blogeditor · 27 de agosto de 2013
Ahora en la búsqueda de información sobre la ya tan manoseada reforma energética, me encontré con una serie de datos que al menos a mí me parecieron medianamente interesantes y que podrían serles de utilidad para formarse una opinión razonablemente informada con respecto a las distintas propuestas que ya están circulando en el ambiente político nacional.
El primero de ellos tiene que ver sobre cuánto aporta al gasto público esa vaca sagrada (y ensangrentada) que ha sido PEMEX en los últimos, digamos 20 años. Según datos de la mismísima Secretaría de Hacienda, en las últimas dos décadas la multicitada paraestatal (que ni es empresa realmente, ni es dependencia pública tampoco) ha aportado en promedio, la tercera parte de lo que llamamos Presupuesto de Egresos de la Federación. El resto, lo ponemos las empresas y los ciudadanos a través de impuestos.
Esto nos lleva a pensar que las finanzas públicas del país dependen en gran medida de una fuente de ingresos bastante voluble, ya que pueden variar dependiendo del humor en el que amanezcan los mercados internacionales, especialmente los del petróleo. Es como si trabajáramos en una empresa de comida y nuestro sueldo dependa de a cómo se vendan las tortas de queso de puerco ese día. Eso nos impediría embarcarnos en la compra de una pantalla de plasma, por muy chiquitos que sean los pagos, porque no sabremos cuánto dinero tendremos para gastar no sólo el mes o la semana siguiente, sino mañana mismo.
Para que nos quede más claro, la variación en el precio del petróleo mexicano ha cambiado muchísimo inclusive en los últimos diez años. Por ejemplo, según datos de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, en el 2003 el precio del barril del petróleo que produce PEMEX costaba 24.78 dólares. Tres años después, el precio ya se había duplicado y se vendía a 53.04 dólares el barril. En el 2008, año en el que se disparó el precio del petróleo e hizo que el gobierno mexicano de plano se sintiera como Güicho Domínguez, el barril costaba 84.38 dólares.
Sin embargo, como a toda pachanga le viene la cruda, en el 2009 ese mismito barril de petróleo mexica ya se conseguía a sólo 57.44 dólares y por tanto las finanzas públicas se vieron extremadamente presionadas. Sobre todo porque se pronosticó que ese año el precio sería cuando muy malo, como el que se había tenido en el 2008. Craso error.
¿Ven cómo el mercado petrolero puede ser tan ingrato y no apto para cardiacos? Un día puede hacer que no sepas ni qué hacer con tanto dinero y al otro te andes tronando los dedos porque te embarcaste con gastos que no puedes pagar porque pensaste que la bonanza iba a ser para siempre. Pero como si las emociones no fueran suficientes, en el 2010 el precio empezó a crecer y crecer y crecer otra vez. Ya para el año 2012 el precio del tesorito mexicano anduvo en promedio a 108.71 dólares por barril y el síndrome de Güicho Domínguez de nuevo hizo su aparición, ahora en nada más y nada menos que en año electoral, no vaya a ser.
Pero la pregunta importante es ¿qué hace PEMEX con todo ese dinero que le entra de la venta de petróleo?
La respuesta no es fácil, pero me esforzaré para ver si lo puedo explicar bien. Por un lado, según la propia Secretaría de Hacienda, en las últimas dos décadas, PEMEX tuvo que pagarle al año ¡dos terceras partes de sus ingresos! Esto quiere decir que por cada 100 pesos que la paraestatal vendía, 65 pesos se los tenía que dar a Lolita. Eso truena a cualquier changarro, incluyendo a Pepe y a Toño.
Otra forma de ver la misma cosa es que, según la Comisión Nacional de Hidrocarburos, si miramos solamente la última década (no los últimos veinte años como lo hicimos con Hacienda) lo que realmente le quedó a PEMEX como rendimiento neto, es decir, ya descontando gastos de operación y pago de impuestos, fue de tan sólo el 2.4%. Y todo, porque en los últimos diez años la paraestatal dedicó, en promedio, el 72% de sus ventas al pago de impuestos. ¿Eso es negocio?
Todo este asunto debería hacernos pensar qué es lo que se debe hacer con PEMEX y su régimen fiscal tan brutal y si es necesario pensar la reforma energética junto con pegado con la reforma fiscal. De tal modo que hagamos que el sector energético, en este caso PEMEX, pueda conservar una importante parte de la lana que ingresa por la venta de petróleo en vez de pagársela a Lolita para que se use para financiar el gasto público, mientras un amplio sector de la población no paga impuestos como se debe o simplemente, no paga impuestos, por x ó y razón.
Si queremos realmente que la empresa “de todos los mexicanos” realmente despegue, se capitalice y ayude a que la economía del país y la de todos los mexicanos (y mexicanas) realmente mejore porque es más eficiente y productiva, y con ello pueda darnos energía más barata (ojo, no subsidiada), será necesario dejar de verla como esa vaca lechera con ubres inmensas e inagotables, y empecemos de una vez por todas a tener el detalle y el buen gusto de pagar todos nuestros impuestos y con ello, a exigir que se gaste mejor y de una manera más transparente.