y arraigo entre los jóvenes a las nuevas tecnologías, potencializan y amplían las perspectivas de sus negocios. Así surgieron los chicos de Printed Matter, que deslumbran con sus ediciones. O la pujanza de The Power House Arena, que con la publicación de esos libros imposibles ya compite con Taschen o con Phiadon. O Vice, que viene rompiendo moldes desde el Montreal de los noventas. Y es precisamente lo que pasa en el espacio de Sketch Book Project.
La idea fue tener un lugar fuera de las galerías donde la gente pudiera publicar sus pequeños libros de notas, al margen de los circuitos de arte. Si vas de viaje y llenas un librito con tus notas, se los mandas y ellos lo guardan. El proyecto, que parecería una locura, ha funcionado; tuvo un crecimiento orgánico y ya tienen 27 mil libros, 22 mil en el local de Brooklyn y 5 mil en una troca que es como un taco truck, pero con libros. Su fuente de ingreso es la cuota de sumisión que se paga al comprar el libro en blanco. Después te vas a tu casa y se los mandas cuando lo termines, cuando termines de dibujar o escribir lo que quieras. Tiene un sistema computarizado de rastreo que te permite filtrar e indagar, y si los visitas te van pasando joyitas una a una, como una forma deliciosa de pasar la tarde. Esa increíble colección de Sketch books es también digital, interactúa en Internet, y en el mundo físico anda ya viajando por Australia, el Reino Unido, todo Estados Unidos. Los chicos fundadores han creado un negocio propio viable como medio de subsistencia, pero no sólo eso, sino que también han creado una gozada para quien los visita y los hojea, un éxtasis de libritos rellenados que maravillan con su dinosaurio amarillo.
Ante este tipo de ideas, de proyectos que crecen, no queda más que insistir en facilitar las cosas al emprendedor mexicano y seguir apostando en las ideas frescas de los jóvenes. Que sean ellos y sus ideas los destinatarios de las políticas públicas. Que se impulse desde el Estado el acceso a la banda ancha para todos, el hacer eficientes y ágiles los vehículos legales, el apoyo a las Pymes, el simplificar trámites administrativos, un largo etcétera. Es una tarea titánica abrirle las puertas al talento, a las ideas nuevas, hacer una economía más robusta y competitiva, y permitir que florezcan proyectos innovadores y con alto valor agregado. Pero en eso debe seguirse trabajando.
En días recientes en la ciudad de México estuve en la apertura del Campus Party 2013 de Telefónica. Según se puede leer en la web del Campus, su misión es: “empujar el proyecto de jóvenes innovadores del país, con el objetivo principal de fomentar la creatividad empresarial y desarrollo de ideas de negocio, pretendiendo ayudar a Startups digitales y Makers de hardware a encontrar financiación, talento tecnológico y clientes”. Se trata de un galerón enorme donde han metido a 8 mil chicos con banda ancha ultra rápida, asesoría, empuje y dinamismo para hacer explotar sus proyectos de negocios. Hay 4 mil casas de campaña donde duermen los chavos y estarán hasta el 4 de agosto en el Centro Bancomer en Santa Fe. Vale la pena ir a ver lo que están haciendo. Aunque sea por mera curiosidad.
En la apertura del Campus Party me llamó la atención las palabras de José Ignacio Peralta, Subsecretario de Comunicaciones de la STC. Hablaba de la penetración de Internet de sólo el 40% de los mexicanos, 4 de cada 10, y de que sólo 1 de cada 10 tiene Internet de alta velocidad. Les hablaba a los jóvenes allí presentes tratando de hacerlos caer en cuenta que en este país de carencias son pocos los que tienen acceso a las nuevas tecnologías, y que precisamente esos pocos deben tomar conciencia de ello. Precisamente esos pocos, decía, son a su vez corresponsables (como somos todos nosotros, los que estamos leyendo estas letras desde un monitor) de hacer lo que esté a nuestro alcance para alentar/apoyar/ayudar/enseñar a quien pudiera ser más eficiente y progresar en sus actividades mediante la utilización de la tecnología.
Hay tanto por hacer y, es cierto, es responsabilidad de todos. Esos círculos virtuosos de colaboración son también palanca fundamental para el crecimiento y la innovación.