Joel Aguirre · 13 de julio de 2026
La reciente cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, capital de Turquía, estuvo marcada por diversos debates como el incremento del gasto en defensa, la guerra en Ucrania, las tensiones entre Washington y algunos de sus socios europeos, la búsqueda de la Casa Blanca de un mayor apoyo europeo en el conflicto con Irán y la redefinición estratégica de la Alianza frente a Rusia y China. Sin embargo, más allá de estos temas, uno de los asuntos que no podemos dejar de lado es el lugar que Siria ocupó en la agenda de la cumbre, y el papel que Damasco comienza a ocupar dentro de la estrategia de seguridad occidental, sobre todo en la medida en que Siria comienza a convertirse en una pieza central de la arquitectura de seguridad del Mediterráneo oriental y del flanco sur de la OTAN.
La transformación de Siria, de un régimen en gran medida aislado de Occidente a otro cada vez más cercano a sus intereses, puede explicarse en buena medida por el ascenso al poder de Ahmed al-Sharaa, también conocido como Abu Mohamed al-Golani. Exlíder yihadista vinculado a Al-Qaeda, que llegó al poder en enero de 2025 tras la caída del régimen de Bashar al-Assad, desde entonces ha impulsado un giro en la política exterior siria. Lejos de mantener la confrontación con las potencias occidentales, su gobierno ha emprendido una intensa campaña diplomática para normalizar las relaciones con ellas y romper el aislamiento internacional que caracterizó a Siria durante los últimos años.
En este sentido, el régimen en Damasco pretende legitimar su autoridad al buscar obtener reconocimiento internacional, atraer inversiones para la reconstrucción del país y garantizar la supervivencia del nuevo gobierno mediante una relación más estrecha con Estados Unidos, Turquía y las potencias europeas.
En ese contexto, la cumbre de Ankara fue significativa para Damasco. Aunque Siria no forma parte de la OTAN ni existe un proceso formal para una cooperación institucional, varios de los principales miembros de la Alianza como Estados Unidos, Francia y Turquía parecen coincidir en la idea de que la estabilidad regional depende, en buena medida, de la consolidación de un gobierno sirio capaz de ejercer autoridad sobre todo el territorio nacional y evitar un nuevo ciclo de fragmentación política.
Uno de los principales promotores de esta estrategia es Turquía, que considera el futuro de Siria un asunto de seguridad nacional. Para Ankara, un gobierno en Damasco capaz de ejercer control sobre todo el territorio sirio reduciría la inestabilidad fronteriza, limitaría el fortalecimiento de organizaciones kurdas consideradas una amenaza y facilitaría el eventual retorno de millones de refugiados. Por ello, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan ha intensificado el diálogo con el gobierno de Al-Sharaa. En este contexto, la reciente cumbre de la OTAN en Ankara permitió reforzar esta visión y consolidar el papel de Turquía como un interlocutor entre Occidente y el nuevo gobierno sirio.
Estados Unidos también parece avanzar hacia una política de mayor acercamiento con Damasco. El encuentro entre Ahmed al-Sharaa y Donald Trump representó un gran respaldo al nuevo liderazgo sirio. Sobre todo porque la Casa Blanca ha comenzado a privilegiar la estabilidad del país como un objetivo estratégico. En esa línea, destaca la intención de retirar a Siria de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una medida que facilitaría inversiones, aliviaría restricciones financieras y favorecería la reintegración económica de Damasco a la economía global, además de fortalecer la legitimidad interna e internacional del gobierno de Al-Sharaa.
Europa también modificó su postura con el nuevo gobierno en Siria. La visita del presidente francés Emmanuel Macron a Damasco previo a la cumbre en Ankara simboliza la consolidación de este cambio, impulsado por una creciente prioridad por estabilizar Siria, asi como de un interés económico de participar en la reconstrucción del país. De igual forma, para varios gobiernos europeos, la reconstrucción del Estado sirio no solo contribuiría a la seguridad regional, sino que también abriría la puerta a negociar con Damasco la repatriación de miles de refugiados sirios que permanecen en territorio europeo, un interés presente en varias capitales europeas.
Esta coincidencia entre Washington, Ankara y París refleja un cambio profundo respecto a la estrategia seguida durante buena parte de la guerra civil. Durante años, diversas potencias respaldaron distintos actores locales con objetivos muchas veces contradictorios. Actualmente, al menos en el seno de la OTAN, parece emerger una visión más uniforme basada en apostar por un gobierno central relativamente fuerte antes que favorecer una prolongación indefinida de la fragmentación territorial. La reconstrucción institucional del Estado sirio aparece en la visión occidental como una condición para garantizar una mayor estabilidad en el Mediterráneo oriental.
No obstante, esta estrategia contrasta con la visión que ha mantenido Israel respecto al futuro de Siria. Mientras Ankara, Washington y París parecen apostar por la consolidación de un Estado sirio unificado bajo el gobierno de Al-Sharaa, Israel ha privilegiado una política orientada a impedir que surja un vecino fuerte y plenamente cohesionado. Para ello, ha fortalecido vínculos con distintos actores locales y comunidades en el sur de Siria, buscando crear zonas de influencia que funcionen como un colchón de seguridad frente a posibles amenazas. Desde esta perspectiva, una Siria fragmentada y con centros de poder dispersos resulta más favorable para los intereses estratégicos israelíes que un gobierno central capaz de proyectar autoridad sobre todo el territorio nacional. Esto, evidentemente entra en tensión con los intereses de la OTAN y sobre todo con los de Turquía.
Si bien la OTAN no ha adoptado una posición formal sobre el futuro político de Siria, la presencia de representantes del gobierno sirio en la cumbre de Ankara sugiere que la estabilidad del país ha pasado a formar parte de la agenda estratégica de Occidente. De esta forma, el acercamiento al gobierno de Al-Sharaa indica que, al menos para Ankara, Washington y París, una Siria unificada constituye hoy un interés conjunto para contener la inestabilidad en Oriente Medio y el Mediterráneo Oriental, aun cuando esa visión continúe chocando con los intereses y estrategias de otros actores regionales.♦