Claudia Ramos · 20 de febrero de 2026
Cuando pienso en el poder político, viene a mi mente una alegoría que leí en una novela de Salman Rushdie (si ustedes lo conocen, ya lo habrán intuido; si no, esperen al final). Al inicio de la historia, nuestro escritor pone esta reflexión en boca del padre de la protagonista, un diplomático de la India: el poder es un palacio sin puertas ni ventanas, y la primera tarea es encontrar cómo acceder. Si logran entrar, llegarán a una serie de cuartos ascendentes, y en cada uno encontrarán figuras como un chacal, un perro rabioso, un oso hambriento, un astuto zorro y un hombre empequeñecido. A excepción del último cuarto, cada uno de los anteriores buscará evitar que avancen hasta el cuarto final.
Al llegar al último cuarto, tras vencer el engaño del zorro que querrá convencernos de que es la persona del poder, el empequeñecido hombre deberá cumplir y satisfacer nuestro más profundo deseo, porque superamos cada uno de sus obstáculos. Sin embargo, al salir del palacio del poder nos enfrentaremos a seres rapaces, buitres y otras aves que arrebatarán aquello que deseamos y nos lesionarán en el camino, para llegar al final y enfrentar a un ingrato público al que deberemos convencer de que aquello que queda de nuestro deseo es lo que deseamos profundamente. Para prevenir esto, el diplomático le advierte a su hija que no puedes presentarte ante el palacio del poder como un suplicante, sino como un guerrero: con carne que sirva de señuelo y una espada que te permita matar a cada uno de los obstáculos que te pone la persona en el poder.
Si llegas como guerrero, al entrar en la habitación final no deberás decapitar a la persona en el poder (una medida extrema, como advierte), sino pedirle lo que más deseas y otro saco de carne con el cual atraer a las aves rapaces y eliminarlas de camino hacia la salida. Me parecen clave dos cosas que luego aterrizarán en el cierre de su reflexión: por un lado, la insistencia en no decapitar al hombre en el poder y retirarse tan pronto obtengas lo que deseas, y el hecho de estar siempre a la ofensiva, listo para atacar en tu camino de vuelta desde el palacio del poder, asumir la inevitabilidad del conflicto. Como el diplomático advierte al finalizar: “la Libertad no es una fiesta de té, la Libertad es una guerra”.
La comedia de errores protagonizada por Marx Arriaga este fin de semana trajo de vuelta esta alegoría. Su destitución como director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, y su posterior atrincheramiento en la oficina que ocupaba por más de 100 horas, desembocaron en un espectáculo propio de esta nueva etapa del morenismo. Arriaga justificaba su estrategia como una defensa de los libros de texto gratuito que considera un ejemplo del humanismo mexicano (lo que eso signifique), y más allá de esa bestia magnífica, en los hechos estamos ante un reacomodo dentro de la clase gobernante por parte de Claudia Sheinbaum.
La salida de Arriaga, como la de José Antonio Romero Tellaeche del CIDE, no se debieron a criterios técnicos (presuntamente los preferidos de la presidenta), ni a su demostrada incapacidad o las acusaciones de violencia contra el personal a su cargo, sino a su negativa a plegarse al proyecto vigente. Salvo que ellos decidan confrontar la voluntad presidencial, esto significa que probablemente se vayan impunes de las acusaciones que enfrentan. Aunque ambos hicieron amagues similares al momento de su destitución, sólo Arriaga lo extendió más allá del día de la noticia, pero ambos terminaron sin puesto y públicamente derrotados.
Me parece claro que ninguno leyó, y si lo hizo no entendió, la alegoría del poder presentada por Salman Rushdie. El poder no es una posesión, aferrarse a él lleva inevitablemente a la derrota, pues siempre habrá quien ambicione lo que poseen y, a diferencia suya, no será un suplicante sino un guerrero listo para pelear por el poder. El personalismo del poder es un mal consejero que condena a la irrelevancia. En el camino, no sólo destruye a quien se asume el poder, también barre con cualquier atisbo de confianza e institucionalidad.
Marx Arriaga (o Shalimarx, el payaso, jugando con el título de la novela de Rushdie), pensaba que su gesta heroica evocaba aquel plantón de AMLO tras la elección de 2006. Karl Marx, quien no sólo legó un sistema sino el nombre de nuestro tragicómico personaje, advirtió que los hechos de la historia se presentan dos veces: como tragedia y como farsa. Eso fue nuestro derrotado burócrata, una farsa de personaje convertido en el sujeto empequeñecido del último cuarto del poder: consumido por haber llegado a la cima, sin entender que no era su posesión. En lugar de retirarse y dejar que sus logros (si los había) se defendieran solos, decidió perderlo a la salida, defenestrado y con un cuadro mísero de Marx como testimonio final de su farsante lucha.