Señoras que buscan ‘Muchacha’

Geraldina González de la Vega · 30 de marzo de 2011

Señoras que buscan ‘Muchacha’

-“Heeeelp! Estoy sin muchacha! Alguien tiene una que me recomiende?”

-“URGENTE: me urge una muchacha de entrada por salida CON REFERENCIAS”

-“Alguien posteo q tenia una muchacha de entrada x salida… diganme quien fue plis xq necesito p mi hermana.”

Status en mi feed de Facebook.

 

No sé si ustedes han tenido el horror de leer este tipo de status en Facebook. Yo sí. Me ponen de muy mal humor. Y no por el hecho de que alguien necesite ayuda con las tareas de casa o con los hijos, sino porque el lenguaje usado es indignante. Como si se tratara de esclavas de intercambio, estas señoras que tienen tiempo para conversar en Facebook, comentar con las amigochas sobre el buen café se tomaron ayer y sobre qué grandes están los niños, buscan esclavas para que ellas puedan ir al ‘gym’, al ‘coffee’ y no se les estropee el manicure.

En pleno siglo XXI México sigue consintiendo la esclavitud de miles de mujeres y niñas que, precisamente por ser mujeres, no tienen otra oportunidad en la vida que irse a la capital o a alguna ciudad grande a cuidar las casas y los niños de las señoras ricas.  Estas señoras que se sienten devastadas cuando no tienen a alguien que recoja platos sucios y haga la ‘sopita de municiones’, son parte de un círculo vicioso y cierran los ojos ante la injusticia que representa su necesidad. Las niñas, en los peores casos, son contratadas ‘de planta’, lo que implica que vivirán en casa de la señora, les dan techo, comida y ropa (uniforme rosita o azulito según el gusto de la señora). Eso constituye la mitad del sueldo y la creencia de que ‘viven mejor’. En sí, ya nada más el uso del uniforme es una humillación, es el uniforme de la servidumbre, usarlo implica ser una sirvienta, alguien jerárquicamente inferior que su patrona. ¿Cómo te sentirías, señora, si tuvieras que salir al súper y la tintorería vestida con ese uniforme? Me imagino que andarías dando explicaciones.

Son tan buenas las señoras que les dejan ver la tele, normalmente un aparato viejo y pequeñito que ponen en la cocina y que tiene que ser sintonizado con antenas, las telenovelas se ven rayadas, pero pues ‘ellas están felíces, ¡si en su pueblo ni tele tenían!’ El trabajo por supuesto que no es de 8 horas diarias, es de muchas muchas más y nada de enfermedades y días feriados. “¿Cómo, quieres libre el lunes de puenteeeee? ¿Qué no ves que es cuando MÁS te necesito?” Las chicas se levantan a hacer el desayuno, limpian la casa que todos dejan tirada sin conciencia -pues hay quien la recoja-, después hacen la comida, sin olvidar que como ‘hay esclava en casa’ los miembros de la familia le piden a la “linda de Mari” que les cumpla con sus caprichos, (uno odia el puré de papa y prefiere las papas a la francesa –ello, claro implica doble de trabajo). Después de que les sirve, recoge, lava, ella come lo que queda. Sola en la cocina. Ahora viene el turno de lavar y planchar toneladas de ropa, pues como ‘hay quien lo haga’, la familia arroja al tambo de ropa sucia todo lo que esté a su paso. Después tendrá muy probablemente que salir con los niños a andar en bici o patines, a correr detrás de ellos, o a hacer el mandado o mejor, a empujar el carrito del super mientras la señora habla por el celular con Maricuquis de la Colina y va señalando con el dedo de uñas de acrílico qué producto debe, su esclava uniformada, echar en el carrito.

En la noche, le dan chance de ver la telenovela y como la señora es ‘muy buena’ ha fijado la hora de la cena antes de ‘Teresa’ para que la chica pueda acabar de lavar los platos antes de que empiece la telenovela. La cosa es que esto nunca sucede, y la chica ve la telenovela mientras lava los platos o mientras pelea con los niños para que cenen, si no lo hacen, la que se lleva el regaño es ella. Ya que se sienta a descansar, llega ‘el señor’, y por supuesto entonces viene la cena de los adultos, y ya que ellos terminan, tarde, ella tiene chance de cenar e irse totalmente agotada a dormir en un catrecito lleno de resortes con un colchón delgadito y un par de zarapes grises con cuadros azules o rojos, de esos que pican en un cuarto en la azotea, húmedo y oscuro donde muchas veces ni siquiera tiene seguridad. Tiene un buró pequeñito donde pone su despertador y guarda la joyería de fantasía que la señora –tan buena ella- le ha regalado cuando limpia su clóset. Hasta a veces le regala ropa vieja, para que la use los domingos durante unas horas cuando sale. Las señoras que buscan muchacha me han dicho que las chicas son sus “mejores amigas”, porque “les cuentan todo”. Cuando oigo algo así, no puedo dejar de ver a Scarlet con Mammy.

Los domingos tienen el día libre. Después de dejar el desayuno listo, “pueden salir a dar la vuelta” –una salida en domingo no se le niega a nadie-. La chica de 17 años que conoce al de vigilancia de la privada se va a dar una vuelta con él. A los tres meses avisa a la señora que está embarazada, ésta sin pensarlo ‘la ayuda’, y claro, la lleva a abortar. “No puedes andar cargando con un niño Mari, así nadie te va a contratar.” Y así, hasta que las ‘muchachas’ se hacen viejitas, ‘ya no sirven’ y son mandadas a sus pueblos de vuelta, para que cuando ellas regresen con dos pesos y unos aretes de plástico a vivir su vejez en la miseria, alguna sobrina tome sus cosas y se vaya a la capital a atender a la señora que está desesperada porque no puede ir al gym y tiene que pasar la aspiradora y que escribe en Facebook “¡Ayudaaaaaa, me urge muchacha!”.

 

Conozco a una señora que se llevó de recién casada a su casa a ‘la muchacha’ de su mamá –una mujer ya mayor-, como no le ‘funcionó’, le aconsejó se regresara ya a su pueblo. La señora estaba muy ofendida porque la demandaron pidiéndole indemnización, “¿Cómo se atreve? si le dimos ‘nuestro cariño’, casa y comida durante tantos años?”

Esta relación laboral está basada en un contrato de palabra, no hay obligaciones ni derechos escritos. El sueldo está basado en el cálculo de lo que para la señora debe costar el trabajo de la trabajadora -normalmente muy devaluado-, los aumentos son complicados y están sujetos a la voluntad de la patrona. No hay un horario fijo, si hay fiesta o reunión, muchas veces las chicas deben quedarse a atender hasta la madrugada, pero al día siguiente comienzan a la misma hora. Si la señora no está contenta con la trabajadora, puede correrla, sin importarle que ésta, al vivir en su casa, no tenga a donde ir y por supuesto, sin justificación ni indemnización. Si algo le falta a la señora, la primera sospechosa es ella. Una señora una vez ‘mandó’ a su chofer ‘a traer’ a la trabajadora desde su pueblo para preguntarle si ella tenía sus aretes de brillantes. Cuando le hicimos ver que esto era un delito, dijo, “ay, por favor, pero si es una sirvienta”.

También es verdad que en algunos casos las chicas son abusadas sexualmente por maridos e hijos. Y que algunas señoras consideran que son una buena oportunidad para que sus hijos adolescentes, “practiquen su hombría”. Esto es indignante y escandaloso.

Definitivamente, por donde se vea, el respeto no es algo que quepa en esta relación, la señora puede ‘pendejearlas’ cuando así considere, cuando la señora no se exprese correctamente, la tonta es la ‘muchacha’, no la señora. In dubio pro Lady. Y por su puesto, acosumbradas a un vida de sumisión, las chicas no dicen nada y asumen su papel de mujeres pobres, destinadas a eso, a la nada. A la esclavitud. Y pobres de ellas que repelen, la señora dirá “ah, ¡me saliste respondona! Agarra tus cositas y sácate de aquí.” Fin de la relación laboral.

Luego hay otras señoras tan tan buenas, ¡que las llevan de vacaciones! A trabajar. Claro, para que no sea pesadísimo Disney, por qué no llevar a Mari para que ella cambie a los niños y se haga cargo de ellos cuando se pongan insoportables porque ya están cansados y los adultos quieren quedarse al ‘parade’ de la noche. En Acapulco, en Cuerna o en Valle se encargan de hacer todo, mientras la señora se asolea cual verdolaga en la alberca y sólo grita y ordena. Mari levanta niños, los alimenta, los viste, los vigila en la alberca, los seca, los pasea, los baña, los persigue y todavía le piden que tranquilice a los niños porque hacen mucho ruido. “Ay, Mari, carajo ya te había dicho que la pañalera la dejé en la SUV” y le dice a la amiga –“ay, es que de veras es de un pen-de-ja.”

¿Y sus vacaciones o días feriados? –“Ay no, pero si la llevamos a Disney, y todavía quiere vacaciones, ¡es que estas cabronas quieren todo!”

O la otra, -“Ay no mi amor, irnos a vivir a Estados Unidos con los niños y ¿SIN MUCHACHA?” Y claro, sucede, prefieren tramitar el pasaporte de Mari que irse a vivir a otro lugar donde, oh horror, tienen que pasar una aspiradora con sus manitas y cuidar ellas solitas a sus hijos. Me dicen que si se hace, se cae el pedigree.

Alguna vez una señora se atrevió a decirme “No Gera, ni sabes, las cabronas son ellas, si vieras luego los sueldazos que piden” (¿¡!?)

Estas señoras fueron las que celebraron la deducción de colegiaturas, con la razón de que ‘ellas sí pagan impuestos’ y la devolución de unos miles de pesos anuales les ayuda, pero olvidan que son las primeras en promover el trabajo informal con su servidumbre, porque esas señoras también tienen chofer. “¡Ay sí, la verdad es que yo necesito que me manejen para usar la BB en el ‘che tráfico del D.F.! Sino, ¡imagínate qué aburricióooon!”

Para estas señoras las trabajadoras del hogar, como estas niñas y mujeres prefieren ser reconocidas, no son personas, son objetos, son medios que ayudan a que ellas puedan mantenerse ‘guapas’ y llevar su vida social. Las necesitan. Como quien necesita un coche o un buen refrigerador. Nada más hay que oírlas, o leer el lenguaje de los status que arriba puse, sustituyan ‘muchacha’ por licuadora.

 

Me indignan estas señoras que prefieren sacrificar la vida de una mujer, que a diferencia de ellas no nació en un ambiente privilegiado y con oportunidades, y cancelarle cualquier posibilidad de desarrollo para ir a servir a ‘una señora bien’, a cambio de sueldos miserables y trato indigno. No puedo comprender cómo es que estas señoras no se dan cuenta de que son parte del círculo de discriminación en que viven las mujeres y niñas de zonas rurales en México, de que contribuyen a la diferenciación entre hombres y mujeres, de que son cómplices de esclavitud. Es inentendible que una señora esté dispuesta a contratar a niñas menores de edad para que vayan a “servirle”, es peor todavía que éstas señoras crean que les dan una mejor vida de la que pudieron haber tenido “en su pueblo”. ¿Y si fueran sus hijas?

Estas señoras son las más interesadas en perpetuar la invisibilidad de las niñas y mujeres que, por falta de oportunidades, son abusadas en todos los sentidos a cambio de que las señoras puedan vivir cómodas. ¡Pero qué precio tan alto pagan las señoras por su egoísmo! Cada estatus que pide auxilio para “buscar muchacha” prolonga el clasismo y el racismo en México, confirma que hay seres humanos de segunda. Por eso, al final, las más ignorantes, son ellas, las señoras que buscan muchacha.

 

De acuerdo con datos proporcionados por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred):

Ø Al menos 95% de las trabajadoras del hogar carece de servicios de salud por parte de su empleo.

Ø Cerca del 80% no tiene prestaciones laborales.

Ø 40.7% de las empleadas domésticas ganan menos de un salario mínimo.

Ø 6% no recibe remuneración alguna por su trabajo.

Ø Las mujeres constituyen casi 93% de los más de 2 millones de trabajadores domésticos en todo el país, es decir 9 de cada 10 trabajadores del hogar son mujeres.

Ø El 30% de las personas que realizan trabajos en el hogar no concluyó la primaria y muchos emigran del campo a la ciudad en busca de empleo.

Ø El 11% habla una lengua indígena y tiene, en general, poco conocimiento de sus derechos.

Ø Las trabajadoras de planta representan casi el 12% de las trabajadoras del hogar. El restante trabaja en la modalidad de entrada por salida.

Ø En México, señala el INEGI, 1.3 millones de hogares, que representan el 5.1 por ciento del total, contratan empleo doméstico.

Ø Las condiciones laborales y de vida para las trabajadoras del hogar son invisibles para la sociedad, para las y los empleadores, y para las leyes que protegen los derechos de las y los trabajadores.

El hecho de que la ley no establezca que las trabajadoras del hogar deban recibir prestaciones -ya que nuestros legisladores, al parecer, también se interesan en perpetuar la esclavitud-, no implica que la gente que contrata a una persona para ayudarle en las tareas del hogar deba aprovecharse de esto, y darle un trato indigno. Las trabajadoras del hogar donan su vida para que una de estas señoras pueda llevar su vida, y al final, no reciben jubilación ni tienen ahorro para el retiro. Las trabajadoras del hogar son fantasmas que pasan por las casas de las señoras que buscan muchacha, a nadie le importa de dónde vienen ni a dónde van, muchas veces ni qué edad tienen. Y todavía decimos que en México todos somos iguales, ¡si cómo no!

Hoy, 30 de marzo, es el día de las Trabajadoras del Hogar. Que sirva para reflexionar sobre esta injusticia que ocurre frente a nuestros ojos, todos los días. Y lo toleramos. Ya es hora de condenar a las señoras que buscan muchacha. Y señoras: antes de que se enojen, lean el informe de Conapred sobre las trabajadoras del hogar, ustedes contribuyeron a esos datos. ¡Felicidades!

Cualquier parecido con la realidad, no, no es mera coincidencia.

Acá una nota en el Blog de Nexos.

*Todos los datos provienen del informe de Conapred.