Mala Madre · 7 de junio de 2011
Para los papás de Emilio
Imaginen que están en la fila de un banco un día de quincena. Van en el número 7 y ustedes tienen la ficha 32. Que llevan 20 minutos esperando y que están muy arrepentidos de no haber dado de alta todavía el servicio de banca en línea.
Imaginen ahora que detrás de ustedes está formada una señora con un niño de cuatro años que no se está quieto. Que grita. Que en los últimos cinco minutos ha estado pateando la mochila que su mamá puso a sus pies. Que en el último arrebato la zarandeó y regó todo su contenido en el piso.
Saben lo que pasa a continuación, ¿verdad? La mamá de Emilio también lo sabe. Lo ha vivido los últimos dos años y está agotada. Cansada de que la gente la juzgue por haber tenido un hijo que –según la sentencia pública- no sabe educar.
Porque hay gente que no entiende cómo la mamá de Emilio no le aplica un correctivo a ese escuincle insoportable que está haciendo a todos la vida tan pesada con su comportamiento inaceptable.
Incluso lo comentarán con el que va delante en la fila. Fruncirán la boca y arquearán las cejas. Algunos se atreverán a regañar a esa mala madre. Ach, qué horror, para qué traen niños al mundo.
La mamá de Emilio generalmente deja pasar los comentarios intolerantes, pero el otro día no se aguantó. Justamente en el banco. Y puso a su juzgadora en su lugar. Conteniendo su furia, le explicó lo más tranquila que pudo que ese niño no es regañado por tirar las cosas al piso porque no comprende lo que le dicen. Porque Emilio es autista.
Ajá. Emilio es uno de los 46 mil casos que se calcula existen en México, cantidad que se incrementa en 17 por ciento cada año, según cálculos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y de la Clínica Mexicana de Autismo y Alteraciones del Desarrollo (Clima).
De acuerdo con investigaciones de este organismo, el incremento en el número de pacientes convierte al autismo en una condición médica más frecuente que el cáncer infantil, la diabetes y el sida (Angélica Enciso/La Jornada/6 de julio de 2007).
El sector salud del país aún tiene mucho qué hacer en este rubro, con todo y que desde 1980 existe el Servicio de Terapia Ambiental para la atención integral del trastorno en el Hospital Psiquiátrico Juan N. Navarro, donde hace cuatro años atendían sólo a 250 menores. No, pues sí.
Repasemos las cifras: por cada 150 niños que nacen, uno es autista. Proporción “epidémica”, a decir del doctor Carlos Marcín, director de Clima. Y lo peor es que no saben por qué. Que si el gluten y la caseína, que si los altos índices de concentración de plomo o mercurio en el torrente sanguíneo provocado por la contaminación, que si hay una alteración anatómica y funcional del Sistema Nervioso Central.
Incluso hubo una época en la que se pensó que padres fríos e indiferentes gestaban niños autistas. Sin comentarios. Lo cierto es que no hay evidencias contundentes sobre las causas de este padecimiento.
La mamá de Emilio se dio cuenta que algo pasaba por ahí de los 18 meses, cuando su hijo no respondía a su nombre. Desde entonces ha sido un remar contra corriente para sacar adelante a su pequeño.
Porque Emilio a sus cuatro años no habla, aunque su mutismo es selectivo. Sólo con ciertas personas, con las que hace clic, emite sonidos que intentan ser palabras. Su padecimiento no tiene cura y cursará toda su vida con él, pero sus padres saben que si se le estimula adecuadamente puede desarrollar habilidades que le permitan una integración en la vida diaria, la de su familia, la de la escuela. Y en un futuro, por qué no, la de un oficio.
Los papás de Emilio han tenido que aprender que el tratamiento es multidisciplinario y que su pequeño tiene que contar con el apoyo y supervisión de psicólogos clínicos o educativos, neuropediatras, terapeutas y maestras auxiliares sombras, quienes son las responsables de acompañar al menor durante el horario escolar y quienes lo apoyan en las diversas actividades académicas que se requieran. Primero en una escuela especial y después en una de sistema regular.
En esta primera etapa de su atención, Emilio debe aprender a hablar, a ir al baño solo, a obedecer instrucciones. Esto le permitirá ser promovido a una escuela regular, objetivo en el que está concentrada la madre de Emilio. Porque está convencida que la convivencia con el resto de los niños es la clave para el desarrollo de su pequeño.
Para que toda esta atención privada sea posible, los padres de Emilio hacen una inversión mensual de 20 mil pesos aproximadamente. Su mamá ha tenido que regresar a trabajar, a contrapelo de las críticas familiares que tampoco aportan mucho cuando juzgan.
Pero Emilio lo vale. Esos ojos negros de largas pestañas, coronado por ese cabello alborotado de chinos, hacen que los padres de Emilio se levanten todos los días y salgan a rifársela con el ánimo encendido de hacer lo correcto por su hijo. Y cuando regresan, la sonrisa de Emilio es todo lo que necesitan para cargar pilas para el día siguiente, donde siempre habrá una bestia ignorante lista para juzgar. Como yo lo era hasta hace no mucho tiempo.