blogeditor · 19 de febrero de 2020
Ser mujer en México implica la posibilidad de morir por el simple hecho de serlo. Implica que, si desaparezco, seguramente es porque estoy de fiesta; si me encuentran con vida, se burlan de mí y de mi familia por haber invertido tiempo en mi búsqueda cuando hay otras situaciones más importantes —o de interés nacional— que atender en el país; si, en cambio, aparezco muerta, es porque seguro tuve malas amistades, porque en algo malo andaba o porque no fui consciente de que la persona con la que estaba no me quería realmente. No importa por qué, ante los ojos de una sociedad deshumanizada siempre será culpa de la víctima.
Durante el segundo semestre de 2019, la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) estimó que cuatro de cada 10 mujeres mayores de 18 años fueron víctimas de algún tipo de violencia sexual. Como es bien sabido, estas cifras sólo reflejan las denuncias y las investigaciones iniciadas, pero ¿cuántas mujeres no denuncian, por miedo a represalias o linchamientos sociales? En este tema, parece que todas las personas sabemos más que la propia víctima, y en redes socio-digitales somos expertas en crear historias y difundirlas como la verdad absoluta.
Todos los días las mujeres estamos expuestas a la violencia: la calle oscura que tengo que caminar, el transporte público en pésimas condiciones, el acoso callejero y laboral, los prejuicios contra nosotras por nuestras ideas, nuestras acciones y nuestras formas de vivir la feminidad. No importa qué hagamos, vamos contra lo establecido y lo moralmente aceptado.
2019 fue un año de resistencia. Múltiples manifestaciones (artísticas, digitales, musicales, políticas y sociales) se hicieron visibles gracias a la lucha de mujeres que estamos cansadas, hartas y desesperadas de ver y vivir tanta violencia. Desde nuestras trincheras hacemos lo posible para visibilizar y concientizar a una sociedad apática e indiferente. Mantenemos diálogos, informamos, educamos y compartimos nuestras experiencias personales y profesionales. Aun así, no importa cómo lo hagamos, somos motivo de burla y satanización.
El Estado está dejando al final de la lista de pendientes a la violencia de género. Al parecer es más fácil hacer reformas, por ejemplo, al delito de feminicidio —propuesta del Fiscal General de la República—, que asumir la ineficiencia del sistema e invertir en la profesionalización de las servidoras públicas y los servidores públicos. Están olvidando que son ellas y ellos las personas responsables de procurar el bienestar y otorgar justicia.
Ser mujer en un país de indiferentes es encontrar las formas de sobrevivir a un sistema patriarcal, en el cual muchos hombres siguen sin comprender sus funciones, roles y pactos establecidos. Se niegan a reconocer los privilegios, las condiciones e incluso las asignaciones que les son impuestas. A ellos también los mata el machismo.
Ser mujer en un país de indiferentes es vivir el día a día con el miedo de no poder regresar a casa sana y salva. Es pensar que mientras una está disfrutando de un momento de autocuidado o luchando por salvarnos, otra mujer está siendo asesinada brutalmente por su pareja, conocido o allegado. Así las cosas, ¿cómo podemos seguir? ¿Cómo transformamos este dolor y esta impotencia?
Aún en nuestras diferencias y formas de ser, las mujeres necesitamos organizarnos para resistir, luchar y seguir evidenciando la violencia. La división es un logro para el sistema; no lo permitamos. Trabajemos por tejer redes que nos permitan crear espacios de seguridad, autocuidado y conocimiento, donde nuestras formas de ver el mundo rompan con lo históricamente permitido. Hagamos un pacto de sororidad; por muy utópico que parezca no es imposible. Aprovechemos nuestras diferencias para construir. Dejemos de señalar a la otra, dejemos envidias y rencores. Busquemos la reconciliación en este país donde mueren en promedio 10 mujeres al día. Sólo nos tenemos a nosotras y a nuestras miles de formas de amar la vida.
Señor presidente: las paredes y los monumentos se limpian, los vidrios se reponen. La vida de una mujer, de sus hijos, hijas y familia, jamás se recupera. Por favor, recuerde sus promesas de campaña y deje su indiferencia mañanera en su habitación, así como nosotras dejamos el miedo para seguir luchando por las que ya no tienen voz, por las que no van a regresar. #NiUnaMenos
* Itzel H. Suárez es egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Salesiana México y gestora educativa-cultural. Desde hace seis años coordina actividades en múltiples espacios para visibilizar los derechos de diversas poblaciones. Actualmente es Coordinadora de Capacitación Empresarial del Centro Educativo del Museo Memoria y Tolerancia.
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