Gonzalo Ortuño · 12 de julio de 2023
Jas xchi´ ja jkújoli
(Lo que pienso, lo que dice mi corazón)
Desde mediados del siglo pasado hemos visto florecer gran variedad de éticas no antropocéntricas que centran sus argumentos en el cuidado y respeto a la naturaleza. Desde los textos pioneros A Sand County Almanac de Aldo Leopold hasta Silent Spring de Rachel Carson, quienes de forma elocuente y bellísima señalan la importancia del respeto y cuidado del medio ambiente. Así, hacia la década de los setenta aparecieron posturas filosóficas zoocéntricas, biocéntricas y ecocéntricas que entretejen una serie de argumentaciones para considerar éticamente otras formas de vida, que no sólo sea la vida humana.
Si bien estas posturas éticas han facilitado un cambio de paradigma en el corazón mismo de la ética filosófica, no podría apostar que al usar una postura u otra en relación con una problemática ambiental podamos cambiar nuestra relación con el entorno natural. Además, el tipo de disertación ética que proponen este tipo de posturas filosóficas colocan en el centro un tipo de lenguaje que nos separa de las otras formas de vida. Cuando hablamos de medioambiente, de organismos, de ecosistemas, sin duda recurrimos al lenguaje científico que es imprescindible para entender cómo conservar o cuidar el medio ambiente.
No obstante, este lenguaje cientificista nos separa del mundo natural haciéndonos ver que lo que tenemos enfrente es tan sólo nuestro objeto de estudio y está allí sólo para conocerse o para instrumentalizarse con fines epistémicos, económicos, políticos, etcétera. Alicia Puleo señala que “la actitud antropocéntrica termina por negar consistencia ontológica a la Naturaleza no humana… y la noción de medio ambiente tiende a reducir el mundo natural a un simple escenario que conviene mantener en buenas condiciones, sólo para nuestro provecho, para nuestra mayor comodidad y gloria”.1
Por esta razón, me parece sustancial que nos detengamos y miremos dentro de nosotros mismos; pongamos atención a la fractura humana que nos ha hecho desligarnos de la naturaleza, que nos ha fragmentado y ha ocasionado que no nos consideremos parte de ella, sino sólo sus espectadores o sus buenos conocedores. Si bien esta postura es antropocéntrica, me parece fundamental señalar que no podemos extender el círculo de la consideración moral sin antes mirar dentro de nosotros mismos, sentirnos, pensarnos y escucharnos como animales que somos, como naturaleza capaz de sentir-pensar-escuchar.
De este modo, este breve texto invita a todos sus lectores a abrir el corazón ante la crisis ecológica que vivimos. No un corazón plagado de razonamientos y argumentaciones científicas sobre el porqué debemos o no tener conciencia ambiental y cambiar nuestras decisiones y acciones individuales y colectivas. Más bien quiero invitarlos a mirar profundamente la herida o la fractura de nuestro ser. Para ello, podemos recurrir a la filosofía de los pueblos originarios de nuestro país, específicamente, los pueblos tsotsiles, tseltales y tojolabales, quienes nos muestran que a través de su forma de vida nos relacionamos de modos diferentes con la misma realidad.2
“En la ciudad se pasan la vida hablando y diciendo cómo tienen que ser las cosas y la vida sin resolverlas —me decía un anciano tsotsil—. Nosotros no la pasamos hablando, la resolvemos haciendo y viviendo, el hacer es lo que nos invita al sentir-pensar”.3 De manera que en los pueblos originarios se puede vivir y leer la realidad desde otro ángulo, lo que propicia la construcción del sentir-pensar (aíel snopel). Esta forma de vivir acontece en el presente con recuerdos o memorias del pasado y con un futuro incierto. El vivir el aquí y el ahora es la propuesta de estos pueblos: transitar, construir y deconstruir es lo que nos puede llevar al sentir-pensar-hacer.3
Me parece que esta propuesta puede ser una alternativa para recuperarnos a nosotros mismos, como hijos del tiempo y señores de nuestra propia historia. Esto, sin duda, nos puede ayudar a potenciar nuestras prácticas individuales y colectivas.
Al mirarnos de forma genuina podremos responder ante la crisis ecológica que hemos ocasionado. Así, los tojolabales señalan que: “formamos parte de un conjunto de cosas dotadas de corazón, gracias al cual vivimos, ya que el corazón es la fuente de vida y se caracteriza por su capacidad de pensar”,2 he ahí la fuente del sentir-pensar-escuchar.
Una vez potenciando nuestro sentir-pensar-escuchar podremos tener la capacidad de vivir en comunidad intersubjetiva con los otros, no sólo humanos, sino con todas las formas de vida, ya que como dicen los pueblos originarios: todos los seres vivos también están dotados de corazón. No cabe duda, que esta propuesta se aleja de la lógica que rige nuestro pensamiento científico y filosófico, pero considero que puede ser una posible vía para curarnos de nosotros mismos; para aprender a sentir, a pensar y a escuchar a los otros, humanos y no humanos, lo que, sin duda, me parece que es un bello acto de amor a la naturaleza.
* Jaqueline Alcázar Morales es doctora en Ciencias en el área de Bioética por la Facultad de Medicina de la UNAM. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM. Su área de especialización es en Bioética y Ambiente. Contacto: [email protected].
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1 Puleo, A. (2022). Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales.
2 Lenkersdorf, C. (2017). Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales. Siglo XXI Editores.
3 Bolom, M. (2020). A’iel snopel. Un ensayo sobre el lenguaje y la filosofía de los pueblos. Comité Editorial del CRESUR.