Jorge Avila · 27 de mayo de 2026
Mientras buena parte del debate público chilango se ha consumido en discutir sobre ajolotes decorativos y el embellecimiento superficial de la ciudad, hay una conversación mucho más urgente que no está recibiendo la atención que merece: ¿está la Ciudad de México construyendo, de verdad, la arquitectura de seguridad que exige ser sede del evento deportivo más visto del planeta?
Las últimas semanas dieron una pista. Partidos de la Liga MX, incluida la final, y el encuentro de la Selección Nacional en el Estadio Azteca funcionaron como ensayos generales a escala real. Y hablo solo de los eventos futbolísticos más recientes, porque la capital mexicana se convierte diariamente en epicentro de grandes acontecimientos socioculturales que demandan operativos de seguridad, a veces invisibles, pero efectivos, aun con las aristas que logran hacerse visibles. El diagnóstico es claro: hay aciertos que merecen reconocerse y áreas de oportunidad que deben atenderse con la profundidad que el calendario exige.
En el haber, hay que decirlo con honestidad: los operativos de seguridad perimetral mostraron una coordinación interinstitucional que no siempre había existido. Los anillos de contención, los protocolos de revisión en accesos y la articulación con el C5 respondieron con una capacidad operativa que, bien afinada, puede estar a la altura de un Mundial 2026 y de cualquier evento de este calado. La coordinación entre la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX, la Fiscalía capitalina y las dependencias que participan en este esfuerzo está marcando un precedente que debe consolidarse, no perderse en la efervescencia del momento.
Pero no todo lo que se ensayó funcionó. Las quejas sobre cuellos de botella en accesos, demoras en los filtros de revisión y la insuficiencia de información clara para los asistentes en zonas aledañas al Azteca siguen siendo el talón de Aquiles. El alumbrado público en las colonias circundantes continúa deficiente y un porcentaje menor de las cámaras integradas al C5 opera con fallas técnicas. No existe todavía un protocolo bilingüe formalizado de atención a víctimas y turistas, ni una estrategia comunicada con claridad a la ciudadanía sobre rutas alternas, contingencias y puntos de auxilio. Reconocer estas omisiones no es desmerecer el esfuerzo: es exigir, confiando en que el trabajo llegue completo.
Los ejercicios recientes han dejado entrever que los retos, aunque exigentes, pueden ser sobrellevados con éxito y que, más allá de la “ajolotización” que se impulsa en la CDMX, los gobernantes tendrán que demostrar su temple en lo que verdaderamente importa. El Mundial de 2026 traerá a la capital cientos de miles de visitantes extranjeros que no conocen la geografía, los códigos ni las dinámicas de una de las urbes más complejas del mundo.
Garantizar su movilidad segura desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, el AIFA, las terminales de autobús y los nodos del Metro no es un asunto de imagen: es una responsabilidad de Estado que involucra a todo el gobierno capitalino y a las autoridades federales, en una coordinación que tendrá que ser anticipatoria, no reactiva, y que también demanda una sociedad preparada, dispuesta y colaborativa.
El Mundial 2026 puede y debe ser una oportunidad histórica que sería un error desperdiciar. Puede convertirse en el detonador de transformaciones estructurales que la ciudad necesita desde hace décadas.
La ciudad tiene capacidad. Tiene instituciones. Tiene experiencia acumulada. Lo que no puede permitirse es distraerse con el escaparate si el trabajo de fondo está incompleto. El mundo llega en 2026. Y la pregunta que importa no es cómo lucirá la ciudad, sino si estará verdaderamente lista para proteger a quienes lleguen a ella. Yo creo que sí.