Redacción Animal Político · 9 de marzo de 2026
Por: Paula Sepúlveda Kischinevzky
A mis hijos Nano y Mati
Las luchas no deben ser excluyentes. Ninguna lucha y mucho menos una conquista. Mi feminismo se duele cuando escucho a una mujer decir que si no tienes vulva no puedes entrar al baño de mujeres, o cuando en la escuela de mis hijos no pueden participar en las actividades del día internacional de la mujer porque son hombres, o al rechazar a los hombres en la marcha del 8M. ¿A dónde pensamos llegar cuando lo hacemos? ¿Qué estamos defendiendo cuando no dejamos que una mujer con pene entre al baño de mujeres? Estas mujeres sufren una doble discriminación, la de los hombres (de toda la vida y que además pasa por el filtro en el cual se atreven a no abrazar el privilegio de ser hombres, machos, y prefieren ser el sexo débil, ¡qué ofensa!) y la de las mujeres (a partir de que “no pueden entender por lo que las mujeres pasamos”). ¿A dónde vamos a llegar si los hombres no caminan con nosotras para alcanzar una nueva configuración social?
Algunos hombres se sienten completamente fuera del feminismo. Son señalados como el enemigo, cuando se trata de una construcción social de la cual también son víctimas. Derivado de ello, la sociedad les ha asignado un papel histórico con labores concretas: deben ser proveedores, no llorar, tener músculos, jugar fútbol o cualquier deporte rudo, ser una autoridad, echar piropos, tocar o mirar los senos de las mujeres en la vía pública, no desempeñar labores domésticas, de lo contrario son perdedores, maricones, putos o mandilones. ¿Qué hombres queremos? ¿Qué hombres pueden hoy acompañar a estas mujeres? ¿Cómo podemos ser verdaderos compañeros de vida, cuando unos son excluidos de esta lucha?
El 8M es un día para las mujeres y, por tanto, los hombres no participan de las actividades. ¿Es esto lo que queremos? ¿Un día de mujeres? O queremos una nueva lógica donde hombres, mujeres, mujeres trans, personas no binarias y el largo etcétera que existe (resultado de nuestra necesidad de clasificarnos), convivamos de una manera equitativa, pacífica, respetuosa, solidaria. Donde las tareas de cuidados se hagan de manera repartida de acuerdo con las capacidades y posibilidades de cada quien, donde la contribución económica sea dialogada, acordada y no sea un instrumento de control, donde las decisiones conjuntas sean asumidas de manera compartida, donde las tareas y colores no sean designados por el género, sino que sean solo eso: tareas y colores.
Segregando a los hombres le hacemos un flaco favor al movimiento y hacemos aún más distante la transformación total de la sociedad. Las juventudes han mostrado nuevas formas de machismo reflejadas en la figura de los Incel, por ejemplo, que de acuerdo con la Wikipedia “es un acrónimo en inglés de involuntary celibate (célibe involuntario), que define a miembros de comunidades virtuales, mayoritariamente hombres, que se consideran incapaces de conseguir relaciones románticas o sexuales. Esta subcultura se caracteriza por la misoginia, la baja autoestima y, a menudo, la justificación de la violencia contra las mujeres o personas sexualmente activas”.
Espero un día poder ir a la marcha del 8M con mis hijos y con mi marido, no en el contingente que lo permita, sino en cualquiera, porque todas y todos entendamos que es una lucha compartida, donde todas las personas hemos sido víctimas de un sistema hetero patriarcal con violencias múltiples asociadas al papel que debemos desempeñar en la sociedad y que busca definir no solo conductas, sino hasta a quién y cómo debemos amar. Nos hemos hecho tanto daño, estamos tan lastimadxs, que ni siquiera somos capaces de observar las heridas que esta construcción ha generado en nosotrxs. Casi a diario descubro una pequeña cosa más en la que he sido víctima de un micromachismo o que observo cómo alguno de los míos se siente amenazado por algo relacionado a esto. ¿Por qué no paramos ya con las expectativas y somos quien queremos ser? ¿Qué nos detiene? Si como dijo Viola Davis hace unos días al recibir el Premio presidente de la NAACP: “la definición del infierno es: en tu último día en la tierra, la persona que te convertiste se encontrará con la persona que podrías haber sido”. A la única persona a la que le vamos a rendir cuentas de nuestra existencia en el último segundo es a nosotrxs mismxs.
Tengo la certeza de que la lucha feminista no tendrá éxito si la mitad de la población no se involucra y si no dejamos que se apropie de la lucha, es más, creo que debería ser una exigencia. Las convocatorias futuras del 8M deberían estar dirigidas a mujeres y hombres, con énfasis en los hombres; no hay mejor ejemplo para nuestros hijos varones, además de las que reciben en casa, que participar en estas manifestaciones en las que pueden percibir en toda la dimensión la necesidad de cambiar, entre otras cosas, porque son los que van a vivir con estas mujeres en las que nos hemos convertido. No pueden quedar atrás. Por nuestros hijos, tus hijos y porque los hombres del futuro sean los que hemos soñado siempre, sin ellos, no.