blogeditor · 27 de junio de 2015
Con el permiso de mi querida amiga, en su honor, en su día.
Son las once de la mañana y Karina –entrañable y hermosa amiga travesti- llega toda desvelada a su negocio, una pequeña estética ubicada en la avenida principal de un pueblo al sur del Distrito Federal. Ayer, un domingo agitado, se la pasó en una fiesta de pueblo donde, dice, tomó mucho pero afortunadamente ligó con un taxista que conoció en el baile y se fueron lo más lejano posible de las luces y gentío para consumar su amor, entre el crecido maizal que los ocultaba y brindaba privacidad. Toda temblorosa comienza a barrer de aquí para allá mientras comenta de su ligue:
-No es guapo ni fuerte, es más bien gordito y de barba, de panza abultada y está casado. Odia a su esposa pero ya tiene dos hijos. Además me dijo que me quiere, que quiere estar conmigo pero ya tiene hijos y pues así no es tan fácil la cosa.
-¿No te da miedo contagiarte de alguna enfermedad en uno de tus ligues? –le comento, sin preámbulo.
– No. El Güagüis (me explica que así le llaman al VIH-SIDA) solo se pasa entre maricas y él no lo es porque está casado, ya te dije que tiene dos hijos –explica sin miedo en sus palabras. Tan segura que hasta la misma enfermedad quizá le tema.
– ¿Me imagino que usaste condón?
– Sí. Los que me dieron en el Centro de Salud ya se me acabaron y me da pena ir por más porque los doctores pensarán que soy bien puta, pero él traía uno y ese fue el que ocupamos. Aunque ya ni debería de usarlos, no son necesarios porque esa enfermad ha quedado en el pasado -grave error el de Kari porque el VIH continúa haciendo estragos, siendo la comunidad gay la más afectada, aunque cabe decir que ahora se coloca como una enfermedad crónica controlable-. Muchos amigos se contagiaron en los 90, ya hasta varios de ellos los enterré, pero con ellos murió el SIDA o por lo menos ya no sé de otros casos. Ojalá que se haya acabado.
Aunque no lo parezca Karina ya anda rondando los 45 años, una mujer con extensiones rubias, labial rojo y zapatillas de alto tacón parece más una señorita de 20 años. Cuida hasta el más mínimo detalle de su vestimenta, combina todo. Es una reina en su estética, nadie lo puede negar.
– Me tocó lo duro del Güagüis y de los policías. Me acuerdo cuando en La Deportiva llegaban los polis y nos golpeaban porque no querían maricas o extorsionaban a otros con decirles a sus padres que su hijo andaba en malos pasos o como ellos nos decían: que les gustaba el “arroz con popote”. Aunque uno regresa, tú sabes, el sexo es el sexo. O también cuando te enterabas que a tu amigo ya le habían pegado el sida. Lo más triste era verlos flacos y chupados, sus ojos se hacían opacos, quedaban en puros huesos. Muchos así se fueron. ¡Qué horror!
– ¿Cuántos amigos te arrebató el Sida? –le pregunto ahora que ha abierto su corazón.
– Fueron tantos que ya no me acuerdo. Una pérdida me hizo mucho daño, la de mi amiga Thalía, junto a ella comenzamos a vestirnos. Todos los muchachos nos decían vestidas cuando estaban en grupo, pero bien que nos coqueteaban y se iban con nosotros a lo oscurito cuando estaban solos. La pasábamos bien, hasta entendimos el lenguaje de ellos como hombres. Ya no nos importaba que nos dijeran putas o raritos porque en las noches de fiestas, cuando todos estábamos borrachos, salíamos ganando. Conocimos en la intimidad básicamente a todos, aunque al otro día nos decían que no comentáramos nada. Creo que nuestra palabra tenía más valor que la de ellos (que se sentían muy machos), pues nunca dijimos nada al respecto. Nos quedábamos calladas como tumbas.
– ¿Entonces son buenos recuerdos?
– Fueron breves los momentos de alegría, tuvimos más pesares. Las golpizas de mi papá, por ejemplo, hasta de recordarlo me da miedo. Me lastima todavía –en su rostro maquillado y pestañas postizas aparece una lágrima negra que me recuerda la vulnerabilidad de cualquier ser humano-. A palazos me decía que me iba a quitar lo puto. Me corría días de la casa por maricón y mi pobre madre en secreto me llevaba comida y me tranquilizaba diciendo que ya pronto se le iba a pasar el coraje a papá. Mis hermanos cuando eran pequeños se burlaban de mí, pero una vez que falleció mi mamá, que fue la única que siempre me apoyó, cambiaron. Ahora los veo y siento que los quiero más. Ellos me hacen muy feliz porque me aceptan como soy, hasta me dicen Karina en lugar de Alejandro (su nombre cuando niño y adolescente).
[contextly_sidebar id=”4haIX3uPaUYqdZOZA3rgtJL5d840xr15″]El estigma en la familia es duro, ya lo comprueban las encuestas realizadas por organismos que combaten el cáncer de la discriminación (CONAPRED, COPRED). Las personas dicen tolerar a la comunidad de la diversidad sexual siempre y cuando no sean sus familiares, es ahí donde el conservadurismo, la heterouniformidad aparece y daña, vulnera y restringe, afecta y excluye. Y ni hablar de la sociedad progre de la capital (ojalá que no sean los muchos). Y es que la comunidad LGBTTTI recibe una doble discriminación: ser gay y con ello traer aparejado el estigma del VIH, puesto que la gran mayoría de la población cree que todo gay tiene o tendrá VIH en algún momento de su vida. El estigma es el que separa y polariza a la sociedad; la intolerancia es la encargada de hacer daño. Aún así se lucha por ganar espacios, por la igualdad de derechos, porque los derechos humanos sean respetados y garantizados, porque la discriminación quede en el olvido y la intolerancia se distancie, porque la exclusión sea cimiente de un nuevo cambio y avance.
– ¿Ahora que te ha aceptado tu familia cambió la suerte?
– Fue un giro total. Mi vida cambió. Me quité la máscara o como dice La Trevi, me solté el cabello…
– Cabellatzo en ti.
– Sí. Me sentí libre, me liberé. El obstáculo más duro que afronté fue el de mi familia, una vez superado ya todo fue cuesta abajo. La gente que me ofende porque soy vestida pienso que son ignorantes o solo dañan por hacer mal. No me importa. Sé que el pilar más importante está en mi familia y con ella he salido adelante. Ahora no tengo a mi mamá, pero si viviera se sentiría muy orgullosa de mí, porque seguí mi camino sin importar el qué dirán que a muchas personas las hace titubear. Ahora miro atrás y veo la cuesta que tuve que afrontar y me siento dichosa y valiente.
– Eres una mujer valiente y digna de admiración.
– Tuve que soportar, eso es todo. Decidí mi camino y ciertamente no fue el más sencillo, pero era donde, estaba segura, sería plena y feliz, por eso me animé. Rachas de dolor, no lo niego, pero también de felicidad y alegría. Tuve muchos novios y amigas, aunque luego ellas me bajan a mis galanes. Así uno es de joven. Ahora pienso en tener un esposo y formar un hogar porque ya es tiempo de sentar cabeza.
Karina luce radiante al decir estas palabras, su voz se hace fuerte. Me trae a la mente que muchas personas en las sombras del anonimato se encuentran, mujeres y hombres que no sabemos de su nombre, sin embargo, con su evangelio de vida son ellas y ellos los que en tierras lejas y agrestes preparan el camino para nuevas generaciones, para que quizá ya no sufran tanto como ellos, para brindar luz aún en la peor oscuridad. Personas que, como los grandes activistas gays, desde su trinchera y en su día con día alzan la voz ante la opresión y exigen sus derechos.

En ello nuevos tiempos discurrirán en México. Ya la Suprema Corte mexicana, incluso antes que la estadounidense con el #LoveWins, dio un paso trascendente en favor de la igualdad al reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. A todas y todos nos corresponde defender y hacer realidad lo ganado.
En tanto, hay personas tras bambalinas que, como Karina, colaboran para que este México injusto cambie con los grupos en situación de vulnerabilidad. Para que los acepte y respete. Para renovar a la sociedad y a la misma mente. Y para que nuevas generaciones con distinta orientación sexual a la heterosexual encuentren un camino más justo, equitativo, y una sociedad en la que gocen y ejerzan todos sus derechos con plenitud. A esas personas, las que por décadas se han enfrentado a aquellos otros “demonios”, siempre las palmas.
* Israel Rosey (@israrosey) es maestro en Derechos Humanos por la UNAM.