blogeditor · 19 de septiembre de 2013
Por: Daniel Berezowsky Ramírez (@danberezowsky)
El domingo 8 de septiembre el Presidente Enrique Peña Nieto presentó su iniciativa de Reforma Hacendaria, en la que no incluyó la eliminación de la tasa cero a alimentos y medicinas. Después de que se había venido advirtiendo que se trataría de una propuesta que revolucionaría a nuestro sistema fiscal, que rompería con los monstruos y mitos que por décadas han entorpecido a las finanzas públicas; que aumentaría la base gravable… la reforma se quedó corta. Gerardo Gutiérrez Candiani, del Consejo Coordinador Empresarial, no tardó en salir del evento cuando ya la había criticado: “terminamos siempre pagando los mismos” -dijo.
Era un poco evidente: las cifras macroeconómicas, particularmente de desempleo (5%) y de crecimiento esperado (1.8%) que se habían publicado durante los últimos días, imposibilitaban al Gobierno para hacer una propuesta agresiva. Sonaron palabras fuertes: inflación, recesión, crisis.
[contextly_sidebar id=”d5639b62297f20cec939d63baabf533a”]El Ejecutivo optó, efectivamente, por una propuesta que gravara a los cautivos. No al IVA en alimentos y medicinas y sí al aumento al ISR, a la reducción de las deducciones, a la ampliación de ciertos impuestos, al fin de la consolidación fiscal. El argumento: que paguen más los que más ganan.
Es cierto: es menester incrementar tanto la recaudación, como el gasto público. Ya sabemos que en ambos rubros estamos al fondo de la lista de la OCDE y debajo del promedio de América Latina. Pero, quizás esto hubiera sido posible de otra manera.
Advierto que es sólo una idea, pero rebotémosla.
Supongamos que sí se propusiera un Impuesto al Valor Agregado para alimentos y medicinas. Olvidemos la tasa cero; es más, hagamos un impuesto de 20% para ambos rubros. En el supermercado, en un restaurante, en una farmacia: siempre se paga un impuesto al consumo.
Supongamos también que se hace una acotación: este impuesto de 20% puede ser recuperado por los contribuyentes y sólo por los contribuyentes. Cada año, al presentar mi declaración anual, yo pago mis impuestos y recupero hasta el último centavo que pagué de I.V.A. en alimentos y medicinas. El formato incluso podría hacerse mensual, para evitar que se den argumentos clasistas; o de inmediato, en el establecimiento, con los debidos riesgos de corrupción que esto podría traer consigo.
Si estoy registrado ante el S.A.T. no pagaré impuesto al consumo por bienes que son considerados como íntimamente relacionados con la economía familiar. Si no, el I.V.A. en alimentos y medicinas está funcionando como herramienta de compensación por no asumir mis obligaciones como trabajador.
Quizás lo más preocupante de esta propuesta sería la manera en que podría afectar a quienes se encuentran en situación de pobreza extrema; el decil más bajo de la población, que gana unos sesenta pesos diarios no puede esperar semanas o meses a recuperar un impuesto pagado. Habría que pensar en la manera de apalancar esfuerzos, a través de bases de datos de programas sociales (Oportunidades principalmente, pero también Sin Hambre, Hábitat) para diferenciar y preseleccionar a esta población, de tal modo que al momento del consumo pudieran quedar exentas de forma inmediata del impuesto. Desde luego, sería necesario crear candados que permitan la viabilidad de este formato.
No necesito pagar impuestos para cumplir con el requisito; simplemente necesito estar dado de alta en el Registro Federal de Contribuyentes. Así de sencillo.
Es más, vayamos un poco más lejos: en el transporte público hay dos tarifas: la subsidiada, para quienes tienen un R.F.C. y la real, un 400% más elevada, para quienes no pagan impuestos. Cuando cargo gasolina, sólo me beneficio del subsidio (o lo que le queda) si estoy dado de alta. Escuelas públicas, hospitales, medicinas gratuitas, tarifas preferenciales para museos y actividades culturales, la lista no termina. Ya que estamos en éstas, sería conveniente también homologar este registro con el CURP y con la cédula de identidad que por sexenios se ha intentado crear.
Se generaría una ola de efectos positivos: incrementar el registro de contribuyentes; aumentar la base gravable; mantener una tasa cero real para alimentos y medicinas; incrementar la recaudación, por mencionar algunos. El incremento podría ser gradual para evitar efectos inflacionarios; se podrían otorgar beneficios y subsidios por sector, por género, por grupo vulnerable. Se empezaría, sobre todo, a dar orden a las finanzas públicas.
No hay iniciativa de reforma hacendaria que proponga esto; quizás no tiene rédito político suficiente para poder ser planteada. Pero vaya… como dije en un principio, es sólo una idea.
* Daniel Berezowsky es Licenciado en Ciencias Política, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.