¿Sigue teniendo sentido el antipriismo?

blogeditor · 10 de junio de 2016

¿Sigue teniendo sentido el antipriismo?

Por: Saul Vazquez Torres (@SawieV)

En la última década del siglo XX una urgencia recorría a la oposición en México: sacar al PRI de Los Pinos y, con ello, acabar con el régimen autoritario que había imperado en México durante 70 años. En ese esfuerzo, personajes como Porfirio Muñoz Ledo impulsaron la idea de presentar una candidatura única a la presidencia en el año 2000 que dividiera al PRI contra una liga democrática variopinta en lo ideológico, pero que compartiera el ánimo de reformar a México para convertirse en una democracia sustantiva. Sin embargo, en la definición del método para lograr esa candidatura, la misma fracasó y en dos grupos opositores quedaron los partidos de izquierda (PRD, PT, Convergencia, PSN, PAS) y en otro, más pequeño, los de derecha (PAN-PVEM).

Al final el frente opositor no sucedió.

La transición democrática mexicana se quedó lejos de ser lo que muchos esperábamos; Fox incumplió su promesa de procesar a los políticos del viejo régimen; la comisión sobre el 68’ quedó en el práctico olvido; Carlos Salinas regresó de su autoexilio durante los gobiernos panistas. Salió el PRI del poder pero no el priismo; en palabras de Fernando Belaunzarán, “El PRI nos invitó a su fiesta e hizo que todos los partidos aceptáramos sus reglas no escritas”. Por ello analistas como Fernando Dworak han descalificado la creación de alianzas electorales amplias en 2016, argumentando que es un “discurso más noventero que una banda de grunge”, que tras 16 años de transición democrática se ha demostrado que no basta con sacar al PRI de los palacios de gobierno en los estados y municipios; problemas como la corrupción, impunidad y falta de políticas públicas efectivas son endémicas al sistema político mexicano, no propiedad de un partido político.

Para contestar a los apologistas del priismo, separaré dos entendidos del mismo.

El PRI no es sólo el instituto político que durante 70 años configuró y enraízo las prácticas que ahora nos parecen endémicas a nuestro sistema político, sino también una cultura política que se ha validado a través de la práctica de gobierno de este instituto político. A pesar de que en su declaración de principios el PRI se reconoce “nacionalista” y coincidente con los principios de la Internacional Socialista (IS), durante los últimos 30 años no han tenido problema en impulsar la privatización de diversos servicios públicos, salvo por 2008, cuando lo bloquearon al venir la propuesta del entonces presidente Felipe Calderón.

En los hechos poco o nada de lo que aparece en la Declaración de Principios de dicho instituto político se lleva a cabo de manera consistente por sus gobiernos: mientras que bloquea el derecho a decidir de las mujeres en diversos estados de la república, el Presidente de la República presenta una iniciativa para reconocer el Matrimonio Igualitario. La adopción de posturas políticas discordantes marca que, como Partido Político, la única cultura que practican es el pragmatismo. Dicha cultura es la que también da origen a la impunidad a sus exgobernadores acusados de corrupción, en el mejor de los casos, de trata de blancas y nexos con el crimen organizado en los peores. (Arturo Montiel, Mario Marín, Tomás Yarrigton…)

Es decir, en el 2000 la transición democrática no cumplió con su objetivo de sacar al priismo de la práctica política mexicana, al contrario, el priismo permeó a los partidos de oposición y sociedad civil mexicanas. Es por ello que considero que hoy más que nunca es necesaria una plataforma política antipriista.

El regreso al movimiento democrático que dio origen a la candidatura de Salvador Nava en San Luis Potosí en los 90’ o a la alianza PAN-PRD en Nayarit era ese ánimo de acabar con el priismo como cultura autoritaria y de reconocer en la oposición una noción ideológica básica: la cultura democrática. Es decir, en México no podremos dar discusiones de políticas públicas adecuadas entre liberales e izquierdistas hasta no dar una victoria política básica: la democratización efectiva de nuestro sistema político mexicano; ello significa la derrota del PRI no sólo como instituto político, sino como cultura.

En ese afán nacen los Frentes Amplios Opositores de 2016. Sin embargo, los mismos deben de encargarse, ahora como gobiernos en Veracruz, Durango y Quintana Roo, de ser en los hechos precisamente todo lo contrario a lo que fueron los gobiernos del PRI. Las alianzas de 2010 en Sinaloa, Oaxaca y Puebla fracasaron en ese afán por dos asuntos primordiales: la falta de compromiso con la democracia local y la falta de una agenda de gobierno de coalición. Hoy nadie puede decir que Rafael Moreno Valle es un gobernador observablemente más democrático que Mario Marín.

Para ello los Frentes Amplios necesitan asumir compromisos mínimos con asuntos como la independencia de sus poderes, Judicial y Legislativo, que hasta ahora están secuestrados por los gobernadores con artilugios como las cláusulas de gobernabilidad y los nombramientos selectivos. Asumir un compromiso con la transparencia, hacer reformas espejo a iniciativas como #3de3 en lo local sería un gran paso adelante y con la libertad de expresión; hoy los medios locales sobreviven tan solo de la publicidad gubernamental y las televisoras son medios oficialistas. La transición local a medios públicos sería un segundo gran paso.

De camino a 2018, la mecánica de los Frentes Amplios Opositores no debe ser tan sólo un efectivo camino hacia los triunfos electorales, sino una herramienta de democratización de nuestra vida política.

La determinación de candidatos por vías democráticas debe ser otro compromiso irrenunciable de estos frentes. La imposición de candidatos por su pertenencia a ciertos grupos fue lo que evitó el triunfo de los Frentes en Zacatecas y Oaxaca en este año. Además de hacer un esfuerzo por encontrar a la sociedad en su construcción e ir más allá de los simples acuerdos entre cúpulas partidistas. 2016 nos indicó que el antipriismo está más vivo que nunca y es responsabilidad de la oposición mostrar que esta vez va en serio y no será una reedición de la desilusión nacional del año 2000.

 

* Saul Vazquez Torres es Congresista Nacional del Partido de la Revolución Democrática, Integrante de Iniciativa Galileos y Estudiante de Relaciones Internacionales en el ITESM Campus Santa Fe.