¿Quién tiene tiempo para sentir? El costo emocional de vivir con urgencia

Joel Aguirre · 7 de octubre de 2026

¿Quién tiene tiempo para sentir? El costo emocional de vivir con urgencia

Jhoana Valeria León Triay*

Nos enseñaron a leer, a sumar, a competir, a producir. Nadie nos enseñó a sostener una emoción que duele. Y entonces llega la pregunta incómoda: ¿quién dispone de tiempo para sentir e identificar sus emociones?

Hoy no hay tiempo para sentir. La urgencia se convirtió en el idioma cotidiano: todo debe resolverse antes de procesarse. Crecemos en medio de una incertidumbre que no perdona pausas, y cuando la mente no logra ordenar prioridades, aparece la duda, el bloqueo, la sensación de premura sin saber hacia dónde ir y dónde estar.

Las palabras de Sylvia Plath resuenan en mi: “Nunca podré leer todos los libros que quiero; nunca podré ser todas las personas que quiero ni vivir todas las vidas que quiero. Nunca podré formarme en todas las habilidades que quiero. ¿Y por qué quiero? Quiero vivir y sentir todos los matices, tonos y variaciones de experiencia mental y física posibles en mi vida. Y estoy horriblemente limitada”. 

Siempre que leo esta frase me viene una sensación de vacío, estos cuestionamientos me desarman. Me observo reflejada en muchas personas que pueden sentirse así, ya que en estos días estamos en una época de pantallas que exhiben vidas perfectas y logros ajenos, pues la comparación constante se volvió una fuente silenciosa de ansiedad y desgaste. 

Desgaste emocional de las juventudes

Es ahí, cuando la emoción, sin espacio ni momento, se acumula, se guarda, se aplaza. Aunado a ello la violencia del día a día tan naturalizada, conflictos familiares sin resolver y la precariedad económica que se acumula hasta desbordar. Las cifras recientes de la Secretaría de Salud Federal revelan un aumento significativo en la entidad con más de 2,400 casos diagnosticados de depresión en lo que va del año, a ello se suma que Yucatán ocupa hoy el segundo lugar nacional en tasa de suicidios (INEGI, 2026). No solamente son cifras: son la consecuencia visible de una crisis de salud mental.

La Organización Mundial de la Salud entiende los determinantes sociales de la salud como las condiciones en las que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen. Esta perspectiva permite comprender que estos factores nos atraviesan como personas, la desigualdad urbana y el acceso en condiciones de igualdad a servicios de salud y sistemas de cuidado. 

El desgaste emocional de las juventudes no puede separarse de sus posibilidades reales de imaginar y construir un futuro. Cuando el futuro se percibe precario o incierto, lo que se vive como una carga individual es en realidad el reflejo de las condiciones en las que se crece.

Reconocer ello significa entender que no basta con una campaña informativa de un mes. Aporta, sí, pero implica ir más allá: asumir el derecho a habitar una ciudad que sepa cuidar, que garantice espacios libres de violencias, una vivienda digna, seguridad y vínculos comunitarios.

La salud mental no se construye solo en la intimidad de cada persona, también se teje en las condiciones que hacen posible sentir sin miedo y detenerse sin culpa. Quizás ahí empieza la respuesta a la pregunta incómoda: tener tiempo para sentir no debería ser un privilegio, sino una condición mínima de una vida digna.♦ 

*Jhoana Valeria León Triay es abogada y coordinadora de la Unidad de Igualdad de Género de la CODHEY. Ig: @jhoanavaleriaa

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