blogeditor · 12 de abril de 2016
Por: Ximena Gallegos
Dejar lo propio y viajar hacia una ilusión, un mejor lugar por lo menos para no morir, para no ser forzado a formar parte de una pandilla, escapar de tener que matar, de hacer lo que uno no escogió, huir de la violencia de género en todas las formas y lugares. Así, intempestivamente, millones de personas salen de su lugar de origen en el mundo buscando protección.
En el continente americano, la violencia, la falta de trabajo y la pobreza no han cesado; al contrario, han aumentado. La migración se ha convertido en el movimiento forzado de seres humanos que luchan por su vida, ya ni siquiera como opción ante la desigualdad de salarios, sino como última forma de subsistencia y la de los suyos. Ya es costumbre escuchar a mujeres huyendo de la violencia (familiar, comunitaria, institucional) que salieron con un hijo dejando a otros, con el corazón roto porque no pudieron protegerlos a todos. Miles de mujeres, niñas, niños (acompañados y solos), población LGBTTTI y hombres son desplazados, forzados a salir de su país por una violencia epidémica. Se repiten los relatos que dan cuenta de una violencia ilimitada en la región del triángulo norte de Centroamérica y México.
[contextly_sidebar id=”gYtI1l4jCE9jX1eucmMxZxq5VfCaohGN”]Ante la incapacidad de los gobiernos de frenar esta violencia y de proteger a su población, los mecanismos e instrumentos existentes, como la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, son inalcanzables para la mayoría. Esos derechos tan pulcramente asentados en declaraciones, convenciones y leyes, se han vuelto palabras en el aire sin que las personas puedan apropiarse de ellas porque demandarlas es un acto de persistencia y valentía. Así, la persecución que ha generado su expulsión no encuentra una salida, una protección. El propio Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) reconoce la crisis de protección y ha pedido a los gobiernos de la región que se apliquen los principios básicos del refugio como la no devolución (non-refoulement) y la reunificación familiar, y que no se utilice la detención para disuadir el acceso al asilo.
Los miles de refugiados y migrantes que atraviesan México accidentalmente, por ser la frontera del triángulo norte de Centroamérica y de Estados Unidos, se unen a mexicanas y mexicanos que comparten las mismas causas de expulsión en las que predomina la violencia. Las mujeres, en varias partes de México, huyen de la violencia de género. El desplazamiento de familias completas por amenazas, ejecuciones, secuestros, extorsiones y violaciones, en regiones de México no se conoce, pero existe. La mayor parte de las solicitudes de asilo en Estados Unidos son de mexicanos.
El ACNUR ha reconocido que las solicitudes de asilo en la región han aumentado drásticamente. En el 2015, el 90% de los solicitantes de asilo en México provinieron de Centroamérica (un incremento de 164% respecto al 2013). Asimismo, en Belice el año pasado aumentaron 767% en relación al 2014. Sin embargo, acceder al derecho de asilo es casi inalcanzable. La realidad es que solicitar asilo en México significa estar privado de la libertad por meses en los que la incertidumbre y las condiciones de vida pesan tanto que es mejor desistirse y ser deportado. Apenas el 20% (aproximadamente) de las personas refugiadas obtienen la condición. De 3,423 solicitudes de asilo en México en el 2015, se reconocieron 929.
A pesar de esto, en ese trayecto de tránsito, de búsqueda, hay esperanza, y la hay porque desde hace años la sociedad civil y muchos religiosos han formado una red de apoyo, espacios de bienvenida que acogen a las personas migrantes y refugiadas, permitiéndoles dar un respiro en sus vidas en movimiento. Las y los defensores que diariamente escuchan las historias, las vidas desgarradas por la falta de derechos, conocen mejor que nadie lo que viven las mujeres, niños, hombres, población LGBTTTI, que pasan por ahí. Son las y los defensores quienes además de comida y techo, acompañan a las personas a que hagan valer sus derechos, a que obtengan la protección que les corresponde; a que esa libertad e igualdad en dignidad y derechos, que enmarca la Declaración Universal y el resto de instrumentos internacionales de derechos humanos, sea ejercida por lo menos mínimamente.
Gracias a la voz de las y los defensores, conocemos las historias de secuestros, extorsión, violaciones, robos, deportaciones, detenciones, obstáculos en el acceso al derecho de asilo que diario viven las personas migrantes y refugiadas en nuestro país.
Como un reconocimiento a su valentía, creatividad y firmeza en su lucha, tendremos un espacio en la Universidad Iberoamericana del 11 al 14 de abril, para conocer a través de su voz esas historias, mil y un veces conocidas por ellos, de esas tantas vidas en movimiento, en continua búsqueda de dignidad que encuentran en los defensores una voz que los acoge, defiende y visibiliza.
El Encuentro Ellas y ellos tienen la palabra se llevará a cabo por quinto año, en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, del 11 al 14 de abril; nos acompañarán defensores y defensoras de diferentes partes del país y de la región. Está abierto a todo el público.
Más información en el Programa de Asuntos Migratorios (@prami_ibero) y en la página de Facebook.
* Ximena Gallegos es coordinadora del Programa de Asuntos Migratorios de la Universidad Iberoamericana.