Seminario Permanente Policía en Democracia

blogeditor · 15 de agosto de 2017

Seminario Permanente Policía en Democracia

Quizá puede complicarse la vida de una persona que hace las cosas sin pensar. Cuando la disociación la padece el Estado, las consecuencias pueden ser devastadoras. Cumpliré pronto tres décadas observando de cerca el comportamiento de las y los miembros de las instituciones policiales y de quienes tienen la responsabilidad política sobre ellas. Con una consistencia casi perfecta, en este largo camino he comprobado la extendida aversión que desde el mundo policial se tiene con respecto al pensamiento profundo. A la manera de arraigada impronta cultural, ahí se sobrevalora el hacer tanto como se subvalora el pensar.

Lo he visto en muchas otras partes del mundo; quien viste el uniforme debe acometer la realidad que le rodea independientemente de que la entienda o no. En algunos estudios esto se mira como una contradicción estructural e irresoluble, en especial cuando se trata de instituciones policiales no profesionales. En los programas de capacitación y en el discurso y valores aceptados en las escuelas de policía, la primera y más importante regla transmitida hacia el alumno es proteger el orden público. Así se define la realidad que debe ser acometida, como un espacio de orden público. Bajo este viejo enfoque, esto se asocia a la idea de mantener las cosas en el estado en el que están, independientemente de que eso implique proteger a unos (las instituciones y las élites) y desproteger a otros (los ciudadanos de a pie, en especial las poblaciones en condiciones más vulnerables). Desde la cabeza política hasta las y los uniformados de la menor jerarquía en la cadena de mando, todos entienden el orden público como la imposición de un estado de las cosas, independientemente de las asimetrías y las desigualdades que ahí se reproducen. Por eso una persona en situación de calle, bajo esta mirada, puede por ese solo hecho ser un problema de orden público.

Imponer el orden bajo las reglas dadas es la manera como nuestras instituciones policiales entienden su rol (como en la mayor parte del mundo). Muchas consecuencias perniciosas se siguen de ello, pero aquí lo que destaco es que eso explica la manera como resulta marginado el ejercicio reflexivo que funciona precisamente para cuestionar y transformar el estado de las cosas. El pensamiento siembra la duda desde donde se formulan cuestionamientos que deben ser procesados mediante la deliberación. Todo esto está marginado desde las culturas institucionales al interior de la policía y en torno a ella que la reducen a una maquinaria que premia el quehacer sumiso y en cambio sanciona el pensamiento autónomo. La mejor y el mejor policía es el que no piensa, es el que obedece, es el que no cuestiona y en cambio hace y nunca deja de hacer lo que le ordenan. Esto parece teoría; nada de eso. He sido testigo de todo tipo de sanciones blandas y duras contra uniformados que deciden pensar, hablar y cuestionar. Personas maltratadas, exhibidas, sancionadas y humilladas por expresar lo que sienten y lo que piensan de manera autónoma.

Tal vez no por otra cosa las y los miembros de la policía que no son mandos identifican a éstos justamente como su mayor fuente de agravio y resentimiento. Las instituciones policiales están hechas en efecto de un tejido de conflicto que, al final, reproduce la estructura social en su conjunto donde unos, los menos, ganan, y otros, los más, pierden.

En contraste, las competencias profesionales más valoradas en una policía democrática y moderna implican precisamente desarrollar la capacidad de discernimiento, es decir, de elegir entre opciones a través del pensamiento complejo. La mejor y el mejor policía en este caso es también el que hace, pero luego de tomar decisiones a partir de alternativas. La teoría ha trabajado muy bien en el diseño de instrumentos de actuación que están mediados por la discrecionalidad, esto es, por el uso de un criterio profesional que se mueve entre márgenes determinados por las reglas formales. Esto va desde la más sencilla respuesta cuando le preguntan a un policía cómo llegar a un dirección determinada, hasta la más difícil y delicada decisión en medio de un ataque que amenaza la vida del uniformado.

Hacer y no pensar proyecta otra consecuencia funesta: el aprendizaje policial se queda casi siempre en el terreno informal. No hay duda de que las y los policías desarrollan un saber experto en lo que hacen, el problema es que en los ambientes que ahogan la deliberación desde el pensamiento crítico, ese saber no es transformado en aprendizaje formal justamente a través de la reflexión. El saber policial basado en la experiencia ciertamente se transmite mediante canales informales y de generación en generación, pero no se problematiza en contra de las reglas formales que imponen el deber ser. De ahí que las normas y las prácticas policiales en México transitan en mayor o menor medida en paralelo. Lo he constatado una y mil veces: lo que es aceptado desde el saber en la calle muy pocas veces coincide con lo que es aceptado desde el mandato formal. Todo esto cada vez más acentuado, por cierto, en la medida que las instituciones policiales vienen siendo depredadas por la delincuencia organizada, fenómeno que las orilla más y más lejos de dicho mandato.

Si alguien tiene alguna duda de todo esto, vaya a buscar la memoria histórica del saber y del aprendizaje policial en México; si la encuentra, me avisa por favor. Me refiero a la documentación formal que trace el devenir de la policía y de su relación con el entorno, procesado en plataformas de conocimiento desde alguna disciplina científica. En suma, las nuestras son policías sin memoria y sin aprendizaje formales.

Tal contexto dibuja el escenario de justificación del naciente Seminario Permanente Policía en Democracia. Se trata de una iniciativa que hemos puesto en marcha en alianza con IBBY México, concretamente en alianza con su naciente línea de trabajo denominada ComunicAcción/IBBY México. El Seminario se coloca justamente en las antípodas de ese paradigma hegemónico que ha neutralizado la potencia de transformación de la policía, desde su propio pensamiento. Exactamente en el sentido contrario, hemos puesto en marcha un experimento de diálogo continuo que habrá de formalizar el aprendizaje y la construcción de conocimiento, colocando en el centro la voz de los representantes de la policía, a su vez llevada a la discusión con líderes de la academia y de la sociedad civil. El horizonte de sentido del aprendizaje es la reconciliación entre la policía y la sociedad a la que debe servir. El Seminario se propone resignificar el ser y el quehacer policial mediante la construcción de respuestas formuladas desde la deliberación que ha sido históricamente negada, tanto al interior de la policía, como entre ésta y la sociedad. La iniciativa apenas se encuentra en etapa experimental y sus implicaciones disruptivas nos obligan a la mayor cautela con respecto a sus posibilidades de consolidación. Más adelante informaremos sobre su desarrollo y resultados. Por ahora hacemos nuestra aquella máxima de la reforma policial democrática: “la policía no solo debe ser objeto sino también sujeto de su propia transformación”.

 

@ErnestoLPV