blogeditor · 21 de noviembre de 2014
Las marchas de ayer han sido históricas, pero más históricas serán si logramos traducir las consignas en cambios que transformen al país. El camino será largo; hay que disminuir radicalmente la inequidad y los niveles de pobreza, elevar la calidad educativa, tener cuerpos policiacos confiables y un montón de cosas más, pero para que todo ello sea posible tenemos que tener una clase política honesta y el primer paso para conseguirlo es eliminar todos los mecanismos de corrupción que han creado para protegerse. Acá algunas ideas:
Impunidad
La justicia es igual para todos o no es. Y en México no es porque los responsables de las decisiones políticas están blindados con el fuero para no enfrentar denuncias penales en su contra. Ejercen sus cargos tranquilos sabiendo que ellos no pisarán la cárcel.
Empezando por el Presidente y pasando por los gobernadores, presidentes municipales, diputados locales y federales, los senadores, los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, los magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral, los consejeros de la Judicatura Federal, los Secretarios de Estados, los Procuradores de Justicia y los consejeros del Instituto Nacional Electoral tienen el camino libre para abusar del poder y cometer actos ilícitos, sin consecuencias.
La inmunidad es impunidad. Eliminarla es el primer requisito para eliminar la corrupción
Los que los juzgan
El respeto a los derechos humanos, la legalidad y transparencia del gobierno dependen de la voluntad de los grupos en el poder. Han creado un sistema de justicia que responde, en muchas ocasiones, a sus intereses.
Sólo ellos pueden elegir a quienes los vigilan y los juzgan. Determinan a los árbitros de la contienda electoral al nombrar a los consejeros del INE, y a quienes han de garantizar la honestidad y transparencia en la función pública cuando nombran a los comisionados del IFAI; lo mismo pasa cuando nombran al titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
La elección manipulada de quienes ocupan todos estos importantes cargos difícilmente garantiza su imparcialidad. Cuando los nombran esperan reciprocidad y en la gran mayoría de los casos la obtienen. Los grupos en el poder están más concentrados en nombrar personas que mantengan sus privilegios que en garantizar justicia, transparencia e igualdad a los mexicanos.
El más elemental principio para garantizar la imparcialidad nos dice que un juez no puede tener interés personal en el tema que va a juzgar. Este principio se rompe necesariamente con la forma de elección de quienes vigilan y juzgan a la clase política.
Se necesita un proceso de elección que no sea resultado de vínculos políticos sino de la capacidad y conocimiento de los aspirantes. Por ejemplo, una vía sería primero seleccionar a los aspirantes que pasen satisfactoriamente los exámenes y cumplan con los requisitos establecidos en las convocatorias, para después elegir por sorteo a quien o quienes ocuparán los cargos. Así podríamos pensar que los puestos serán ocupados por personas competentes y no por los compadres de los políticos.
Trampas en la ley
Nuestro marco jurídico esta plagado de disposiciones que están hechas para que no se apliquen. Aquí va un ejemplo: la Ley General de Medios de Impugnación Electoral establece que en casos “graves” se puede declarar la nulidad de la elección y por grave define: “aquellas conductas irregulares que produzcan una afectación sustancial a los principios constitucionales en la materia y pongan en peligro el proceso electoral y sus resultados”. ¿Cómo se mide la afectación sustancial? ¿Cómo se determina si estuvo o no en peligro el proceso electoral?
Lo que se entiende por grave es completamente impreciso y como resultado de esas imprecisiones ni el “PemexGate” ni “Los amigos de Fox” ni “Las tarjetas Soriana” han resultado lo suficientemente graves para anular una elección. Se necesitan tener reglas claras para que los partidos y los candidatos no hagan trampa ni grave ni leve.
Hasta ahora, la legislación que tenemos en el mejor de los casos establece multas para los partidos. Pero para eso los partidos conocen también los mecanismos para el fraude electoral. Calculan el costo de las multas que tendrán que pagar a los institutos electorales por violar la ley y calculan el beneficio en votos que les puede generar. Si les conviene, entonces violan la ley, ganan la elección y pagan gustosos las multas con el dinero de los impuestos de los mexicanos. Eso no es castigo para ellos. es castigo para nosotros. y eso es lo que hay que revertir.
Despilfarro
La política tiene que dejar de ser negocio. El financiamiento para los partidos en 2015 será de cinco mil trescientos cincuenta y cinco millones de pesos, El negocio es redondo, ¡el fraude es perfecto! Los legisladores que representan a sus partidos se asignan por ley la cantidad obscena de recursos públicos que se reparten.
Y qué decir del presupuesto millonario que se otorgan los diputados y senadores que sin pena se dan además bonos como el que se dieron por aprobar las reformas. Estos despilfarros son inadmisibles en un país donde el salario mínimo es sesenta y siete pesos diarios.
La opción
Nos ha quedado claro no podemos confiar en ninguna de las opciones políticas. Nuestra única opción son las candidaturas independientes, pero también están blindadas. Por ejemplo, una persona que quiera competir por la presidencia tendrá que recabar las firmas de al menos el 1% del electorado nacional, lo que equivale a unos 780,000 votantes en un plazo de 120 días. Esto hace muy complicado que nuevos perfiles surjan. Sin embargo, con lo que no contaban los legisladores es que la sociedad pudiera unirse como lo hemos hecho en los últimos meses. Ahora hay una base social unida y fuerte que puede impulsar candidaturas ciudadanas independientes.
Ayer la pregunta de muchos era ¿y si se va Peña Nieto y llega otro igual? Sólo desarticulando los mecanismos de corrupción y promoviendo candidaturas independientes podremos cambiar a la clase política y tener el gobierno que merecemos.