Sentirse mal para estar bien

blogeditor · 2 de marzo de 2022

Sentirse mal para estar bien

Imagine la posibilidad de una vida sin dolores, miedos, angustias, pesares o remordimientos. Piense que le ofrecen abrir los ojos todos los días en un mundo que no lastima, donde las caídas no producen dolor y las despedidas no rompen el corazón. Antes de formar una opinión sobre si esto sería deseable, considere que tener tal forma de vida sólo sería posible si aceptara que enchufen a su cerebro una máquina de experiencias: un dispositivo que le permitirá habitar una realidad generada por su mente, mientras su cuerpo yace inmóvil.

Tal ejercicio mental fue propuesto en 1974 por Robert Nozick en Anarquía, Estado y Utopía. Si usted pensó que no valdría la pena vivir de la manera descrita, el filósofo tuvo éxito, con su planteamiento, en provocarle la intuición de que una vida buena es mucho más que sólo obtener experiencias agradables. Al margen de todos sus desencuentros, una vida arraigada en la realidad se antoja más atractiva que una simulada.

La preferencia mayoritaria por una vida con pesares frente a una recreación artificial placentera exhibe que hay más en nuestra faceta de seres susceptibles de sufrir que sólo nuestra aversión natural a hacerlo. El sufrimiento nos produce rechazo y es, por definición, algo que deberíamos evitar, ¿cómo podría llegar a ser valioso? Algunas tradiciones religiosas confluyen en una misma respuesta: al arrostrar el sufrimiento, trascendemos nuestra naturaleza biológica. Cualquier organismo que haya experimentado dolor aprenderá la lección de evitar aquello que le resulte perjudicial. Ante esto, los primates humanos encaramos nuestra realidad animal, resistiendo el impulso de escapar del sufrimiento: a veces dándole la bienvenida, soportándolo, e incluso (auto-) infligiéndonoslo.

Partimos, entonces, de terreno abonado. Nuestra herencia cultural hace las veces de juez y parte, convalidando nuestros afectos negativos. Y sí que hay buenas razones para sentirnos mal. En ocasiones, las experiencias negativas son fuentes directas de placer; recuérdese el disfrute masoquista de comer platillos picantes: un dolor en la cavidad bucal resulta placentero, una vez que fue integrado al conjunto de la experiencia del sabor. Lo doloroso puede adquirir diversos significados gracias a su contexto, al punto de llegar a ser disfrutado. Otros placeres ambivalentes, como el dolor fruto del ejercicio físico o el entrenamiento artístico, nos parecen significativos por lo que, en nuestro imaginario, les subyace: el progreso personal, la ratificación de ciertos valores o la contribución a una causa dada.

La Filosofía se ha embarcado en el proyecto de caracterizar determinados rasgos positivos de lo que, hasta hace poco, teníamos por aspectos oscuros de la vida afectiva. Aunque nadie querría experimentar dolor, el hecho es que en su forma aguda es una inmejorable herramienta de protección y restablecimiento corporal. El miedo nos desagrada, sí, pero funciona como una alarma que nos previene del peligro; el enojo altera nuestra tranquilidad, pero en ocasiones cumple un papel clave en el reconocimiento de las injusticias que a veces lo producen; el duelo, con seguridad, nos ensimisma, pero, sufridas ciertas pérdidas, es menester reorganizar nuestro mundo interior de acuerdo con lo que ocurre en el exterior; el sufrimiento en ocasiones es agobiante, pero cuán importante puede ser dentro del proceso de la transformación vital.

La emocionalidad negativa ha tenido mala prensa: son comunes el llamado a guardar la calma; la recomendación de no enojarse (“el que se enoja pierde”); el mandato a vivir de manera positiva para atraer eventos favorables. Como parte de un pretendido proceso de civilización, hemos promovido la autocensura de la dimensión afectiva, contrapuesta a nuestra faceta más racional. La tendencia observable en el pensamiento contemporáneo nos invita a mirar en sentido contrario: ¿qué potencialidades podemos encontrar allí, en lo que siente nuestra carne? ¿Qué lecciones hay todavía por extraer, más allá de la actitud reactiva primordial?

Sufrir nos orienta, en la medida en la que el objeto de nuestro sufrimiento cobra una dimensión de realidad inusitada. En su presencia, otras facetas de la vida se extravían en el gris de la periferia. Traer al centro del flujo de conciencia aquello por lo que padecemos nos permite trazar rumbos de acción más asertivos. Así, hacerse cargo de lo que apremia, cuando se sufre, es lo apropiado, mientras que cualquier otra cosa parece improcedente. Su indecible intensidad canaliza nuestros recursos y exige una solución. Sufrir habilita un canal de contacto particular con la realidad. Los padecimientos físicos, por ejemplo, nos obligan a reparar en nuestra existencia corpórea, de formas que tal vez no habríamos percibido de no ser por ellos. Del mismo modo, los malestares emocionales, psicológicos y espirituales nos dirigen hacia esas otras dimensiones en las que también existimos, anunciando que una u otra debe ser atendida.

Ciñéndonos a la realidad de nuestros límites, el sufrimiento nos compele: ¿de qué trata esa experiencia? ¿Cuál es el sentido de sufrir? Los grandes relatos religiosos que han acompañado al sufrimiento —dotándolo de algún sentido— son eclipsados por la perspectiva secular que emana desde nuestros claustros universitarios. He aquí una respuesta materialista que da un lugar al sufrimiento y que posiblemente ofrezca consuelo metafísico: sufrir es producto de la inevitable fricción que tiene lugar entre un organismo sobreviviendo y su entorno precario. Su presencia es inevitable, dada la existencia de seres con conciencia de sí como nosotros, por cuanto la misma fricción que explica el sufrimiento es aquello a lo que llamamos vivir, ¿cómo asumirnos como seres que sufren, ya que sufrir es inherente a la vida misma? Invito al asombro. No sólo somos la expresión autoconsciente de un sistema vivo que lidia con el desorden natural: también experimentamos la maravilla de ser, cada quién, la naturaleza observándose a sí misma.

Las causas éticas vigentes se enriquecerán de la liberación afectiva que vendrá una vez sepamos afrontar de maneras más radicales la vida emocional negativa derivada de nuestras circunstancias sociales, políticas y ambientales. Naturalmente, no se está invitando a cultivar una mentalidad negativa, ni a celebrar los resentimientos o a albergar opiniones adversas; hablamos de reconocer la contribución de los afectos negativos en el devenir de nuestras vidas. Así, no se trata —en absoluto— únicamente de evitar, huir, esconder, medicar, amansar, moldear o aliviar. Enojo, rabia, duelo, resentimiento e indignación son todas formas sentimentales protagónicas en el debate público presente y a futuro. Hay un importante entramado emocional que sostiene al activismo, la protesta y el movimiento social.

Aproximarnos a las áreas de nuestra vida emocional que podrían avergonzarnos es difícil, pero valioso. Las emociones están ahí para servirnos como interfaces respecto del mundo: para orientarnos en decisiones importantes, para ayudarnos a reconocer el paisaje moral donde nos desenvolvemos, o como motivación para relacionarnos con más personas, pues lo suyo —lejos de ser una interferencia en la forma “correcta” de pensar— es ofrecer ayuda fiable y expedita para navegar nuestro mundo. En suma, profundizar en el significado de lo que sentimos promete recompensarnos con vidas más genuinas. Consentir en sentirse mal, en atender alguna experiencia desagradable, o en dejarse motivar por esos afectos negativos, también pueden ser una ruta hacia el bienestar.

* David Fajardo-Chica es doctor en Filosofía. Estudió en la Universidad del Valle de Cali, Colombia, y en la UNAM, donde también realiza una estancia de investigación posdoctoral (DGAPA-UNAM) en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina. Colabora en el Seminario de Estudios sobre la Globalidad y el Seminario Universitario de Afectividad y Emociones. Se centra en el estudio interdisciplinario del dolor y el sufrimiento.

 

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